Graziela


Parece que el 31 de diciembre, cuando toca despedir el año, todos hacemos memoria para recordar lo que nos ha deparado el que se va, que dentro de nada, y por el simple hecho de cambiar el 2 por el 3 nos resultará más lejano. Mi balance es muy positivo, pues aunque he tenido sobresaltos, disgustos, decepciones, adversidades; he visto la enfermedad pasar cerca, y he compartido la pena de los que han perdido a alguien, he procurado sacar una enseñanza de todo ello, y también he disfrutado mucho y he sido feliz. 
Durante el 2012 he aprendido cosas nuevas, he recuperado actividades que tenía casi olvidadas, he viajado y conocido lugares estupendo, disfrutando también del paseo con mi compañero de viaje; he escrito mucho y estoy muy satisfecha de algunos de los cuentos que pronto veré publicados. Sigo ahondando en mi y avanzando pasito a pasito; he dado y recibido amor y sobre todo he compartido todo esto y muchas cosas más con mi familia, amigos y la gente que a ratos o durante mucho tiempo me acompañan en este camino que es la vida.
Quiero daros las gracias desde el corazón a todos, por vuestro apoyo, comprensión, ayuda, compañía y cariño, que me hacen querer ser mejor.

Os deseo que en el año que empieza riáis más, juguéis de vez en cuando, hagáis cosas que os resulten gratas, y disfrutéis de todo lo que cada día os depara, aprendiendo de las malas experiencias y gozando de las buenas. 

Empieza un nuevo año, un nuevo comienzo que podemos aprovechar para renovarnos, para que puedan producirse cambios a nuestro alrededor con una actitud más positiva y alegre.


FELIZ AÑO NUEVO CON AMOR Y LUZ.
Graziela

FELIZ NAVIDAD


Es fácil desear paz y un mundo mejor, aunque no resulte tan sencillo ver cumplirse estos deseos. 
Me entristece que este año, ni siquiera en las felicitaciones navideñas seamos capaces de evitar hacer referencia a la situación económica, y a las medidas políticas del momento, que para algunos parecen ser lo que rige nuestra existencia.  Tampoco me gusta que otros nos acerquen al miedo y quieran hacernos creer en un inminente final catastrofistas y apocalípticos.  
Yo por mi parte quiero darle un nuevo sentido a estas fechas, marcadas por el consumismo de muchos y las apreturas y carencias de muchos otros. Mejor dicho, quiero recobrar el  significado de la palabra navidad como 
"nacimiento de la vida en ti", sin necesidad de entrar en creencias o religiones. 
Aprovechar cada momento; disfrutar de la alegría de estar con tu gente, de los reencuentros, de compartir comidas, de los pequeños regalos que recibimos cada día, aunque no estén envueltos en papeles brillantes con lazos de colores, de ser obsequiosos, de pensar en los demás, y en definitiva, agradecer lo que tenemos.
Para conseguir un mundo mejor empecemos por cambiar nosotros, desde dentro. Es un buen momento para plantar una semilla de amor en nuestro interior, cuidarla día a día, alimentarla con cariño y comprensión, y mimarla para que crezca. Desde el corazón. 
FELIZ NAVIDAD PARA TODOS, Y MUCHOS BESITOS DE COLORES.

Graziela

Algo tierno para esta fechas


OJITOS

Yo de pequeña era muy alocada, inquieta, de las que no paran de jugar. Nunca he tenido vocación, pero como mi madre y mi abuela fueron estupendas en su trabajo, se suponía que yo, llevando sus genes, también debería serlo.
Me sacaron de mi hogar y me introdujeron en una familia, que sería la encargada de educarme. Eran afectuosos y amables conmigo, aunque no dejaban de corregirme constantemente. Sin embargo, notaba que no querían encariñarse conmigo. Intentaban mantener cierta distancia y cuando yo me emocionaba con algo, lo que ocurría con mucha frecuencia, y me mostraba entusiasmada, besándoles, haciendo bailecitos o dando brincos, inmediatamente me tranquilizaban hasta que se me pasaban las alegrías. Poco a poco, me acostumbré a su forma de ser, a cómo funcionaban las cosas en la casa, a que yo no era el centro y a que todo tiene su momento. Gracias a ellos, fui creciendo y madurando, mi carácter se hizo más afable, y me convertí en un ser tranquilo, obediente y responsable, y cuando empecé a sentirme contenta en mi piel, sin los altibajos de algarabía y depresión más propios de la adolescencia, me empezaron a llevar a la escuela.
Allí conocí a compañeras estupendas, pero la educación era personalizada y apenas si teníamos actividades en grupo, así que no pude hacer grandes amistades. Estaba visto que esa iba a ser una constante en mi vida. La soledad.
Me enseñaron todo lo que consideraron que debería conocer. Además de controlar mis instintos más animales, podía moverme con facilidad por la ciudad. Respetar las normas de circulación; utilizar el transporte público; caminar entre la gente, como si fuera distraída y, sin embargo, pendiente en todo momento de adelantarme a posibles peligros.
Yo no conseguía ver un sentido a todas esas enseñanzas y tampoco resultaba especialmente divertido, pues tenía que mantenerme alerta en todo momento. Lo mejor del día era cuando me dejaban tiempo libre en el parque, que yo aprovechaba para correr como una loca por el césped, pero esos ratos de expansión cada vez resultaban más breves y controlados.
A veces, me sentía triste al ver cómo otros congéneres disfrutaban jugando y, libres de ataduras, se revolcaban por la hierba o chapoteaban en la fuente llenos de barro.
Mi vida cobró sentido el día en que me la presentaron. Tímidamente, comenzó a tocarme la cabeza; su mano suave se deslizaba por mi pelo, palpaba mis grandes orejas y me recorría el cuello. Con cuidado, sus dedos largos dibujaron los contornos de mis ojos, el morro y la nariz y vi que sonreía confiada mientras me acariciaba el lomo y tocaba mi rabo, que yo no dejaba de mover como un abanico. Me estaba reconociendo. Yo la identifiqué al instante. Era ella, Lucía. Toda mi vida había estado preparándome para ella.
Me llamó Ojitos y no Rita, como todos. En pocos meses nos hicimos íntimas amigas, inseparables. Ya casi no la veo llorar, está contenta, se le nota más segura y hasta ha empezado a maquillarse. En el parque hemos conocido a otra pareja como nosotras; él es muy agradable y yo tengo un olfato extraordinario para estas cosas. Nora y yo también nos llevamos bien, es gratificante compartir un rato con alguien que tiene el mismo trabajo, que te comprende y con la que te entiendes sin necesidad de decir nada. Se nota que ellos se gustan y como Lucia confía plenamente en mí, en cuento les veo a lo lejos la encamino hacia allí. Luego mientras hablan, Nora y yo echamos unas carreras y les dejamos solos un rato. Se ve que se están enamorando y yo disfruto viendo a mi chica feliz.



