Graziela

 








UN MAL TRAGO

(BINOMIO MÁGICO)

ACEITUNA Y CEMENTERIO

            No me gustan los cementerios. Aunque en ellos se respira tranquilidad, también hay otro tipo de energías en el ambiente: tristeza, pena y sobre todo muerte. Todas esas tumbas, las esculturas, las lápidas labradas, las inscripciones, las flores. Por no hablar de los nichos, que son como estantería de ataúdes empotrados. Además, siempre que voy a un entierro me acuerdo de Daniel, el niño de Dorita, la vecina, que murió atragantado por una aceituna. Yo creo que me impresiono más porque conocía al crío desde que nació, le había visto crecer. Estaba tan contento dando saltos y la siguiente noticia era que había fallecido.

            Tragarse una aceituna y que se te quede atascada en la garganta debe ser una sensación horrorosa. Su madre en el tanatorio nos contaba lo ocurrido, la angustia que sintió, como si le quitaran un órgano de su propio cuerpo. En el cementerio aún fue peor. La mujer se desmayó. Querían llevarla al coche y ella se negaba, lloraba y daba alaridos. Estaba tan absorta en su dolor que a punto estuvo de caer en la fosa cuando colocaron el pequeño ataúd verde, el color preferido del niño. ¿De qué color sería la aceituna que le dejó en el camposanto? Supongo que no sería de ese tono lechuga, porque tener que pasar la eternidad metido en una caja del mismo color que la oliva que le llevó allí, es una broma de mal gusto.

            Durante un tiempo, dejé de comer aceitunas. Mis preferidas son las negras, como la suerte de Dorita y su hijo.  Ella no duró mucho más. Enfermó del hígado, su piel se torno cetrina, aceitunada y poco después tuvimos que volver a la sacramental y ahora descansa junto a su pequeño, bajo un precioso olivo; paradojas de la vida.

            No debió superar la culpa de pensar que fue ella misma la que le dio al niño la aceituna que lo mató, las había comido otras veces, repetía sin parar. En su casa no entró ni una oliva más. Hasta dejó de usar el aceite que se traían del pueblo, denso y verdusco. Tampoco volvieron a varear.

            A mí me encanta tomar el aperitivo y un buen vermut, con un luquete y una aceituna pinchada en un palillo; me hace feliz, aunque reconozco que desde aquello cada vez que me meto una en la boca soy muy consciente. Aunque la muerte te puede sorprender en cualquier lugar. A mí en el cementerio no me esperan, pienso seguir disfrutando de las olivas de camporeal, manzanilla, gordal, o las perlas negras con su pimentón y su cebollita, mis preferidas. Tanto placer seguro que es pecado, una vez muerta e incinerada me queda la tranquilidad de que no acabaré en una fosa y me da igual si eso me lleva al infierno.

            ¡Pobre Danielito! Bajo tierra por culpa de algo tan inofensivo como una aceituna.

Graziela

 

EL ARMARIO DEL PASILLO

             – Hola. Ya no aguantaba más sin veros. La niña ni me va a conocer después de tanto tiempo. Anda, dame un abrazo, que acabo de dar negativo.

            –Que exagerada eres. Sofi está acostumbrada a verte todas las semanas por video llamada. Pasa, que está en su cuarto jugando, ya es la hora de su baño. Te estaba esperando.

            –Sí, claro, como que es lo mismo verla con el móvil. ¿Dónde está mi niña? –voceo Silvia desde el recibidor– Por favor ¡Cuánto añoraba su aroma, estrecharla y comérmela a besos! ¿Cómo está de preciosa mi princesa? Y qué mayor... Y tú, ya te puedes relajar, mientras esté aquí me ocupare de ella, que para eso he venido. Además, que sepas, que no lo hago por ti.

            – Toda tuya, ella también estará encantada de disfrutar de tía ¿Verdad Sofi?

            –Tita, tita

            –¡Me la como, es que me la tengo que comer! Me quito el abrigo, y nos vamos a bañarte.

            – La capa de baño está en el armario del pasillo, coge la que quieras o una toalla. Su preferida es la de la mariquita.

