PARA 2026 QUE TE RODÉES DE GENTE ESTUPENDA, VIBRES ALTO, PRACTIQUES LA GRATITUD Y ATRAIGAS ABUNDANCIA A TU VIDA.
CON TODO MI CARIÑO
GRAZIELA
PARA 2026 QUE TE RODÉES DE GENTE ESTUPENDA, VIBRES ALTO, PRACTIQUES LA GRATITUD Y ATRAIGAS ABUNDANCIA A TU VIDA.
CON TODO MI CARIÑO
GRAZIELA
ESTAS SON FECHAS SEÑADAS EN LAS QUE PARECE QUE LAS PRISAS, LAS COMPRAS, LOS COMPROMISOS Y EL RUIDO LO LLENAN TODO Y CORREMOS EL RIESGO DE QUE NOS ARRASTREN CON ELLOS A SU PASO.
POR ESO, QUIERO DESEARTE QUE VIVAS LA NAVIDAD DESDE DENTRO, CON CALMA, PAZ INTERIOR Y ALEGRÍA, LLENANDO LOS ESPACIOS DE AMABILIDAD Y CARIÑO; RODEANDOTE DE GENTE POSITIVA, Y BUENAS ENERGÍAS.
COME, BEBE, BAILA, RIE, REGALA Y RECIBE AMOR.
ES TIEMPO DE COMPARTIR.
FELIZ NAVIDAD
TRADICIONES FAMILIARES
Me
sigo considerando hinduista, y procuro seguir los preceptos de mi religión, sin embargo, no podía renunciar al amor que
sentía por Sophi para casarme con una completa desconocida. No es que me
considere europeo ni reniegue de mis raíces, aunque reconozco que vivir otras
culturas y dejar un poco atrás las tradiciones de mi país me ha ido alejando
poco a poco más de los míos.
La
noticia fue inesperada e impactante. Mi padre siempre gozó de buena salud,
aunque eso no te salva de sufrir un accidente que te arranque la vida de cuajo.
Nos
costó encontrar vuelo para volver y encargarme de todo, como habría sido su deseo. Baba siempre quiso descansar en la ciudad más
antigua del mundo, Varanasi, y que sus cenizas fueran vertidas al río Ganges,
para conseguir así su salvación. Era mi deber
hacer lo posible para que así fuera.
Aquí
no se utilizan cajas para introducir a los cadáveres y como vivíamos en una
pequeña ciudad y teníamos que transportar el cuerpo de mi padre hasta la gran
urbe, un primo mío se comprometió a hacerlo en su todoterreno. Lo envolvimos en
bonitos paños; nos supuso un gran esfuerzo subirlo y asegurarlo a la vaca del
vehículo, pues baba era un hombre robusto y pesaba lo suyo.
El viaje me resultó extraño, no estaba acostumbrado ya al tráfico infernal, el ruido de los pitidos y cláxones constantes me aturdía. Cuando llegamos a la ciudad, aun nos quedaba un penoso recorrido por las estrechas callejuelas enfangadas y oscuras hasta llegar al ghats para realizar la cremación. Yo me había afeitado la parte frontal de la cabeza, al igual que otros familiares, en señal de duelo. Lo hice sin pensar y sin valorar las explicaciones que tendría que dar por mi aspecto al reincorporarme al trabajo en Londres. Sería más cómodo raparme totalmente al volver, así llamaré menos la atención, además, tengo buen pelo y crecerá pronto.
Trajeron
la leña y formaron la pira funeraria; situamos el cuerpo de baba sobre ella,
después, cubriéndolo con otras telas se siguió colocando más leña encima. En mi
familia teníamos medios como para pagar toda la necesaria hasta que el cadáver
quedara totalmente reducido a cenizas. Fue un proceso largo. Nunca conseguiré
olvidar aquel olor que impregnaba mis ropas y mi piel, así como ese humo denso
tras el fuego, que lo invadía todo robándome el aire y empañándome la vista.

Después,
tiramos las cenizas al río con gratitud, terminando así el ritual.