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Graziela


LA CASA FAMILIAR

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la familia. Sin embargo, a medida que fuimos creciendo aquel ambiente sosegado que lo invadía todo, la tranquilidad que se respiraba dentro de sus muros con la que mis hermanos se sentían felices, se me hizo insoportable; el silencio me resultaba estridente y tuve que alejarme para evitar sentirme contagiada por el lento trascurrir de las horas acunadas por el tedio. Siempre había sido la hija díscola, la alocada, la bohemia, así que a nadie le extrañó que me marchara a vivir a otro país.
Me avisaron de que mis hermanos, Isabel y Jaime, habían fallecido y tenía que regresar para hacerme cargo de todo.
Muchos fueron los años transcurridos sin pisar la casa y una cierta emoción se apoderó de mí cuando traspasé la puerta. Por unos instantes tuve la sensación de que no había pasado el tiempo y que yo volvía a ser una muchacha incomprendida. Todo permanecía igual en su interior. Los muebles y la decoración habían esquivado el paso de los años y se mantenían en perfecto estado, distribuidos del mismo modo que cuando yo la abandone, como si todo hubiera sido congelado en una instantánea, sólo una gruesa capa de polvo les restaba su aspecto patinado. Muy despacio recorrí todas las habitaciones, la cocina, los salones y los baños y un frío intenso se fue instalando en mí. Abrí las contraventanas y las ventanas y dejé que la mañana y los sonidos de la ciudad entraran en aquel espacio aislado. Con el sol las partículas de polvo suspendidas en el aire brillaban; me quedé embelesa contemplándolas y me pareció escuchar voces susurrando. La misma sensación de angustia de antaño comenzó a atenazarme el estómago cuando entré en la alcoba de Isabel y pude ver las lanas del cestillo y sus agujas de tejer. Tenía la sensación de que me la encontraría sentada en su sillón, tricotando. Lo mismo me ocurrió en la biblioteca, donde el silencio se hacía más intenso.
Quería volver a habitar aquella casa, recobrar los recuerdos olvidados de mi niñez, pero era demasiado grande para una familia como la mía; deseaba llenar la casa de alegría, de risas de niños, de música y de colores vivos. Proyecté las reformas y cambios para redistribuirla. Nosotros viviríamos en una zona y dentro de la misma casa instalaría un pequeño hotel con encanto, sólo con cinco habitaciones y sus respectivos cuartos de baños. Preparé un alcoba para mi hijo, la contigua para nosotros y en la de Isabel, que tenía una luz maravillosa y era perfecta para pintar, ubique mi estudio.
Las obras se demoraron hasta principios de año, que por fin pudimos instalarnos. Pronto aparecieron los primeros clientes y el negocio comenzó a dar su fruto. Yo estaba encantada, no paraba en todo el día y me sentía tan feliz que esa alegría se reflejaba en todos mis cuadros. Me costó un poco acostumbrarme, mientras pintaba, a escuchar con frecuencia el ruido metálico que hacían las agujas de Isabel al tejer o a oír el ruido que hacía algún libro de los de Jaime, al caer de la estantería de la biblioteca en mitad de la noche. Mi marido y mi hijo decían que allí había duendes, y yo reía divertida.
Ya tenía mis sospechas, pero cuando encontré por casualidad unos patucos rosas de lana en el cajón de mi cómoda supe que estaba embarazada y que sería una niña, estaba segura y se llamaría como mi hermana.
Me gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua ahora rebosaba vida.


Graziela



LA FUERZA DE LA INERCIA

Con el tedio instalado en el salón, entre mi sitio y el suyo, añoro la alegría de tiempos pasados: las risas de mis hijos, sus ruidos, los horarios y hasta las broncas. Vivo sumida en el aburrimiento de los días iguales, devorada por la rutina que tiñó de gris mi piel. Él me anima a salir, ir de compras, apuntarme a algún taller o asistir a clases, mientras mira la tele o lee el periódico en el ordenador, encantado de poder disfrutar de ese ocio que a mi me crispa, siempre sentado en su sillón.
Al final me animo y me apunto a unas clases de pilates y a patchwork, para ver si consigo espabilar este cuerpo dormido que cada vez me pesa más y puntada a puntada pongo orden en mi cabeza, que falta me hace.
Marta tiene mi edad, es atractiva, simpática y dulce, y me comprende perfectamente. Me reconforta saber que alguien me entiende, que he encontrado una amiga a la que las hormonas no han conseguido desequilibrar y sumir en una constante montaña rusa emocional, para terminar buceando en profunda tristeza. Ella me hace reír, no tiene hijos, y estaba tan aburrida de su matrimonio como yo, pero ha tenido el valor de divorciarse y un mundo nuevo se abre a sus pies. Yo quiero a Juan, será por la fuerza de la inercia de tantos años. A él también le gusta Marta, le cae muy bien y en cuanto tiene ocasión se le insinúa. Es bobo, cree que no me doy cuenta, el pobre no sabe nada, ni se lo imagina; está encantado con mi cambio de actitud. He recobrado la alegría, la ilusión y hasta los chicos se han dado cuenta y dicen que estoy más guapa. Todos se muestras agradecidos a mi nueva amiga. Ella y yo nos reímos, nos divierte la situación.


