TODO
VALE
(BINOMIO
MÁGICO)
Pera-estropajo
Teníamos que renovar los frutales y el peral sería el primero, aunque la decisión no era fácil. En el vivero había gran variedad de árboles, y aunque las peras de agua nos han dado buenas cosechas durante muchos años, lo mismo había llegado el momento de cambiar y plantar uno de ercolinas, conferencia o limonera. Al final cambiamos la jugosidad y dulzura de la blanquilla por las peras conferencia. Sin embargo, cuando conseguimos recoger elprimer fruto, y quise morderla nada más arrancarla de su rama, la piel era como un estropajo de esparto de los antiguos, una vez deshecha su carne un poco grumosa, aunque ciertamente dulce, siguió dando vueltas en mi boca. Tenía la sensación de que me estaba dando un fregado a la boca, raspándome los dientes y la lengua. Me recordaba cuando mi madre me amenazaba de pequeña con lavarme la boca con esparto si me escuchaba decir una palabrota, aunque nunca llegó a hacerlo.
Me acostumbre a estas frutas y estaban ricas de sabor, así que idee una forma de aprovechar su piel y el corazón dada su característica de dura y rasposa, no se me ocurrió mejor forma de hacerlo que usándola como exfoliante, que en realidad era como pasarse una luffa por el cuerpo, consiguiendo arrastras con el frote todas las células muertas y dejarte, además de un agradable aroma en el cuerpo que perduraba después de la ducha, una epidermis suave e hidratada.
No dio mal resultado el cambio, pues terminé aprovechando bien las nuevas peras, que cada año eran más hermosas. En compota y mermelada quedaba exquisitas, siempre y cuando se pelarán previamente para evitar la desagradable sensación estropajosa, pues al hervir se iba depositando el pellejo en los bordes de la cazuela y luego había que afanarse con el rascador de aluminio para conseguir volver a dejarla limpia.
Ahora estoy pensando qué podría hacer con las pepitas.
Esta Semana Santa no habrá procesiones, no podremos salir unos días a disfrutar del mar o visitar a familiares y amigos en otras provincias, aunque hay más posibilidades y ofertas de ocio. El domingo podéis aprovechar y asistir a la inauguración de la exposición "VIDA Y COLOR", organizada por la Asociación Nacional de Artistas Carmen Holgueras, en la que participo con uno de mis cuadros.
Permanecerá hasta el día 14 de abril, en horario de 17,00 a 21,00 h. de lunes a domingo, en la Galería de Arte EKA & MOOR, calle Bretón de los Herreros, 56. 28003-Madrid.
CARRETERA
SECUNDARIA
Los muros tenían desconchones y algunas baldosas del porche estaban sueltas. Dentro se escuchaba una radio. Llamé a la puerta pero nadie me abrió. Insistí sin éxito. Un gato negro, bien alimentado, se acercó maullando. Rodee la casa y el perfume de las aromáticas del jardín me fue acompañando, con el gato siguiéndome de cerca. La puerta de la cocina estaba abierta.
–Oiga, ¿Hay alguien?
Al entrar vi una anciana dormitando en una mecedora; me envolvió un delicioso aroma a canela. La abuela abrió los ojos y me miró con atención, sin sorpresa.
–Así que se te ha estropeado el coche. Menos mal que has podido llegar hasta aquí, aunque con esos tacones… Estarás molida; siéntate.
–No quisiera molestarla. ¿Podría utilizar su teléfono? Aquí no hay cobertura.
–Hija, no es molestia. He hecho gallegas, tenía el barrunto de que hoy vendría alguien. Hace mucho que nadie me visita.
La señora dijo que no me preocupara, su nieto pasaría por allí en un rato y podría acercarme al pueblo, además se ocuparía del coche. Me ofreció una taza de té mientras esperábamos. Le dije que me costaba conciliar el sueño y tenía que evitarlo. Ella sonrió enseñando más encías que dientes. Me preparó una infusión de hierbas que recolectaba la noche de San Juan, según explicó. Sentí aprensión al probar el brebaje sin saber qué contenía, aunque estaba rico y las galletas que sacó del horno buenísimas.
