Graziela

MANZANAS

Silvio llegó a España de la mano de una mujer que conoció en La Habana, como un souvenir. Todo en Madrid le impresionó. La primera vez que entró en el mercado no podía cerrar la boca de asombro, le emocionó ver tanta variedad de manzanas, brillantes y perfectas; las peras, melocotones; pavos, perdices, conejos, codornices, todo estaba colocado de exposición, como para una foto y se podía elegir y comprarse sin problemas. Él se encargaba de preparar la comida y pronto se acostumbró a vivir en la abundancia, a saborear cada día su fruta favorita y la mejor comida.
Mariana era fácil de complacer, le gustaba, y había tantas mujeres hermosas que la mirada se le escapaba siguiendo andares sinuosos, melenas doradas, o aromas dulzones.
Añoraba sobre todo la alegría y la música de su país. Enseño a bailar a Mariana y frecuentaban discotecas y clubs; lo que más le gustaba era la música en vivo. Poco a poco la vida nocturna en la capital le atrapó, como una gran araña, enredándole entre sus  hilo. Como su mujer tenía que madrugar no podían salir todas las noches y viendo que él languidecía en casa entre semana, sentado frente al televisor tomando un ron detrás de otro, soltó la mano con la que fuertemente te agarraba por miedo a que volara solo o encontrara otro nido en donde instalarse.
Silvio buscaba una oportunidad para tocar el piano y la cogió en el aire en cuanto apareció. Se le veía feliz. El problema surgió cuando le ofrecieron salir de gira. Ella se negó rotundamente, discutieron y finalmente él se marchó.
De nuevo la soledad llenó cada rincón de la casa de Mariana y durante meses no supo nada de él. Un día regreso para quedarse, aunque no fue por mucho tiempo.
Ya ninguno hace preguntas, se limitan a disfrutar cuando están juntos y ella le evoca al ver las manzanas que tanto le gustan marchitándose en el frutero.
  

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