Graziela



EL LAVADERO.

Hacía calor. Recorrí las calles solitarias y por una, estrecha y empinada, terminé llegando al río. Al otro lado del Miño la fortaleza que preside el primer pueblo de Portugal me saluda desde enfrente, mirándose en las aguas.
De regreso, la cuesta me roba el aire y me entretengo admirando las flores diminutas de un rosal, me rindo a la tentación y arranco una, absolutamente perfecta, con sutil perfume. Llego al antiguo lavadero. El agradable frescor de la sombra, las piedras, la canción del agua, me invitan al descanso. Me siento y me recuesto en un poste. Cierro los ojos.
Escucho el sonido de las telas frotadas con fuerza contra las tablas de lavar, el chapoteo, los golpes de jabón y el soniquete de la ropa blanca que resbala una y otra vez sobre la madera ondulada. Voces femeninas entonan canciones tradicionales y oigo los lamentos de una mujer. Se queja del trato que recibe en casa de su suegra, se siente su esclava, la sirvienta de ella y de su marido. Llora, llora porque no consigue darles el hijo que añoran, que ella ansía más que nadie. Se lo echan en cara constantemente, la insultan. Entre sollozos dice que no puede soportarlo más, que no lo aguanta...
Escucho las palabras de consuelo que se entremezcladas con las canciones.
Silencio. Ruido de agua y un rojo intenso tiñe la ropa blanca. Gritos. Silencio.
Abro los ojos sobresaltada ¿Me habré quedado dormida? La quietud de lugar me sobrecoge y sigo mi camino, un tanto desconcertada. Me cruzo con una anciana vestida de negro de la cabeza a los pies, al pasar a mi lado comenta; mal lugar para un descanso. Aquí las piedras gritan y hay ecos del llanto de una mujer.
Graziela





FRENTE AL MAR

El hipnótico movimiento del mar.
El agua que con fuerza golpea las rocas.
La espuma.
Los reflejos del sol en la superficie rizada.
Los colores brillantes, los dibujos plateados que pintan las mareas.
Aspiro el aroma salobre,
la brisa me envuelve como un velo de turquesa, aguamarina y larimar.
Cierro lo ojos y regreso a él. 
Graziela


LAGO DE SANABRIA.

Catamarán de energía solar.




Playa

















PUEBLA DE SANABRIA



 Vistas del Río Tera.





Graziela



Dicen, que de vez en cuando deberíamos ponernos los zapatos de otro y caminar con ellos un trecho. Creo que eso lo practicamos todos de pequeños. Yo recuerdo como trastabillaba, cuando me calzaba los tacones de mi madre y la consecuente regañina que conseguía al hacerlo. También me acuerdo de una ocasión en  que al salir de clase de yoga me puse las botas que había dejábamos al lado de la puerta al llegar, como hacíamos todas  y me sentía raririma andando con ellas, caminé media manzana sin dejar de mirarlas, intentado entender aquel cambio, hasta que llegué a la conclusión de que llevaba una botas idénticas a las mías y de mi número pero que realmente no eran las mías, entonces desande el camino. Cuando llegué, la otra mujer se estaba poniendo mis botas y también notaba algo extraño en sus pies. Nos reímos juntas de la casualidad y la confusión, pero para mi fue toda una experiencia.
Llevo un par de años que cuando cambia la temporada y saco las botas, zapatos o sandalias del año anterior, al calzármelas ya no me resultan tan cómodas como antes, me molestan, me rozan y hasta me hacen daño. Caminar con los zapatos de otros..., ¡pero si los propios ya me resultan ajenos! ¿cómo se puede cambiar tanto en unos meses?, o es que mis pies "evolucionan" y crecen de forma libre e independiente del resto del cuerpo. 
Nos vamos haciendo mayores, y a veces lo mejor es descalzarse y caminar sintiendo la tierra o el suelo directamente bajo los pies para darse cuenta que ésta es la mejor manera de andar, aunque tampoco estaría mal probar de vez en cuando a ponerse los zapatos de otros y dejarse llevar por ellos ¿o no? 
Graziela


VERANEO POR HORAS

Con los cuervos del expediente regulador sobrevolando nuestras cabezas, lo más acertado seriá no coger vacaciones, sin embargo, necesitaba descansar, desconectar, limpiar mi mente de noticias catastrofistas y crisis económica, así que llené la nevera, me compré una hamaca y una novela y me dispuse a veranear en Madrid durante una semana a partir de las tres.
El primer día con el bikini debajo del vestido, me fui al Retiro, en un lugar fresco y apartado extendí mi toalla, saque la comida y me dí una buena capa de bronceador. Pasé una tarde estupenda, leyendo, tomando el sol y hasta eché una siestecida. Al llegar a casa me duché y me tumbé en la hamaca a contemplar las estrellas mientras disfrutaba de un mojito.
Estaba tan a gusto en el oasis que había creado en mi terraza y que cada día iba ampliando, que nada más salir de la oficina me encaminaba a casa. Me ponía el bañador y preparaba estupendas ensaladas, que degustada bajo la sombrilla, con los pies sumergidos en el barreño y viendo preciosos documentales sobre países exóticos, playas paradisíacas, o paisajes impresionantes. El tiempo transcurría lento escuchando ritmos caribeños, el sonido del mar o ambientes selváticos, sin noticias ni periódicos, solos mi libro y yo. Al caer el sol me arreglaba y salía a pasear por la ciudad durante horas. Recorría lugares que conocía pero con una mirada nueva, mezclándome con los turistas, así conocí a Eric, un holandés muy simpático. Nos hemos visto varios días durante esta semana y lo pasamos genial juntos. Me ha propuesto ir el fin de semana a El Escorial o la Granja y aunque mis vacaciones, supuestamente ya tienen que terminar, he pensado que voy a aceptar su oferta y a prolongarlas otra semana más. Hoy al salir del trabajo haré de nuevo compra, luego limpiaré la casa y pondré la lavadora para empezar otro mini-veraneo por horas. También quiero pasar por la biblioteca. Estoy encantada, sin tener que preparar maletas ni sufrir los agobios del aeropuerto o el estres del tráfico. Es mi primera experiencia en este sentido y el balance es muy positivo: en estos días he sido feliz, estoy muy morena, he cuidado mi alimentación y he perdido casi dos kilo, además he ahorrado un montón y puede que hasta esté enamorada ¿Se puede pedir más?