–A mí me gusta vivir aquí, sola, con mi Arcano. -El gato, al escuchar su nombre, de un salto se acomodó en su regazo y empezó a ronronear mientras las manos sarmentosas le acariciaban- Así estoy lejos de la gente, de sus cotilleos y habladurías.
–¿No tiene miedo? Esto está aislado.
La anciana volvió a enseñarme su boca mellada y ni contestó.
Por fin llegó el nieto. Un chico con aire enfermizo. Al verme allí sentada me pareció que cruzaba una mirada de complicidad con su abuela.
Le dije que necesitaba un teléfono para llamar al seguro. Él se ofreció para ocuparsede todo, solo tenía que darle los datos y las llaves. Me dejaría en la pensión del pueblo, que allí había teléfono. Después recogería el coche y lo llevaría al taller. Lo tendrían listo por la mañana, y podría seguir viaje. Me quedé perpleja.
Agradecí a la anciana su ayuda y vi cómo antes de despedirnos le guiñaba un ojo al chico. Estaba empezando a inquietarme.
El pueblo era anodino, parecía muerto. La dueña de la pensión me esperaba y algo en ella me resultó familiar. Tenía la misma mirada de agua que la anciana de la casa solitaria. Me llevó a mi habitación y quedó en subirme un bocadillo y un refresco.
Por la mañana avisaría que debido a una avería mecánica llegaría más tarde a la reunión. Después empecé a preocuparme, no recordaba haberle dicho al chico en qué punto de la carretera me había quedado tirada. Bajé para avisarle. La madera de las escaleras crujía a cada paso, las luces estaban apagadas y no encontré a nadie. Era todo un tanto siniestro. Estaba agotada y con los pies como botijos. Me tumbé en la cama y fui repasando mentalmente lo ocurrido. ¿Y si me roban el coche? Le había dado las llaves. Nadie sabía que estaba allí. Ni siquiera conocía el nombre de aquel maldito pueblo al que no llegaba ni internet.
Me despertaron las campanadas de la iglesia. Eran las once. Seguía vestida y no había avisado de que llegaría tarde. Hacía años que no dormía más de nueve horas seguidas, y eso que me acosté preocupada. Me di una ducha rápida y bajé. Las llaves del coche y las facturas estaban sobre una mesa.
No había nadie a la vista. La calle también estaba desierta.
El coche iba como la seda. Paré a tomar un café y repostar. El gasolinero me preguntó qué tal me funcionaba. Le dije que muy bien, aunque me había dejado tirada a pocos kilómetros de allí.
–En el 113, como si lo viera…
Debió notar mi desconcierto y añadió:
–Esa bruja no sabe qué hacer para dar trabajo a su familia.
Quise preguntarle, saber más, en ese momento entró otro cliente, yo tenía prisa y me marché. No podía quitarme de la cabeza a la anciana, aún así, el resto de trayecto se me pasó sin sentir.
Curiosamente, llegué antes de la hora prevista a mi reunión, como si nada hubiera ocurrido.
UN MAL TRAGO
(BINOMIO MÁGICO)
ACEITUNA Y CEMENTERIO
No me gustan los cementerios. Aunque en ellos se respira tranquilidad, también hay otro tipo de energías en el ambiente: tristeza, pena y sobre todo muerte. Todas esas tumbas, las esculturas, las lápidas labradas, las inscripciones, las flores. Por no hablar de los nichos, que son como estantería de ataúdes empotrados. Además, siempre que voy a un entierro me acuerdo de Daniel, el niño de Dorita, la vecina, que murió atragantado por una aceituna. Yo creo que me impresiono más porque conocía al crío desde que nació, le había visto crecer. Estaba tan contento dando saltos y la siguiente noticia era que había fallecido.
Tragarse una aceituna y que se te
quede atascada en la garganta debe ser una sensación horrorosa. Su madre en el
tanatorio nos contaba lo ocurrido, la angustia que sintió, como si le quitaran
un órgano de su propio cuerpo. En el cementerio aún fue peor. La mujer se
desmayó. Querían llevarla al coche y ella se negaba, lloraba y daba alaridos.
