Graziela

 


          Me afanaba con la espátula para levantar las capas de pintura de la vieja cómoda de la abuela. El mueble mostraba golpes y estaba deteriorada por años de uso; llevaba en la casa desde antes de que yo naciera. El decapante olía muy fuerte y me empezaba a afectar. El verde carruaje salió rápido, pero detrás apareció un burdeos que recordé al instante, y bajo este aún quedaba un beige pajizos de lo más insulso. Llevaba horas dedicada a la ardua labor para dejar aquel mueble como debió ser al principio. Mi abuela era muy aficionada a la brocha y quería ver lo que se escondía tras tanto colorido. Total, siempre estaba a tiempo de volver a decorarla a mi gusto

         Ojala pudiera hacer lo mismo con mi vida, pensé de pronto. Imaginar que existía un producto, con mucho disolvente, como este, capaz de ir quitándome las capas que poco a poco me habían ido cubriendo, tapando mis detalles e imperfecciones, ocultando desconchones y golpes que la vida me había ido asestando a lo largo de los años. Era una opción que consideré nada desdeñable. ¿Y si con unas aplicaciones y bastante trabajo de espátula consiguiéramos volver a ser los de antes?   

         Tras los restos de colores empezó a aparecer la madera, tenía un bonito color avellana y con unas manos de lija, un tapa-poros y barniz quedaría como nueva.

          Desgraciadamente conmigo no pasaría lo mismo, pues saldrían los complejos, la timidez, las inseguridades, los miedos y la inexperiencia, así que mejor no decaparme, ya había cambiando muchas pieles, como las serpientes, y desechado las distintas caretas que había utilizado a lo largo de mi vida. Perdería mucho con la supuesta reparación. Mi trabajo estaba hecho.  

           Al terminar, la cómoda lucia preciosa, como recién comprada, aunque conservaba el valor de lo antiguo, y el olor a las mantelerías y toallas de hilo con las bolsitas de lavanda y a las cajas de polvorones que mi abuela guardaba en el último cajón. Los recuerdos permanecían intactos.