Graziela


SEIS MINUTOS CON...

Que locura, “seis minutos con... “. Me da igual con quién sea, es absurdo pretender conocer a alguien en tan poco tiempo, saber si te gusta como para intentar mantener una relación con él. Si lo hago es por Montse. Se lo prometí, ¡en que estaría yo pensando! La pobre se ha empeñado en sacarme de mi isla, ahora que me estaba empezando a acostumbrar a la soledad... Será una pérdida de tiempo. Conocer en una hora a diez hombres, es más de los que he conocido en casi dos años. ¡Por favor, qué agobio! Aunque bien pensado, si me vale para cerrar este paréntesis… Bueno, lo mismo con seis minutos me sobra para darme cuenta si un tío me repele. Hay gente que dice que con cruzar una mirada puedes enamorarte. Y pensándolo bien, creo que eso me pasó con Jaime y nos fue genial, hasta que apareció ella.
Eso, tu solita autoconvéncete. ¡Y si suena la flauta y conozco al hombre de mis sueños! Sonia, Sonia no empecemos con los castillos en el aire que luego se caen y vienen las lamentaciones. Me late el corazón en los oídos. No debería haberme puesto este vestido, lo mismo es demasiado llamativo.Menos mal, al menos hoy tengo un buen día, se veo mona, yo diría que estoy hasta guapa. ¡Qué corte! Todas estas mujeres observándome. No parecen tan desesperadas. Aquella va de loba, salta a al vista. Lo mismo es lo que quieren los tíos, lobas, devora hombres. Para, Sonia, tranquilízate que ya nos toca entrar. Tampoco estaría mal que por una vez la suerte me sonría.

Pues con algunos seis minutos han sido excesivos, pero Juan, el cuarto contacto… Me gusta. Nunca me imaginé saliendo con un policía y recién separado, aunque parece sincero, es simpático y guapo. Y rápido.
¿Juan?¿Ahora? De acuerdo.
Graziela



EN SEIS MINUTOS

- - Vamos ¡no fatidies Beneyto! eres un buen detective, pero de eso a que en seis minutos con él puedas sacarle todo lo que necesitamos saber... Por mí no hay problema. Hazlo, pero como le pongas la mano encima y se entere el comisario se nos cae el pelo a los dos.
--  Soy un hombre de recursos; no todo pasa por darle de bofetadas, aunque suele ser lo más eficaz. En este caso cuento con otras armas.
- - ¿Recursos?, por eso has estado suspendido en dos ocasiones. Venga, que ya nos conocemos.
- - Tú, déjame con él y nos vamos a evitar muchos quebraderos de cabeza.
- - Vale, pero ni un minuto más y si no lo consigues te pagas unas copas ¿hace?
- - Hace.
Se saca la pistola de la sobaquera y entra en la sala donde se encuentra el detenido.
- - ¿Miguel Barros? Tú no me conoces, sin embargo yo a ti sí. A ti, y a tu familia. Estudie con tu hermano Pablo ¿por cierto que tal le va? Hace meses que no le veo. No creo que a tu padre le haga ninguna gracia saber que te hemos cogido por tu implicación con una red de pornografía infantil. Esto no es bueno para su carrera política. Además, un disgusto así mataría a tu madre que seguirá estando delicada ¿no?
Cinco minutos, tienes cinco minutos, para darme nombres. "Un buen informático metido en un feo asunto" Va a ser un escándalo. Empieza a cantar y aunque seas un puto degenerado intentaré que no sean demasiado duros contigo, aunque te lo merezcas. Al fin y al cabo no tienes antecedentes policiales, ni penales ¿supongo?…
¿Te he comentado que yo también puedo ser muy cabrón, que tengo buenos contactos en la prensa y muy poquita paciencia? No me gustaría tener que emplear otros métodos contigo. ¿Vas a largar? Te quedan tres minutos, después…

Graziela



SEIS MINUTOS

Seis minutos bastan a la doctora Ramírez, adscrita al Juzgado 16, para hacer su valoración respecto a Charo; ésta, mientras cruza las piernas y balancea el pie, contesta las preguntas formuladas por la forense. Mueve los ojos con rapidez, de un lado a otro, y se agarra los dedos. Charo habla muy rápido, sin terminar las frases y su crispación va en aumento cuando se refiere a la relación con su marido.
Dice que él es un psicópata; que ella no tiene ningún problema, pero que no le gusta que trabaje hasta tarde, ni que a veces los casos le impidan ir a casa a dormir. Ese trabajo no le conviene, por eso quiere que lo deje. Siempre anda con mala gente. El tiene mucha agresividad, debe ser por su profesión. Es simpático y guapo y las mujeres se confunden. No, no es que ella sea celosa, es que la ha engañado muchas veces. La maltrata psicológicamente. Por eso, a veces, cuando la enfada le echa de casa. Luego se siente fatal: le llama mil veces hasta que contesta. Se humilla. Le ruega que vuelva. Le convence… Sabe que no puede dormir sola, que tiene miedo, que el la protege con su arma. Cuando él dice que se tiene que ir se pone mala, llora, vomita y a veces se enfurece tanto que le pega.
Antes incluso de que el juez dicte contra Charo orden de alejamiento, Ramírez, en su informe, recomienda que visite a un psiquiatra y se ponga en tratamiento.