Estaba tan absorta en su dolor que a punto estuvo de caer en la fosa cuando
colocaron el pequeño ataúd verde, el color preferido del niño. ¿De qué color
sería la aceituna que le dejó en el camposanto? Supongo que no sería de ese tono
lechuga, porque tener que pasar la eternidad metido en una caja del mismo color
que la oliva que le llevó allí, es una broma de mal gusto.
Durante un tiempo, dejé de comer
aceitunas. Mis preferidas son las negras, como la suerte de Dorita y su hijo. Ella no duró mucho más. Enfermó del hígado, su
piel se torno cetrina, aceitunada y poco después tuvimos que volver a la
sacramental y ahora descansa junto a su pequeño, bajo un precioso olivo;
paradojas de la vida.
No debió superar la culpa de pensar
que fue ella misma la que le dio al niño la aceituna que lo mató, las había
comido otras veces, repetía sin parar. En su casa no entró ni una oliva más.
Hasta dejó de usar el aceite que se traían del pueblo, denso y verdusco.
Tampoco volvieron a varear.
A mí me encanta tomar el aperitivo y
un buen vermut, con un luquete y una aceituna pinchada en un palillo; me hace
feliz, aunque reconozco que desde aquello cada vez que me meto una en la boca soy
muy consciente. Aunque la muerte te puede sorprender en cualquier lugar. A mí en
el cementerio no me esperan, pienso seguir disfrutando de las olivas de
camporeal, manzanilla, gordal, o las perlas negras con su pimentón y su
cebollita, mis preferidas. Tanto placer seguro que es pecado, una vez muerta e
incinerada me queda la tranquilidad de que no acabaré en una fosa y me da igual
si eso me lleva al infierno.
¡Pobre Danielito! Bajo tierra por
culpa de algo tan inofensivo como una aceituna.
EL
ARMARIO DEL PASILLO
–Que exagerada eres. Sofi está
acostumbrada a verte todas las semanas por video llamada. Pasa, que está en su
cuarto jugando, ya es la hora de su baño. Te estaba esperando.
–Sí, claro, como que es lo mismo
verla con el móvil. ¿Dónde está mi niña? –voceo Silvia desde el recibidor– Por
favor ¡Cuánto añoraba su aroma, estrecharla y comérmela a besos! ¿Cómo
está de preciosa mi princesa? Y qué mayor... Y tú, ya te puedes relajar,
mientras esté aquí me ocupare de ella, que para eso he venido. Además, que
sepas, que no lo hago por ti.
– Toda tuya, ella también estará
encantada de disfrutar de tía ¿Verdad Sofi?
–Tita, tita
–¡Me la como, es que me la tengo que
comer! Me quito el abrigo, y nos vamos a bañarte.
– La capa de baño está en el armario
del pasillo, coge la que quieras o una toalla. Su preferida es la de la
mariquita.
– Rosa, hay cosas que no cambian.
Tienes el armario de ropa blanca igual de desastrado que siempre, como un
dormitorio de monos. No sé cómo encuentras nada entre tanto desastre. Cuando se
duerma la peque o mañana saco todo y te lo organizo, que falta le hace.
–Silvia, tú y el orden. ¡Temblemos…!
Ha llegado la reina de los armarios para organizarnos.
Las dos rieron divertidas.
Cuando la niña se acostó se hizo el
silencio en la casa. Rosa seguía corrigiendo ejercicios, y preparado clases,
antes de cenar. Silvia, ya instalada, se
dispuso a arreglar el armario de la ropa blanca, en vez de distraer a su
hermana. Ya tendrían tiempo de hablar.
Entre toallas, ropa de cama y
mantelerías encontró marcos con fotos, metidos de cualquier manera. Recordaba
algunas instantáneas de haberlas visto colocadas por la casa y se dio cuenta entonces
de que no quedaba ni una imagen de su cuñado. Al parecer la separación no había sito
todo lo amistosa que ella les había hecho creer.
Algunas fotos no tenían cristal o
estaba roto y eso la inquietó. No dejó de sorprenderse con lo que iba
encontrando. También había algunos papeles doblados, primero encontró un sobre.
Su hermana era desorganizada, pero no tanto como para guardar cartas entre los
manteles. Se le pasó como una ráfaga el pensamiento de que podrían ser misivas de amor. Ni siquiera se planteó no ver lo que decían.