Deseaba
volver al hotel, ducharme, cambiarme de ropa y encontrarme con mi chica, mi
consuelo, mi amor.
Lo
había decidido, sabía que no era el mejor momento para hacer las
presentaciones. Estaba cansado de sentirme un hipócrita al no ser capaz de contarles
que me había casado en secreto; fue una ceremonia íntima en la que solo
participaron un par de amigos. Lo celebramos con un buen brunch y después los
cuatros regresamos a nuestros respectivos trabajos. Nada que ver con las bodas
de aquí. Se habrían escandalizado y sentido traicionados.
Reconozco
que soy cobarde, no me atreví a presentársela a mis padres, pues temía que si maa no la consideraba apta para ser mi
esposa dudo que yo fuera capaz de contrariarla. Las cosas tienen que cambiar,
aunque siento que baba no esté, hoy conocerán a Sophi.
Estaba desayunando sentada en el salón, frente a la
ventana. Cuando termine mi tostada de aguacate y con la taza de té humeando
entre más manos, de pronto, me fije en una mujer que tendía la ropa en la
azotea de la casa de enfrente. En aire movía las sábanas, las toallas, un
colorido mantel…
Por un momento volví a ser una niña, a darle a mi
madre las pinzas cada vez que cogía una prenda y la colgaba bien estirada en la
cuerda, mientras correteaba a a su alrededor. Noté el sol en la cara, el aire
alborotando mi melena y el aroma de la ropa limpia. Sentí de nuevo la alegría
de los días que huelen a felicidad.
PRIMERA CONSULTA
Seguí
como si aquello no hubiera ocurrido, y no volví a ser la misma viviendo sin
retrovisor.
Andábamos
sin buscarnos, sabiendo que andábamos para encontrarnos, esto debió ser
así desde el principio. Está claro que el universo nos guía hacia determinadas
experiencia y de un modo u otro, los pasos que vamos dando en nuestro camino
nos acercan a ese destino.
Tu
nombre en mi agenda no me dijo nada, ni siquiera sabía cómo te llamabas, dónde
vivías o a qué te dedicabas.
Silvia,
la recepcionista te hizo pasar.
Cuando
apareciste en mi consulta, nuestras miradas se cruzaron, contuve la respiración
y el corazón se me detuvo por unos instantes para latir desbocado desde el minuto siguiente.
Supe
que eras tú nada más verte. Fue como volver a tener frente a mí a tu padre. Tendrías la misma edad que él cuando le vi por última vez. Al estirar el brazo para estrechar mi mano no
tuve ninguna duda. Vi esa mancha de nacimiento en forma de gota, donde se unen
el pulgar y el índice; era como si una de las muchas lágrimas vertidas cuando
te pusieron en mis brazos, se hubiera quedado dibujada en tu piel, igual que yo
la tenía en la mía.
Apenas
podía contener la emoción. Una oleada de ternura me rodeaba, sentía debilidad
en las piernas y no era capaz de articular palabra. Creo que retuve tu mano
durante más tiempo de lo normal, mientras me mirabas con una tristeza infinita.
Debiste notar mi turbación.
Con
un gesto te indiqué el diván y mientras te acomodabas tomé el bloc de notas. Me
senté frente a ti, intentando aparentar un control que había perdido hacía
rato.
Fui
recobrando el dominio de la situación, haciéndote las preguntas rutinarias. Era
muy buena en mi profesión y una experta en reprimir emociones. Te miraba
mientras me contabas tu vida a grandes rasgos, tus inquietudes, los problemas de relación y con tus padres.
Yo
escuchaba en silencio, asintiendo de vez en cuando, invitándote a continuar. Te
serví agua y bebí yo.
Casi
no apunté nada y me sobresalte cuando sonó la alarma indicando que la visita había
finalizado. Te levantaste. Pregunté si tenías prisa. Dijiste que no. Te pedí que me disculparas un momento.
Como
una autómata salí a la puerta y le dije a Silvia que podía marcharse, que
cerraba yo.