* Este es el primero de tres relatos breves que aparecerán en este blog de forma sucesiva. Un corto espacio de tiempo para leer y que podáis centraros en disfrutar del verano. Felices vacaciones.
Graziela


DE MÍRAME, Y NO ME TOQUES

Notaba que el suelo había comenzado a moverse bajo mis pies, no era un gran seísmo, sino un simple temblor, leve, constante, que me indicaba que todo mi mundo corría el riesgo de derrumbarse.
Nuestras cuentas cada vez tenían menos dígitos, aunque los gastos de la casa y míos fueran los mismos. No me costó mucho darme cuenta de que Juan cada vez llegaba más tarde a casa y en peores condiciones. Hedía a tabaco y alcohol. Se justificaba aduciendo que tenía que sacar a los clientes que venían de provincial, sin embargo tanta dedicación no se traducía en sus ingresos. Me sentía impotente y desesperada por la situación, quería ayudarle y evitar que se acercara con largos pasos a aquel precipicio que le atraía con la fuerza de un imán, que le robaba la voluntad. Decidí acompañarle en algunas de sus salidas, en un intento de evitar que siguiera abusando del alcohol y otras drogas yo también empecé a tomar alguna copa para acompañarle. Nunca me gustó beber, sus wiskis me sabían a mata-ratas, pero a fuerza de probar me aficioné al gin-tonic; su sabor amargo, las burbujas acariciando mi paladar me producían una sensación agradable, me sentaba bien, con su ayuda me sentía más divertida y locuaz, hasta el punto que sus clientes empezaron a valorar mi presencia en las cada vez más frecuentes reuniones informales.
Tuvimos que pedir un crédito, avalado con el piso para poder mantener ese ritmo, prescindiendo de la escusa del compromiso laboral. Me levantaba tarde, cuando llegaba Juan, llamaba al timbre del portal y yo bajaba para tomar el aperitivo por los bares del barrio en los que ya nos conocían o en alguna terraza, si el tiempo lo permitía, luego volvíamos a casa sin hambre. Con reuniones o sin ellas después de las cenas, que cada vez era más frugales, sacaba unos hielos y preparaba las bebidas. Las botellas no nos duraban nada, hasta que mi marido empezó a dejar de comer, a sentirse mal. Abandonó el trabajo.
Nueve meses tardó la cirrosis etílica en llevárselo por delante. A mi me costó recuperarme y empezar una nueva vida, sin un céntimo y sin oficio. Mi calidad de bebedora social y el buen cuerpo que a mis 45 años mantenía me proporcionaron la oportunidad de adentrarme en el mundo de la noche. Entre a trabajar en un bar de copas, en el que supe hacerme valer. La jefa estaba encantada conmigo pues era capaz de ingerir una botella entera yo solita, que por supuesto pagaba el cliente de turno encantado con la conversación, aunque entre mis compañeras fuera la mujer de “mirame y no me toques”, pues nunca consentí que se propasaran conmigo ni tener sexo por dinero, además a ciertas horas de la madruga había días que un simple empujón me hacía perder el equilibrio.
Después de tres años maltratando mi organismo con ese líquido que me achicharraba por dentro, conseguí salir de la ruina en todos los sentidos y monté mi propio bar, en el que sólo toco las botellas para servir a los hombre que lo frecuentan, y a las chicas que les ayudan a gastar. No es mala vida, aunque algunos de ellos me recuerden a Juan.


Graziela



GRACIAS, MUCHAS GRACIAS

El discurso fue largo y escabroso, tocó temas difíciles y que incomodaron a más de un oyente, sin embargo el orador, que tenía fama de frío e insensible, estaba contento con su intervención. Recogió los folios del atril mientras la sala se llenaba de aplausos, un papel se resbaló y cayó al suelo. Se hizo el silencio y todos observaron cómo el insigne economista se agachaba a recogerlo cuando se le escapó una sonora ventosidad que recorrió la sala llenando el aire de un aroma fétido. Él quería morirse, no se atrevía a incorporarse para evitar que toda la audiencia pudiera observar su turbación y el tono encarnado que había adquirido su serio semblante. Una mujer de la primera fila se puso en pie y comenzó a aplaudir sin dejar de reír. Su risa fue contagiando a otros, que se unieron al aplauso que terminó en ovación cerrada. El conferenciante, más relajado y sonriente ante la incómoda e inusual situación se acercó de nuevo al micrófono, agradeciendo los aplausos y a modo de disculpa argumentó "como ven, pese a lo que dicen mis adversarios, también yo soy humano".

Graziela



CELEBRACIÓN

Vamos, no seas boba, tampoco es para que te disgustes porque haya olvidado la fecha de nuestro aniversario. Sabes lo despistado que soy y el trabajo que tengo estos días. Compréndelo, estoy agotado, hoy me como un yogur y me meto en la cama. Ya sé que a ti te hacen ilusión estas cosas, pero el día aun no ha terminado. Anda, abre..
Sí, que pase. Rosario, este es Rubén, te trae la cena. Yo me voy a acostar, estoy derrotado. 
Feliz aniversario querida y disfruta de la velada.
Graziela