Se llevó una mano a la boca para
ahogar la sorpresa y notó el calor de las lágrimas resbalando por su cara.
Sentada en el suelo leyó el resto de documentos que fue encontrando. Necesitaba
serenarse antes de hablar con su hermana, así que sacó todo lo que quedaba en
el armario y fue colocándolo en orden: toallas por juegos, manteles con sus servilletas,
paños; sábanas, fundas de almohadones, etc. Esto le ayudó a organizar también
sus ideas. Cuando el armario quedó como el expositor de una tienda se sintió
satisfecha. Metió en una bolsa “los recuerdos” y se la llevó a la cocina.
Mientras preparaba la cena terminó de tranquilizarse. Quería mostrarse entera.
Rosa estaba muy animada, contenta de
tenerla allí. Como cuando vivían solas en el piso de estudiantes, después de cenar, sacaron una
tarrina de helado para comérsela a medias.
– Bueno, ahora que estamos
tranquilas ya puedes contármelo todo. Sin ahorrarme detalles. Sí, y no pongas
esa cara de asombro. Sabes que conmigo nunca te ha servido lo de hacerte la
boba. Te estoy hablando de la separación. Por lo visto la versión que tenemos
mamá y yo es una bastante edulcorada. Y mucho me temo que poco tiene que ver
con la realidad.
– ¿Qué quieres saber? ¿Ahora me vas
a someter a un tercer grado? Cuéntame tú lo de ese novio forrado que tienes.
Esta noche no me apetece traer recuerdos desagradables.
– Sí, yo te cuento lo que quieras.
Aunque me interesa mucho más lo que he encontrado en el armario. Los marcos
rotos con las fotos y los papeles. Partes médicos, denuncias por malos tratos,
y la orden de alejamiento. Vamos Rosita, nos vendrá bien desahogarnos juntas.
Ahora entiendo muchas cosas, tus evasivas, las excusas. Tenemos que ponernos al
día. Ven aquí. Tranquila, llora lo que necesites. Yo estoy contigo.
EN LOS CAJONES
¡Madre
mía, treinta años! Me parece increíble, y que nos sigamos llevando bastante
bien más increíble todavía, pues hemos compartido mucho en todo este tiempo y
no siempre avanzando en la misma dirección. Es lo que tiene el amor... pensé.
Volví
a envolverlo y lo dejé en su sitio.
Me
llegó el olor del guiso, me levanté rápido y al ver el reloj me di cuenta de que
aún tenía que terminar de hacer las albóndigas.
Fui
incapaz de encontrar mi pela-patatas (cada uno tenemos el nuestro) en el cajón
de la cocina, que más que uno de sastre, es un desastre en sí mismo. Allí
guardo los cubiertos de cocina, utensilios varios, y, en dos cajitas al fondo,
las gomas de las hueveras y espárragos, los corchos, algún cordel, tapones, etc...
Sin darme cuenta empecé a sacar cosas, las iba extendiendo en la encimera:
espátulas, cucharas, tenedores, tijera, cuchillos pequeños, los de untar
mantequilla, el aparato de quitar el corazón a las manzanas, También la cuchara
de la miel, el funderelele, el pelador de tomates, y esa pala de madera
diminuta, como las grandes que usaban en las tiendas de ultramarinos para coger
la legumbre y ahora tienes en algunos para los frutos secos. Era de madera de
olivo y perteneció a mi madre, que le encantaban las cosas pequeñas y como
todas lo sabíamos mi hermana se la trajo de Mallorca, aunque no tuviera
utilidad alguna, pues nunca la vi usarla. Me dio pena tirarla cuando mamá murió,
desde entonces habita en el cajón de mi
cocina, sin utilizarla para nada, es un pequeño recuerdo que me acerca a su
esencia.
Bueno,
ya que tenía todo fuera limpié el fondo, donde inevitablemente se van
acumulando migas, polvo. Tiré algunas cosas y volví a guardar el resto. Puse la
palita al final.
Cuando
escuché que se abría la puerta ya era tarde para preparar patatas o hacer
arroz. .
–Hola
cariño. ¡Qué pronto has llegado hoy!
