Graziela


CON OTRA MIRADA
Notaba la presión de su pequeña mano cuando entrábamos en el subterráneo y recorríamos el largo pasillo de tonos marinos que nos conducía a las taquillas.
Todo le sorprendía abriendo mucho sus grandes ojos castaños; una maquina en la que metes dinero y te sale un papelito; otra que se lo come y lo escupe por otro sitio para dejarte pasar.
Bajamos las escaleras despacio mientras va escudriñando con mirada atenta los carteles, los anuncios, las paredes. Se siente inmediatamente atraído por el gran espacio que separaba un andén del otro y mira con precaución la negrura absoluta del túnel, que como enormes bocas se abren a cada extremo.
– Esto son las vías del tren -le explico indicándole los brillantes raíles pateados- Son cuatro, dos para cada tren. Verás que largos son, tienen tantos vagones que llegan de un lado al otro.
– ¿Y cuando viene?
– Pues el rótulo luminoso ¿Lo ves? Dice que en dos minuto. Así que ya pronto.
– Escucha, oye. Mira. ¿Ves las luces?
– Si, es nuestro tren que se va acercando. Esas son las luces de los faros ¿Tienes miedo?
El mueve la cabeza hacia los lados, sin hablar, pero un sobresalto le recorre entero cuando el coche entra rápido en la estación, haciendo un ruido tremendo. Estaba extasiado. Se fija en todo, las puertas que se abren, la gente que sale y entra. Otro susto. Intentó tranquilizarle.
– Es el pitido que avisa de que van a cerrarse las puertas para ponerse en marcha
– ¡Que suerte! Hay dos asientos libres ¿Nos sentamos?
Está viviendo una experiencia única y no quiere perder detalle. Su mirada inquieta, atenta recorre todo el tren sin dejar de observar la oscuridad del túnel, como si quisiera ver algo en ella. Asiente con la cabeza a mis comentarios y explicaciones.
Seguimos nuestro trayecto mientras su oído infantil se va acostumbrando poco a poco a los ruidos propios del metro hasta conseguir no dar un respingo con cada sonido. El pitido que anuncia la salida, el ruido estridente al entrar en la estación, el chirrido de las ruedas al frenar, el cruce entre dos trenes dentro del túnel viendo como las ventanilla de los otros vagones entremezclan luz y sombra, en décimas de segundos, sin permitirle ver nada.
Cada nueva estación es la entrada en un mundo desconocido; los alegres colores llaman mucho su atención. Esta amarilla, ahora una roja. Azul.
“Metro de Madrid informa...” la enlatada voz femenina, inesperada que le coge por sorpresa nada más bajar del tren, anunciando un retraso en otra línea, consigue asustarle de pronto, sacándole de su abstracción.
– ¿Dónde está la señora? ¿Qué quiere?
– No se donde está, ella habla por un micrófono, como los cantantes y nosotros la escuchamos aquí por esos altavoces. Está avisando que en otra estación el tren tardará un poco. Vamos que ya tenemos que salir a la calle.
– No espera, mira. Se va –dice admirado.
Esperamos mientras el conductor le saluda con la mano sonriendo y vemos como uno tras otro todos los vagones son engullidos por la boca negra que parece ir tragándoselos hasta desparecer totalmente las dos pequeñas luces rojas.
– Me gustan las escaleras que andan solas
– Pues es una suerte porque vamos a subir muchas más.
Por fin llegamos a la calle. Los niños son increíbles, está encantado con su primer viaje en metro, una aventura, un descubrimiento del que ha disfrutado cada momento. Me gustaría que la mayoría de los usuarios habituales pudiéramos verlo con sus ojos inocentes, tal vez así tendríamos esa otra mirada.
– Mira un bus azul, otro rojo allí ¿Los cogemos?...
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3 Responses
  1. Anónimo Says:

    ¡ Que bonito! ¿Sería Iñaki el acompañante? me gustaría que sí. Besos Nico


  2. Cartas Says:

    Tiene razón Nico, un relato muy tierno y que describe de maravilla la mirada de la niñez. Lo de estrenar mundos, los adultos lo tenemos un poco anquilosado, historias como ésta ayudan a no olvidar del todo.Precioso


  3. CALISTOR Says:

    Encantador relato, se lee de un tiron, porque uno puede reconocerse perfectamente, aunque lejanos quedan esos recuerdos ya.