LA CASTAÑERA

Igual que las violetas florecen con los primeros fríos, aparecían en Madrid las castañeras. Cambiaban el paisaje urbano poniendo un poco de calor en la calle, salpicando las aceras más concurridas con el humo de los hornillos y su aroma inigualable, caldeaban el ambiente invernal. En la esquina de Gran Vía con la Plaza del Callao, en Arguelles y Princesa, en Goya… pero mi preferida era la de Diego de León con Conde de Peñalver, pues además de ofrecerte el cucurucho de papel de periódico con doce castañas asadas por un duro, siempre te obsequiaba una sonrisa. Sonreía mientras trabajaba, sin mirar a nadie, como para ella. Me encantaba pararme, y al calor de la lumbre charlábamos un rato mientras se doraban las castañas.
Eloisa, que así se llamaba, era una mujer amable que aprendió el oficio de su madre, igual que aprendió desde niña a recolectar fruta, labor a la que se dedicaba de mayo a septiembre, empezaba con la fresa y acababa en la vendimia; una vez incluso viajó hasta Francia, porque decían que allí pagaban mejor.
Siempre le encantaron las castañas: tan brillantes, tan bonitas, con sus formas redondeadas, por eso para ella aquel trabajo era agradable, sin tener que agacharse y levantarse todo el tiempo o cargar con grandes cestos a la espalda.
Con sus mitones renegridos y algo quemados, se sentía dichosa cuando colocaba el carbón en el hornillo y lo prendía al empezar su jornada. Con la única ayuda de un gancho de hierro y una badila removía las brasas de vez en cuando, dejando que el aire las avivara para dar más calor, que había que ahorrar. Sentada en su banqueta con el delantal largo y bien arropada, con bufanda y toquilla de lana, iba cogiendo una por una las preciosas castañas. Usaba su gastado cuchillo romo y realizaba una pequeña incisión en cada fruto para que no estallaran al asarse. Controlaba cada hornada con atención, evitando que se quemaran o salieran crudas. “Castañas calentitas”, pregonaba con áspera voz cuando no se acercaba nadie al puesto. En los momentos de espera a que alguien le comprara, se dedicaba a observar a la gente.
Vendiendo castañas conoció a aquel hombre. Su madre le dijo: “Yo con este no me casaba aunque fuera envuelto en oro”, pero en primavera ella sí se casó. No tardó mucho en comprender su error. Mejor habría hecho quedándose sola, pensaba, como estuvo toda la vida su madre. De la mano de aquel hombre conoció la angustia de la espera y el miedo a no tener que comer, pues él se bebía y se jugaba cuanto entraba en el hogar. No duró mucho. Eloisa tenía coraje y le largó de casa en cuanto le puso la mano encima por primera vez. Se apañaba bien sola, trabajaba duro, pero no estaba hecha para soportar vejaciones y si estar casada era eso, prefería estar soltera.
A lo largo de los años me fue contando su historia y también conocía mis soledades.
Volvió a ser la castañera aquel invierno. Cortaba orgullosa las castañas que le mandaban de Extremadura o de Galicia sin fijarse en los hombres, por miedo a que alguno volviera a herir su corazón.
Centraba toda su atención en el trabajo y se sentía feliz, mientras cortaba las castañas admiraba su brillo, que las hacía parecer recién pulidas, como si alguien se hubiera dedicado a barnizarlas una por una. Le encantaba el aroma que dejaban en el aire cuando se asaban y no le importaba quemarse los dedos al cogerlas. Ponía tanto la mente y sus sentidos en tan sencilla labor que mientras la realizaba no pensaba en otra cosa. Cuando me lo contaba yo sabía que aquella era su forma de meditar.
A mí siempre me ocurría igual. De pronto, inesperadamente, cuando un día paseaba por Diego de León y sentía la necesidad de subirme el cuello del abrigo o de meter las manos en los bolsillos, me percataba de que en el aire flotaba un olor conocido, agradable, con sabor a invierno. Había vuelto la castañera, cada año más vieja, con el rostro reseco y arrugado, las manos sarmentosas bajo los viejos mitones, y esa sonrisa capaz de aliviar el día más frío. 

 (Primer premio del concurso de cuentos "María Santa Perea", VI edición convocada con el tema: Leyendas urbanas de un Madrid diverso" A)

Graziela


EN LA CIUDAD.

Empuja el carro en el que guarda toda su existencia. Lastrado por su fracaso, arrastra los sueños partidos y la miseria. Sin futuro, sólo vive para ver pasar la vida meciéndose en el tedio de las horas, y por dar de comer a los tres perros que ahora son su única familia.
A veces, entre volutas de humo y efluvios de alcohol vuelve a ver el piso luminoso y escucha a Lola cantando en la cocina, mientras hace la paella del domingo y llegan los chicos a comer.
La luna, como una pestaña pintada en el cielo, trae de nuevo la oscuridad. Él, saca los cartones del carro y se preparan para dormir.
Cerró la puerta de su casa por última vez y dejó las llaves en el buzón, sin despedidas ni explicaciones. En la galopada, sobre el caballo tocó fondo y puso tierra entre ellos. Perdió el mar. Es más fácil no ser nadie en una gran ciudad, donde los vecinos le guardan comida y de vez en cuando alguien le da una moneda. Aunque todavía, a veces, le duelan los recuerdos y la pena le devore las entrañas.
Graziela

 

Ni el tiempo triste y llorón consiguió desanimarnos y nos convocamos a primera hora de la mañana del viernes para salir de Madrid. Un nutrido grupo de mujeres y algunos hombres, creo que eran  cuatro con el guía, cargados de entusiasmo y energía para iniciar la marcha hacia la Miniciudad Encantada de Tamajón. 

Nuestro camino por las tierras altas del noroeste de la provincia de Guadalajara comenzó con una parada en la localidad de Tamajón, para desayunar, coger fuerzas y de paso comprar unas magdalenas caseras que nos recordaran durante días la excursión.

El objetivo era recorrer una serie de pueblos que conformar un conjunto singular al estar construidos con lajas de pizarra y piedra oscura, conocida como arquitectura negra. 
Comenzamos la marcha por un camino un tanto abrupto, que bajo la fina lluvia y el cielo blanco daba al paisaje tonalidades impensable bajo el sol. 
La flora típica de monte bajo, con jarales, apuntando botones blancos que dentro de poco ofrecerán un espectáculo impresionante, pequeñas pinceladas de brezo rosa entre tanto verde y brezos blancos, abundantes en esta zona deleitaron nuestros ojos durante el descenso. 