–
Como siempre. ¿Qué te pasa? Tienes mala cara.
–Nada,
No me encontraba muy bien esta mañana, creía que tenía fiebre… Aunque ya me
siento mejor. Me he liado con tonterías, ordenando el cajón. Así que aún no he
terminado de hacer la comida.
–Pues
si quieres podemos ir a comer al de la esquina, he visto que hoy tienen migas y
huevos con jamón. Hace un día precioso y no había mucha gente en la terraza.
Anda, ponte los zapatos y nos vamos.
ÁLBUM
DE FAMILIA
Al volver de la luna de miel quedé con el fotógrafo de la
boda. Me había llamado un par de veces para que eligiéramos las fotos que
queríamos para el álbum. Como eran tantísimas le dije que me dejara un tiempo
para verlas con tranquilidad. A Jorge le parecía una labor tediosa, estuvimos
una hora, solo vimos las cien primeras, y
la verdad, es que resultaba aburrido, porque muchas se parecían o eran casi
iguales.
Como mi madre y mi suegra me preguntaban con frecuencia qué
pasaba con los álbumes de la boda, organicé una merienda para que me ayudaran
con la selección. La idea les encantó.
En algunas estábamos muy bien, había muchas otras en las
que yo me veía fatal, y eso que aquel día estaba radiante, según todos. Fuimos eligiendo aquellas en las que los dos
salíamos favorecidos, las más naturales y luego las típicas: con los padrinos,
con sus padres, con la familia, los amigos, los compañeros de trabajo…
– Y esta niña tan rarita ¿Quién es? No recuerdo haberla
visto. Y seguro que con el trajecito que lleva, no se me habría
olvidado.
Ni mi madre ni yo fuimos capaces de articular palabra.
– ¿Qué os pasa? Me estáis asustando. Os habéis quedado
blancas.
– ¡Dios mío, hija, no puede ser!
– ¿Por favor decidme que ocurre? ¡Me tenéis en ascuas!
Viendo a mi madre con los ojos brillantes, tuve que
tragar saliva para intentar que se deshiciera el nudo que tenía en la garganta
y poder hablar.
– Esa niña es mi prima Lourdes, el traje se lo hicieron
para una función del colegio, y le encantaba. Cuando yo era pequeña siempre
estábamos juntas.
– No entiendo nada, ella todavía parece una cría.
– Si tenía doce años. Aquel día al salir del colegio un
conductor la arroyó y murió en el acto.
CONTEMPLANDO EL RÍO
Tengo que reconocer que aquellas
mujeres me daban envidia. Yo llevaba a Theo, mi perro, a pasear por la zona;
nos encantaba el paraje y allí estaban ellas. Cada tarde se reunían y
charlaban.
Me sentaba cerca del banco de las viudas,
al que nunca podría unirme por no haberme casado, pues ese era el punto en común de las cuatro
señoras. Hablaban fuerte porque Marina, la más mayor, la del cabello plateado,
no oía bien y se negaba a ponerse audífonos por pura coquetería. Así me enteré
de que Julia, la que siempre llevaba gorrito por el lunar malo que le quitaron
de la cara, tenía un hijo médico al que estaba loca por casar, pese a que nunca había tenido novia.
Lupe, fue la última en llegar. Su
marido falleció inesperadamente. Asistí en primera fila al duelo. Vi cómo sus
amigas la colmaban de cariño, la consolaban. Habían pasado por trances
similares, sabían lo que se sentía, si bien no todas lo hubieran llevado
igual. Durante semanas estuvieron más calladas, con sus cuitas. Se cambiaban
los sitio, al principio no lo entendía, hasta que me di cuenta de que era para coger
la mano o abrazar a la afligida viuda.
Después se fueron animando y Carmen,
la más alegre, borró lágrimas y volvió a pintar sonrisas. Se avivó la charla trufada
de cotilleos, y su gracia las hizo volver a reír con ganas, sin embargo,
de vez en cuando la pena asomaba de nuevo en sus ojos.
No todos los matrimonios habían sido
idílicos. Esas mujeres también soportaron el sufrimiento y dolor en sus
relaciones.