Tú estabas de pie, frente al escritorio y te invité a que
te sentaras en mi silla, entonces fui yo la se tumbó en el diván y comenzó a
hablar.
CAMBIO DE ETAPA
Han sido muchos los años que de un modo u otro he estado vinculada al Centro de Terapias Quidea.
Mi relación comenzó como cliente, cuando Virginia y Javi trabajaban en un pequeño local ubicado en la misma calle que el actual. Muestra relación se estrechó y nos hicimos amigos, y así hemos seguido. Después comencé a colaborar con ellos, dando cursos de reiki, y participando en los talleres y seminarios que allí se organizaban, ampliando mi formación como terapeuta.
Mucho ha llovido desde entonces, han sido tantas las personas que han pasado por allí, como compañeros, amigos, colaboradores, clientes, etc. que de un modo u otro han dejado su huella y un recuerdo en mí, compartiendo terapias, clases, risas, meditaciones, charlas… Me siento muy agradecida por todo lo aprendido.
Sé que me quería, se preocupaba por mi, era complaciente. Discutíamos poco, yo no soy de esas a las que les gusta el drama ni se emperran en tener razón, al contrario, huyo del conflicto. Estoy segura de que nunca me engañó con otra ni siquiera en pensamiento, también yo soy fiel.
Siempre he sido una mujer leal y muy honesta. No puedo seguir traicionándome a mi misma. Ya no le quiero, es doloroso, ha sido una decisión muy difícil. Sé que perderé muchas cosas, no quiero nada, solo marcharme.
TUNEL DE LAVADO
Mientras conducía
hacia la gasolinera pensé que me vendría bien descansar la mente durante unos minutos,
hay días en los que es especialmente duro escuchar los problemas, obsesiones o
neurosis de mis pacientes. Me gustaba sentirme protegida en el asiento del
conductor, rodeada por el ruido blanco del agua a presión, el jabón, los
cepillos o el aire de secado y las bayetas que hacían su trabajo. Estaba el mismo señor de siempre que indicaba
como colocar las ruedas en la posición adecuada y acercar mi móvil al lector para
efectuar el pago del servicio.
Tuve la sensación de
que la limpieza duraba más de lo habitual. Al ver aparecer la luz verde, metí
primera y abandoné el túnel. Me di
cuenta entonces que no había salido por el lugar habitual. Estaba frente a un
parque, y no veía por ningún sitio el edificio de apartamentos que había en esa
calle, claro que tal vez no era la misma calle. Me resultó muy extraño. Las
flechas indicaban dirección obligatoria, así que me limité a seguir las señales
de tráfico, sintiéndome cada vez más confusa y desorientada. Aquella zona no me sonaba de nada. Conducía
como una autómata. Al ver un sitio quise pararme para mirar en el navegador
donde me encontraba. No pude, el coche siguió andando. No me dejaba maniobrar;
tampoco conseguía separar las manos del volante. Me puse muy nerviosa. Notaba
el corazón latiéndome muy rápido y las pulsaciones en el cuello y las sienes,
respiraba agitadamente y estaba empapada en sudor. Era todo muy extraño y
desconcertante.
El coche funcionaba
solo, como si fuera en piloto automático; yo no podía cambiar de dirección o
elegir mi propia ruta. Aquello era una paranoia. Pensé que como estaba agotada
lo mismo me había dormido en el túnel de lavado y todo era un mal sueño del que
no conseguía despertarme. A veces pasa, te das cuenta de que estás inmersa en
una pesadilla y eres incapaz de salir de ella. Es solo un mal sueño, me repetía
como un mantra: tranquila Esther, esto es solo un mal sueño, pronto despertarás
y habrá acabado. Pero aquello no terminaba. Circulaba por calles solitarias que
parecían de una ciudad fantasma. Tenía miedo, aunque no sabía de qué.