 
Desde arriba pudimos ver en la lejania la localidad de Almiruete, un buen ejemplo de arquitectura negra, enclavado dentro del valle de las Presas. Dicen que dada su localización geográfica, es un lugar que en verano resulta fresco y en invierno está protegidos de las inclemencias del tiempo, aunque a nosotros llegamos allí entre chubascos, escuchando el agua que cantaba en regatos y arroyos. Es un pueblo tranquilo, sencillo y original, en el que vimos algunas casas rurales y apartamentos rústicos. 
Llama la atención la espadaña a poniente de su iglesia, con huecos para las campanas y ábside semicircular a oriente, características todas ellas de esta zona.

 
Durante el camino encontramos varios castaños centenarios, imponentes, de espectacular belleza, pese a estar todavía desnudos, pues la primavera en estas tierras parece que se toma su tiempo para mostrarse en todo su esplendor.

Dejamos atrás la localidad y nos encaminamos hacía la Miniciudad Encantada. el sendero se hizo más ancho, y caminamos por la pista con tranquilidad, a ratos con chubasquero, a ratos sin el, al cobijo del paraguas o sin capucha, siguiendo los caprichos de este loco abril. Observando el magnifico bosque de sabinas, atentos a los comentarios de nuestro guía, que se encargó de mostrarnos los cambios en la fisonomía de este árbol a lo largo de su vida y la diferencia entre estas y los enebros. El bosque también tenía buenos ejemplares de encina, cantuesos, jarales y tomillos perfumaban el aire, puro, húmedo y fresco. También escuchamos los trinos de diversos pájaros, aunque el agua los tenía un poco asustados y no dejaban ver.


Esta zona es un reserva de caza y aunque no vimos ningún animal de los que habitan en esos lares (corzos, venados, jabalíes...), sin duda nuestra alegre charla y el día otoñal no les animaron a mostrarse.
 
Las formas caprichosas de las rocas en la Miniciudad Encantada, emergen imponentes en un terreno que antaño estuvo inundado por las aguas; la piedra caliza, erosionada por el paso del tiempo ha ido conformando este paisaje original, tan característico de la zona en un bosque de sabinas, con algunos robles y saúcos, poniendo la nota de color los tojos, de un amarillo chillón que destacaba entre los mil matices de verde.
Visitamos la ermita de la virgen del Enebral, aunque realmente está levantada entre sabinas y no enebros. Allí aprovechando para hacer un alto en el camino y disfrutar de la comida.

Repuestas y con las mochilas más ligeras seguimos ruta.
 El día no nos dejaba disfrutar de la cumbre de Ocejon, que separa la cuenca del río Sorber (a derecha) y del alto Guadarrama (a izquierda) pues unas nubes gatas la ocultaban. Sin embargo por la tarde, más despejada vimos la Sierra de Ayllón. Atravesamos un pinar esquivando ramas y troncos, pendientes del suelo resbaladizo y pedregoso y como el sendero que nos haría llegar a Retientas nos resultó esquivo, desandamos lo andando y nos encaminamos a Tamajón, donde terminamos la marcha.

Una excursión interesante, entretenida y amena, que terminamos mostrando nuestro reconocimiento a la labor de Josefina, que no ahorra esfuerzos para conseguir que sus alumnos hagamos salidas como esta, que fomentan no solo el amor a la naturaleza, sino las relaciones y el compañerismo.

Graziela


ALEGRÍAS

Con el tiempo me he alegrado de vivir sola, de no tener que aguantarte durante todos estos años. Hoy, además de estar alegre, me siento feliz. Me acabo de enterar de que ella te ha echado de casa, así probarás el sabor amargo que produce el rechazo y el abandono, aunque si quieres llamarme...


Graziela

REALIDAD VIRTUAL

Me había costado mucho decidirme y finalmente elegí la opción “A”, pues la “B” me parecía demasiado fuerte para mi.

El esperado encuentro tendría lugar a las ocho en punto de la tarde y duraría hasta que yo quisiera. Había elegido un local emblemático en el paseo de Recoletos. Cuando llegué, él ya estaba esperándome, removía concentrado el contenido de su taza de Nesspreso humeante. La sonrisa que me dedicó me hizo suspirar. Todo era perfecto, una suave música flotaba en el ambiente entre el aroma de café y su perfume agreste, cuando se levantó para recibirme y me besó en el cuello. Pude ver que algunas mujeres me miraban con envidia desde la mesa de al lado. George Cloony era más encantador de lo que había imaginado. Durante largo rato charlamos y me resultó fácil sincerarme con él, como si nos conociéramos de toda la vida, sin necesidad de fingir, ni aparentar. La conversación se fue volviendo más íntima. Me cogió la mano y comenzó a acariciarla. Paseaba despacio el dorso de su mano por la mía, sus dedos, con las pulidas uñas, dibujaban caminos por mi muñeca; acercó su boca a mi oído y susurró “cuando quieras nos vamos”, incliné la cabeza, para retener su aliento entre mis cabellos; durante unos segundos permanecimos pegados, yo escuchaba su respiración agitada y notaba el roce de sus labios haciéndome cosquillas en la oreja.

Caminamos en silencio. Cogidos de la mano recorrimos las calles hasta llegar al hotel. En el ascensor no pudimos contenernos más y nos besamos apasionadamente, su boca sabía a café. La habitación parecía espaciosa aunque no pude reparar en los detalles, sólo tenías ojos para él. Despacio le quité la chaqueta; George bajaba la cremallera de mi vestido y yo desabrochaba uno por uno los botones de su camisa, acariciando con avaricia su torso de atlante, distinguiendo pectorales y abdominales bajo mis dedos, apretándolos con fuerza. Cuando el vestido cayó a mis pies, yo ya me afanaba en la cremallera de su pantalón. Seguimos desnudándonos sobre la cama, mientras nos besábamos y yo intentaba reconocer sus contornos. Sentía sus dedos ágiles en mi pecho, sus labios, su lengua como arroyo tibio en mi piel. Las bocas se encontraban una y otra vez, en su desenfrenado recorrido, ávidas de pasión. Nuestras piernas inventaban nuevos nudos para asirnos, mientras rodábamos por las sabanas haciéndonos gozar mutuamente. Una sinfonía de gemidos y gritos de placer llegó a todos los rincones de aquella alcoba desconocida.