Durante un tiempo no volví a sentarme
cerca del banco de las viudas. No me atrevía a pasear por allí sin que Theo correteara
a mi lado. También a ellas las echaba de menos, pensé que me costaría y al
mismo tiempo me vendría bien visitar el lugar, esta vez sola.
Llevaba la correa del perro en la
mano, así le sentía cerca, conteniendo las lágrimas por estar allí sin él.
– Buenos días –saludé al pasar.
– Buenos días. ¿Dónde has dejado a
Theo? –Me preguntó Julia, que siempre le llamaba para acariciarle.
– Hace un mes que no está –dije y
comencé a llorar de forma incontrolada. Ella se levanto y me abrazo.
– Vamos, siéntate con nosotras, te
vendrá bien, que de perdidas sabemos mucho. Y llora hija, llora, que eso
alivia.
En el camino hemos ido perdiendo a familiares y amigos, unos como consecuencia del virus que ha marcado el 2020 y otros por que les tocaba marcharse, su tiempo aquí había expirado, aunque nos cueste entenderlo o asumirlo.
Algunas personas cercanas siguen sufriendo las consecuencias y secuelas de la enfermedad y quiero aprovechar para transmitirles mi apoyo y comprensión.
Ojala fuera tan fácil estrenar año y hacer "borrón y cuenta nueva", solo con sustituir el calendario, pero mucho me temo que esto no funciona así, aunque la verdad es que me encantaría.
Este año que hoy termina he aprendido muchas cosas y me he dado cuenta de que la capacidad de adaptación es importantísima, y que la mayoría somos mucho más fuertes de lo pensábamos antes de esto, aunque de un modo u otro nos sintamos afectados por lo ocurrido. Nadie ha salido indemne.
Este año no tengo la sensación de que las fiestas navideñas están muy cerca. Supongo que se debe a que no las estoy viviendo como otros años, pues van a ser muy diferentes, sin comidas, ajetreos de compras, sin tener que pensar en un menú ni ponernos de acuerdo para su preparación, sin buscar regalos. De nos ser por la iluminación de las calles y comercios nada huele a Navidad y como tampoco salgo de noche, no las he podido disfrutar. Y es que la situación actual impone mesura, medidas especiales y extremar las precauciones para evitar contagios, sin reuniones de amigos, con toda la familia o compañeros.
Estoy convencida de que cumplir escrupulosamente las normas, en esta ocasión salvara vidas y nos evitará problemas, así que celebraremos las fiesta en la intimidad, y además, nadie podrá quejarse de los compromisos. De cualquier manera:
OS DESEO UNAS FELICES FIESTAS, QUE LAS VIVÁMOS DE FORMA MÁS CONSCIENTES, PROCURANDO MANTENER LA ALEGRÍA QUE SUPONE SABER QUE SOMOS AFORTUNADOS, ESTAMOS VIVOS Y SOBRE TODO, QUE ESTO, TAMBIÉN PASARÁ.
Era una fecha especial y he querido empezar el día y celebrarlo de forma diferente. Un buen desayuno, con chocolate a la española y crujientes porras. Primero poner mis sabanas preferidas y estrenar la colcha nueva, para pasar después a prepararla bañera.
Hace
más de un año que no disfruto del mar, pues por las circunstancias que todos
conocemos no hemos salido de vacaciones, y lo echo de menos, así que he
intentado recrearlo. Con un agua bien caliente, que me encanta, aunque sé que
no es muy sano y me baja la tensión, y un kilo de sal marina. De fondo, he
buscado en el móvil el sonido del mar. Con el suave oleaje me ha parecido notar
el aroma a mar, he sentido el sabor salado en la boca. Durante un buen rato he
dejado que agua me limpiara por dentro y por fuera, que se liberara mi mente
con la relajación, pasando de largo los pensamientos que últimamente me asaltan
con frecuencia y la preocupación…
Al
salir me sentía ligera y renovada, dispuesta a dar un paseo por el parque
otoñal para airearme, aunque el día gris no invitaba a salir, en la calle hacía
templanza y ha sido agradable.
Un
día estupendo, al alcance de cualquiera,
solo hay que querer disfrutar.