Inesperadamente el
volante giró a la izquierda y para mi sorpresa aparecimos en mi calle. Un poco
más adelante, a la derecha estaba la entrada del garaje de mi casa. Noté que
volvía a ser dueña de los mandos. Frené para entrar despacio en la rampa, hice
las mismas maniobras de siempre para aparcar en mí plaza, al lado del coche de
mi marido. Aún estaba bastante alterada. Apagué el motor. Apresuradamente me
quité el cinturón, cogí mi bolso y abrí la puerta. Quería alejarme, llegar a
casa. Al cerrar el coche me llamó la atención ver que los cristales y la
carrocería estaban igual de sucios que esa mañana. Me quedé perpleja/anonadada/impactada.
Corrí hasta el
ascensor. Me temblaban las manos y no atinaba bien a meter la llave en la
cerradura. Al entrar, mi hijo vino corriendo a recibirme y le abracé como si no
le hubiera visto en semanas. Miguel debió notar mi azoramiento: ¿Esther, estás
bien? ¡Qué pronto has llegado, acabamos de volver del partido! Mami, he metido
un gol –dijo entusiasmado Darío-. Le felicité y nos abrazamos de nuevo.
-
Cariño, si quieres, date un baño mientras preparo la cena y
luego me cuentas.
Mientras se llenaba la
bañera cogí mi cuaderno y empecé a escribir lo ocurrido, es una deformación
profesional, suelo anotar lo que me preocupa, los problemas que surgen o lo que
de alguna manera me altera, como hago en la consulta con mis pacientes.
Aquello resultaba
totalmente absurdo, una alucinación.
No puedo precisar el
tiempo que pasé en la bañera. Sé que Darío entró a darme un beso de buenas
noches y cuando se acostó, Miguel vino a ver cómo me encontraba. Yo me sentía
mucho más tranquila, aunque todavía notaba esa sensación de que ha pasado algo,
como un runrún en el pecho, no supe qué contarle porque no recordaba lo
ocurrido.
Eso sí, le pedí que al
día siguiente me cambiara el coche y dejara el mío en el taller al lado de su
oficina para que lo revisaran y limpiaran a fondo. Creo que algo no va bien en
el motor.
REAJUSTES
Los reajustes de la empresa tenían en vilo a toda la plantilla, daba igual el departamento y el cargo. Sabíamos que las cosas no iban bien y los despidos eran un goteo mensual, una especie de rifa para la que todos llevábamos boletos sin comprarlos.
La noticia de que íbamos a ser absorbidos por
una multinacional muy poderosa no sé si
nos causó más preocupación que alivio.
Ordenaron al departamento de recursos humanos
que entrevistara a todos y cada uno de los empleados acogidos a la subrogación
laboral, supongo que para valora los trabajadores que les interesaba mantener y
aquellos de los que debían prescindir.
Estábamos nerviosos, expectantes ante el
momento en que seríamos recibidos por la Jefa de personal, una mujer de aspecto
anodino, siempre con trajes oscuros, zapatos planos carísimos y blusas
preciosas según las compañeras más entendidas en moda, ella tenía nuestro
futuro en sus manos.
Salí muy contento de la entrevista, me
pareció una señora muy agradable que hasta tenía humor, por algunos comentarios
jocosos que hizo para darme confianza o tranquilizarme, no sé bien. Claro que
otros también habían salido con buena impresión del encuentro y un mes después
recibían la carta de despido, finiquito e indemnización, al menos en eso
podíamos estar tranquilos, no tendríamos que pleitear para conseguir lo que nos
correspondía.
Pasado un mes llegó la notificación, como era
de esperar. Fue algo inesperado saber que no solo querían seguir contando
conmigo, sino que me incluían en el nuevo organigrama con un puesto de mayor
responsabilidad, ¡un ascenso! Acompañado del correspondiente incremento
salarial.
Sí, como decía mi mujer, definitivamente era
un tipo con suerte, aunque siempre lo decía por estar casado con ella.
EN BUENA COMPAÑÍA
Recordé que cuando vivía mamá siempre recibía
una felicitación navideña de la tal María Marta y ella le mandaba otra, pero aparte
de eso, desconocía todo lo relativo a su vida.