Cuando me desperté noté su respiración pausada pegada a mi oído y aspiré su aroma, acurrucada bajo su abrazo, en el hueco de su axila.

Besándonos llegamos hasta el baño y el abrió la ducha empujándome dentro. Me enjabonó entera sin que el agua dejara de resbalar por mi cuerpo y yo me dejé hacer hasta casi desvanecerme. Después me secó, con la delicadeza de quien cuida a un bebé.

Cuando terminamos de vestirnos, lo que todavía nos llevó un buen rato al continuar con los juegos de manos, nos despedidos con un beso profundo.

Unos segundos después de quedarme sola en la espaciosa habitación, todo se volvió azul.

- Viki, el encuentro ha terminado. Voy a desconectarte.





Graziela



SIN PIES NI CABEZA

Eva salió de nuevo precipitadamente de su casa dejando tras de si el eco de un portazo. Al llegar al portal no supo hacia donde encaminar sus pasos, no recordaba bien el lugar en el que había aparcado el coche el día anterior. Cinco minutos y un par de vueltas por las calles más cercanas le costó localizar su Clio incrustado entre dos vehículo, entonces recordó lo que le había costado meterle en aquel hueco diminuto. No podía seguir así. Cuando arrancó no había decidido que dirección tomar, conducir la tranquilizaba, así que se limitó a seguir las indicaciones de las señales para ir girando por las calles que estaba permitido hasta verse en la gran avenida. De pronto sintió la necesidad de comentar lo ocurrido con su madre, ella siempre la comprendió. Dejó tirado el vehículo en el primer sitio que vio. ¡Mierda, tenía que haber cogido el abrigo! Aquí hace un frío de narices. El cementerio le pareció más alegre que otras veces, montones de flores salpicaban su gris fisonomía. Allí también estaba la tía Dori y conversó con ella un buen rato. Tras la charla con las dos mujeres se sintió reconfortada y dispuesta a regresar a casa. La visión de un municipal poniéndole una multa volvió a alterarla.

- Lo siento agente, no tengo documentación, he salido de casa con prisa y me he dejado la cartera.

- Pues no se puede ir indocumentada y menos aún conduciendo un vehículo. Llame usted a alguien para que venga a recoger su coche, que por cierto está en un vado, o se lo llevará la grúa.
- Tampoco tengo mi móvil, ni dinero para coger el metro, todo está en mi bolso y al salir precipitadamente sólo he cogido las llaves del coche.
- Pues entonces tendrá usted que ir andando o acompañarme a comisaría... No creo que los que están allí dentro la esperaran con hora -dijo con sorna mirando al cementerio.
Eva se sintió impotente, si llamaba a Sergio contándole lo ocurrido era como darle la razón, estaba harta de que argumentara que hacía las cosas sin pies ni cabeza. Si al menos tuviera una de sus pastillas, le ayudaría a pasar el mal trago. Empezó a hacer pucheros y dudaba entre ponerse a llorar o echar a correr. El policía pareció comprender la situación y se ofreció para llevarla a casa en el coche patrulla, aunque tendría que ir detrás, sino se jugaba el trabajo, lo que ella aceptó sin pensar.
Sergio estaba en el balcón fumando, tragando su nerviosismo con cada bocanada, cuando vio detenerse un coche de policía delante del portal. Se quedó sorprendido. La loca de Eva no habrá vuelto a denunciarme -pensó- dudaba que consiguiera salir airoso en una tercera ocasión, por muy injustificada que fueran la denuncia. Notaba como la indignación le nublaba la vista, pero al ver salir a su mujer del vehículo sintió cierto alivio. Entró en la casa y esperó a que ella llegara y le diera las inevitables explicaciones. El rato que tardó en escuchar la cerradura se le hizo eterno, hasta que comprendió que se habría vuelto a dejar las llaves y estaría en casa de la vecina pidiéndole la copia y justificándose.
- Cari ¡no sabes qué susto he pasado! Creí que tenía que llamarte desde comisaría -Dijo a modo de saludo.

- Eva tú no estás bien. ¿En que lío te has metido ahora?
- Te juro que no he hecho nada. He ido a hablar con mamá y tía Dori y como he salido con prisas me he dejado el bolso. Me estaban poniendo una multa y al no llevar documentación, ni el móvil, ni dinero el agente amablemente me ha acercado hasta aquí.
- Lo siento, pero ya no puedo más. Vivo siempre intranquilo contigo. Hoy cuando recoja a Pedrito del colegio me marcharé con él a casa de mi madre.
- Tú no te puedes ir, esta es tu casa. No puedes dejarme... Quedarte aquí con el niño, yo me marcharé. Buscaré trabajo, estudiaré y volveremos a estar juntos. -dijo mientras se acercaba a él y le abrazaba.
Tras la escena y el llanto, Eva preparó café y, con más calma que en ningún momento en el último año, hablaron y acordaron que sería ella la que dejaría la casa y al niño. Sergio pediría el divorcio, aunque Eva no estaba convencida de este extremo. Recogió la ropa del tendedero y dejó encima de la cama la suya, para preparar la maleta, planchó la del niño y la de su marido. Ordenó y limpió la casa, y se le ocurrió que tendría que dejarles la nevera llena y algo de comida preparada, él tendría muy poco tiempo ocupándose del crío, la casa y el trabajo. Sergio le dio el dinero que le pidió y la prometió acompañarla después a recoger el coche. Empezaba a arrepentirse de tomar una decisión tan drástica ¿Qué iba a hacer Eva sola?
Tardó tanto en volver del supermercado que se hizo la hora de recoger al niño. Al regresar a casa vio el coche de su mujer y una patrulla de policía en la esquina. Asustando subió al piso. Al verlos aparecer ella se abrazó al niño gimoteando. Tenía la cara tumefacta, con un par de golpes bien marcados. La vecina también estaba allí, mirándole con odio. Sergio se tapó los ojos con las manos. Se la había vuelto a jugar.