Como todos sabéis, no es momento para actos públicos ni eventos en los que se reúna mucha gente, por eso, en la Asociación Nacional de Artistas Carmen Holgueras, de la que formo parte hace años, ante la imposibilidad de realizar las exposiciones que estaban programadas para este año, se decidió organizar una exposición virtual, y una compañera Paloma Martín Toral se ha encargado de la colocación y montaje. Gracias.
Aquí tenéis mi aportación a "ENCONTRÁNDONOS"
https://asociacioncarmenholgueras.blogspot.com/2020/11/graziela-ugarte.html
LA PANDEMIA
He
avisado a mis hermanas para decirles que si me vuelve a pasar, vengan a
buscarme y me lleven a pasear al parque; una ha dicho que sin problemas, pero que
traerá las tarteras para llevárselas llenas. La pequeña dice que no me
preocupe, que ha sido simplemente una enajenación culinaria transitoria.
Más
bien creo que puede tratarse de una reminiscencia de lo vivido durante la
cuarentena, que el aumento de contagios ha revivido en mi mente.
El
confinamiento fue como recibir una bofetada que no esperas y te vuelve la cara
del revés, bueno en este caso la cabeza o la vida entera.
Yo
intentaba estar centrada. Disponía de tanto tiempo que aproveche para “estar
más en mí”. Me levantaba temprano, meditaba y me vestía con ropa deportiva para
seguir la clase de las nueve en TV, de un conocido entrenador personar. Mi
marido, que me veía estirarme, saltar, hacer ejercicios y posturas
antinaturales, mientras sudaba como un buen jamón a temperatura ambiente, decía:
“chata, este tío va a acabar contigo”. Después de ducharme y desayunar me
sentía genial, es más, al terminar el confinamiento estaba más delgada y con el
cuerpo mejor moldeado, así que parece que el esfuerzo valió la pena.
Además
de las típicas limpiezas, arreglo de armarios y cajones y liquidar todos los
zulos de la casa, mientras charlabas por teléfono, que algo tenía que hacer para
distraerme y que fuera más llevadero, me dediqué a cuidarme. Baños de sal,
cremas, lociones, mascarillas, hasta aproveché para tratarme la mala
circulación de las piernas, que al estar en casa todo el día añoraban los
largos paseos, y decidí utilizar ese aceite esencial tan bueno que me regalaron
hace tiempo, y me afané en aplicármelo a diario. Parece que todo iba bien,
hasta que me salió una erupción. No puedo precisar si el llenarme de granos
desde la cintura a la punta del pie se debió al intenso tratamiento o a la
tensión interna que me producía ver las noticias, las luchas y críticas políticas,
escuchar el número de muertos diarios por la pandemia, cuyas cifras me parecían
irreales, totalmente inasumibles. Era como estar inmersa en una película de
esas futuristas, que me espantan, en las que todo es lúgubre y muestran un
mundo desnaturalizado. Y es que ver instaladas morgues donde había centros
comerciales o pistas de hielo y hospitales en lugares reservados para ferias,
era más propio del cine que de la vida real.
Meditaba
más esos días. Las
relajaciones me daban paz, aunque alguna vez me invadió el llanto, la ansiedad
y notaba una fuerte presión en el pecho que me dificultaba la respiración.
Creo
que los que hemos sufrido una depresión la tememos, por eso hacía muchas cosas,
actividades que me gustan y me reconfortan como pintar o escribir. Comencé a
hacer mariposas de papel y las iba pegando en mi ventana, cada día hacía una.
Nunca pensé que la cuarentena se prolongara tanto tiempo, me lo recordaba ver
el cristal lleno de mariposas de todos los tamaños y colores, que cuando por fin pudimos empezar a ir a la sierra las
colgué de la jaima, montando mi propio mariposario que me ha permitido este
verano verlas moverse, mecidas por el viento, alegres, y a la vez como testigos
mudos que me recordaban lo vivido durante meses.
He sentido
miedo y desesperanza que han calado en mi mente hasta hacerme sentir culpable, como
si fuera una fugitiva, si en vez de ir al supermercado más cercano me alejaba
un minuto más para comprar en el que el pescado es mejor. Y es que el tema de
mantener la nevera cargada, por si no podía salir en muchos días, también era
como una fijación, sin pasar por la obsesión del papel higiénico. El día de
compra era dedicación exclusiva. Al volver los zapatos se quedaban en la
puerta, la ropa a la lavadora, desinfectar producto por producto y ducha de
agua hirviendo, pelo incluido, para después jugar al tetris y acoplarlo todo en
un reducido espacio.
