EL RITO DEL AGUA
Al llegar a una zona elevada, tras
una curva pudimos observar de lejos la gran cascada por primera vez. Era impresionante,
se erguía plateada entre mil tonos de verde como en la fotografía de un folleto
de viajes; todavía colonizaban el especio los cantos de pájaros y el ruido de
otros animales e insectos, no se escuchaba el sonido del agua.
Durante más de una hora, con el
mismo calor y más humedad en el aire, recorrimos el resto del trayecto,
ansiosos por llegar, sobre todo yo, que desde que vimos la gran cascada me
costaba controlar mi deseo de estar en ella.
El camino terminaba directamente en
un pequeño lago que formaba el agua que caía con fuerza desde gran altura. El
verdor del lugar, la frescura que producían millones de micro-gotas en
suspensión, descomponiéndose en múltiples colores me dejaron sin habla.
A partir del aquel momento no sé qué
me ocurrió, desaparecieron todos. Solo existiéramos la catarata y yo. La
atracción que siempre había sentido por el agua se hizo tan intensa que no pude
resistirme, me descalcé, me introduje en el lago, camine lentamente atraída por
una melodía, atravesé la cortina de lluvia y la penumbra me acogió como un
inmenso útero, aislándome. Allí me sentí tan protegida, tan cuidada, tan feliz.
Vino a mi mente la imagen del exaedro de cristal con el que soñaba
frecuentemente desde que era chica, hasta que en uno de mis viajes, una anciana
se acercó a mí y me lo regalo, tratándolo con devoción; desde aquel momento
siempre me acompañaba, colgando de mi cuello.
Me venían flashes. Imágenes muy nítidas se sucedían en mi mente, como fotogramas
de una película con la que nada tenía que ver mi vida, sin embargo no me
resultaban ajenas, al contrario, resonaba con ellas: Una aldea polvorienta, un sol abrasador, el
pequeño pozo en torno al cual se concentraban mujeres con túnicas de vivos colores,
portando vasijas de barro en la cabeza, bajo el brazo o en la mano y niños
saltando a su alrededor; un grupo de gente cantando, descalzos, danzando bajo
el aguacero; una gruta en un acantilado frente al mar y una anciana implorando
al cielo.
Yo también cantaba, siguiendo la
melodía que flotaba en el aire. Alcé los brazos, sujetando en mi mano el
exaedro mientras el agua resbalaba por mi cuerpo y una oración de gratitud
brotaba de mi boca, como si fuera otra la que hablaba por mí: “Por la luz divina y por la sabiduría ancestral que habita en mí, activo este código
para que la cascada vuelva a su propósito original, templo entre cielo y tierra, fuente de vida…”
El tiempo se había detenido para mí,
no podría precisar cuánto permanecí allí dentro a solas con el agua. De pronto, supe que debía salir. Impregnada por aquella nueva energía atravesé la cortina
cristalina en la que se dibujaba un precioso arcoíris.
Salí de nuevo a la realidad. Algunos
compañeros se bañaban en el lago, otros charlaban sentados en la hierba o
estaban tumbados relajadamente.
-¿No has comido nada? -Me preguntó
la guía-.
-No tengo hambre, gracias.
-No sé dónde has estado todo este
rato, ni lo que has hecho, te noto diferente, desprendes luz.
Yo sonreí. Estaba feliz. Libélulas
azules y moradas revoloteaban a mí alrededor rozándome de vez en cuando y una
mariposa se posó en mi pelo. Me llevé la mano al cuello para tocar mi colgante,
pero solo tenía la cadena, el cuarzo había desparecido.