La sorpresa fue mayúscula y la expectativa de
hacer un viaje a otro país se me hacía un mundo. Entre que siempre he sido tan
aventurera como un mejillón, pegadita a mi roca y mis posibilidades económicas no me han permitido
llegar tan lejos, tener que hacerlo sola no me apetecía mucho, pues a ver a
cual de mis amigas convencía para acompañarme. Claro que también una
oportunidad así no se presenta dos veces.
Mi amiga Laura, agente de viajes, me busco un
hotel pequeño y céntrico en Buenos Aires y me acompañó al aeropuerto. Nos
despedimos como si me fuera para siempre, tampoco sabía lo que me esperaba al
otro lado del océano.
Aquella ciudad me cautivó desde el principio.
El bufete del abogado estaba muy cerca del mi
hotelito. Firme todos los papeles, y me explicó detalladamente en qué consistía
la herencia. Recibí una buena cantidad de dinero, que al ser en pesos parecía
una verdadera fortuna y me entregó las llaves para que tomara posesión de la
vivienda inmediatamente. Era un departamento muy coqueto en un buen barrio, me aclaro que con el piso y todos sus bienes y
enseres, el legado incluía dos gatos Luzmila y Ranses, y un loro que se llamaba
Remigio, que al parecer era el nombre de un novio que tuvo la difunta, como me
explicó el vecino que se encargó de los animales de María Marta hasta mi
llegada, por deseo expreso de la finada.
De eso hace ya dos años y aquí sigo,
perfectamente integrada en la vida bonaerense. Mi vecino, Matías, es encantador
y aunque siempre pensé que lo mío eran perros, estoy bien acompañada con mis
preciosos mininos y con Remigio, que todos los días, en cuanto me levanto y
quito el trapo que cubre su jaula me dice: “!Que linda sos¡”, y yo me siento la
mujer más afortunada del mundo.
EN MALA
EDAD.
Como decía mi amiga Alicia, “estamos en muy
mala edad y tenemos que cuidarnos”, era la frase que le servía de excusa, para
hacer lo que le apetecía y darse caprichos. Pensaba que tenía razón al comenzar a sentirme
mal. Pre-menopausia, argumentó, cuando le conté que me notaba muy hinchada, que
pese a tener desde cría los ciclos regulares pasaban meses sin menstruar y
cuando creía que ya podía despedirme del engorro de los manchados a destiempo,
volvía a aparecer la dichosa regla.
Mi preocupación creció con la pérdida de peso,
hacía tiempo que tiré la toalla con dietas infructuosas para adelgazar. Entre
eso, los mareos, el cansancio y una sensación de que nada me sentaba bien, me rendí
a la insistencia de mi marido y pedí hora en el médico. Según la doctora aquellos
síntomas no se justificaban con el cambio hormonal sumado al estrés del
trabajo, que lo arrastraba desde siempre.
A ver si voy a tener la mierda esa del sibo,
que está tan de moda últimamente o algo peor, que tres de mis amigas habían pasado
por el quirófano y la quimio, por no hablar de la pobre Mercedes, que ya ni lo
cuenta. Estos y otros pensamientos horribles y otros peores llenaban mi mente
en cuanto me despistaba.
La médico de familia me recomendó ir a un
internista, que primero me tranquilizó,
aunque reconoció que estaba en una edad complicada para las mujeres y me
pidió una analítica muy completa, otra serie de pruebas como ecografías de
tiroídes y abdominales.
Seguí con síntomas y aquel agotamiento, a lo
que se sumó el insomnio por la creciente preocupación.
- ¿Ha venido usted sola? –Me preguntó en la
consulta al ir a recoger los resultados.
- No, mi marido está fuera.
Cada vez estaba más nerviosa; me temblaban
hasta las piernas del miedo al diagnóstico, estaba lívida, pues el doctor al
notarlo me tranquilizó.
- No se preocupe, ya tengo un diagnóstico. Está
usted embarazada.
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