También
fui de las que hice pan. Aquello no merecía recibir ese nombre, más bien era
una masa dura y pesada que habría servido de arma arrojadiza, aunque presentaba
un aspecto de lo más apetecible.
Los
días no me cundían mucho, lo bueno es que al levantarme volvía a disponer de
todas las horas, como si estuviera viviendo “el día de la marmota”, creo que a
veces hasta oía la dichosa musiquita al mirar el reloj de la mesilla.
Gran
parte de mi tiempo se centraba en mandar energía e interesarme por las
personas que lo estaban pasando realmente mal, que se sentían solas, estaban
enfermas o eran víctimas del coronavirus. Ha sido muy duro. Y eso que soy de
las afortunadas que no ha tenido casos graves en la familia, sí me ha tocado muy de cerca por las amigas.
Además, contaba con la compañía y el apoyo de mi marido, aunque he procurado no
estar todo el tiempo con él, para evitar fricciones, pues no siempre tenemos el
mismo punto de vista. Por eso quedábamos por la tarde, a las siete, en la
cocina, para merendar. Y a veces venía a la habitación en la que yo estaba a
buscarme, porque llevaba cinco minutos
esperándome.
Ahora
me alarma ver que crecen los contagios, y me parece impensable recordar los
días en que una buena noticia era saber que los fallecimientos bajaban de
quinientas personas en un día ¡Qué horror!
Desgraciadamente
a todo nos acostumbramos; parece mentira que a algunas personas ya se les haya
olvidado lo pasado y no piensen que la amenaza persiste. ¡Una lástima!
Como
todos, me he perdido muchas cosas en todo este tiempo: ver crecer a las niñas,
abrazar a las personas que lo necesitaban o al menos estar a su lado, jugar con los más
pequeños, la floración de los bulbos y los lilos, los gatitos nuevos, charlar
con mis clientas, los cafés con las amigas, las comidas familiares, las
reuniones, las fiestas, las vacaciones, el mar, el primer diente de mi ahijada, el consuelo mutuo, no poder visitar a las personas que quiero, las tertulias, las clases… La
pandemia también pasara y en primavera todo volverá a brotar.
Y entre todo esto, aún
tengo que rebozar unas setas antes de que se estropeen y hacer unos calamares
en su tinta.
El tiempo se detuvo, con mi temblor ante las palabras del doctor. Nos dejó helados, no se trataba de un espejismo.
Me siento inmensamente afortunado porque ellos están a mi lado; mis mellizos son mi mayor bendición. Ahora somos tres, como siempre soñamos ella y yo, sin embargo, no puedo dejar de ver a su madre en los ojos de Lucía, ni en la sonrisa de Samuel. Y me duele el alma al pensar que para que ellos estén hoy conmigo ella tuvo que dejarnos.
LA MUJER DE LA OTRA ESCALERA
Yo tuve la culpa. Algo raro ocurría en aquella casa. Las agradables palabras de la vecina, cuando nos cruzábamos, mis encuentros en el mercado con su marido, que decía buscar algo para sorprenderla: “melocotones que le encantan, unos girasoles”. Alguien tan obsequioso no parecía capaz de cometer una infamia al llegar a casa.
No parecían tan sentimentales y
amorosas las broncas, portazos o insultos, que los oía por el patio.
La policía llamó a mi puerta.
Encontraron muerta a la vecina de la otra escalera. Con temblor de piernas les
conté lo que sabía. Ella nunca tenía marcas de golpes.
No creía que un hombre tan atento
fuera capaz de cometer el crimen, pero le detuvieron.
Un señor visiblemente afectado
colocó un tulipán rojo sobre el ataúd.
Le recordé, siempre con la maleta. Es el marido, me dijo la cotilla del
bajo. ¿Su marido?
(Micro del juego del verano Sol-Mar 2020)



