            – Rosa, hay cosas que no cambian. Tienes el armario de ropa blanca igual de desastrado que siempre, como un dormitorio de monos. No sé cómo encuentras nada entre tanto desastre. Cuando se duerma la peque o mañana saco todo y te lo organizo, que falta le hace.

            –Silvia, tú y el orden. ¡Temblemos…! Ha llegado la reina de los armarios para organizarnos.

            Las dos rieron divertidas.

            Cuando la niña se acostó se hizo el silencio en la casa. Rosa seguía corrigiendo ejercicios, y preparado clases, antes de cenar.  Silvia, ya instalada, se dispuso a arreglar el armario de la ropa blanca, en vez de distraer a su hermana. Ya tendrían tiempo de hablar.

            Entre toallas, ropa de cama y mantelerías encontró marcos con fotos, metidos de cualquier manera. Recordaba algunas instantáneas de haberlas visto colocadas por la casa y se dio cuenta entonces de que no quedaba ni una imagen de su cuñado. Al parecer la separación no había sito todo lo amistosa que ella les había hecho creer.

            Algunas fotos no tenían cristal o estaba roto y eso la inquietó. No dejó de sorprenderse con lo que iba encontrando. También había algunos papeles doblados, primero encontró un sobre. Su hermana era desorganizada, pero no tanto como para guardar cartas entre los manteles. Se le pasó como una ráfaga el pensamiento de que podrían ser misivas de amor. Ni siquiera se planteó no ver lo que decían.

            Se llevó una mano a la boca para ahogar la sorpresa y notó el calor de las lágrimas resbalando por su cara. Sentada en el suelo leyó el resto de documentos que fue encontrando. Necesitaba serenarse antes de hablar con su hermana, así que sacó todo lo que quedaba en el armario y fue colocándolo en orden: toallas por juegos, manteles con sus servilletas, paños; sábanas, fundas de almohadones, etc. Esto le ayudó a organizar también sus ideas. Cuando el armario quedó como el expositor de una tienda se sintió satisfecha. Metió en una bolsa “los recuerdos” y se la llevó a la cocina. Mientras preparaba la cena terminó de tranquilizarse. Quería mostrarse entera.

            Rosa estaba muy animada, contenta de tenerla allí. Como cuando vivían solas en el piso de estudiantes, después de cenar, sacaron una tarrina de helado para comérsela a medias.

            – Bueno, ahora que estamos tranquilas ya puedes contármelo todo. Sin ahorrarme detalles. Sí, y no pongas esa cara de asombro. Sabes que conmigo nunca te ha servido lo de hacerte la boba. Te estoy hablando de la separación. Por lo visto la versión que tenemos mamá y yo es una bastante edulcorada. Y mucho me temo que poco tiene que ver con la realidad.

            – ¿Qué quieres saber? ¿Ahora me vas a someter a un tercer grado? Cuéntame tú lo de ese novio forrado que tienes. Esta noche no me apetece traer recuerdos desagradables.

            – Sí, yo te cuento lo que quieras. Aunque me interesa mucho más lo que he encontrado en el armario. Los marcos rotos con las fotos y los papeles. Partes médicos, denuncias por malos tratos, y la orden de alejamiento. Vamos Rosita, nos vendrá bien desahogarnos juntas. Ahora entiendo muchas cosas, tus evasivas, las excusas. Tenemos que ponernos al día. Ven aquí. Tranquila, llora lo que necesites. Yo estoy contigo.

Graziela

 


EN LOS CAJONES

             Abrí el primer cajón de la mesilla de noche, buscaba el termómetro, no me sentía muy bien y quería saber si tenía algo de fiebre. Sin mirar dentro, mis dedos no lo encontraron pegado al borde, donde siempre lo dejo. No pude evitar dedicarle un pensamiento poco cariñoso a mi marido, que nunca pone las cosas en su sitio. De mala gana abrí del todo el cajón. Me llamó la atención una pequeña caja, con su cinta, perfectamente cerrada y una tarjeta diminuta de Bienvenida atada a la misma, con el logo de Paradores, Carmona. Sevilla”. Sonreí y la desenvolví con mimo, como si fuera un regalo nuevo. Contenía el capullo seco de una rosa roja y un pedacito de algodón. Eran recuerdos de la luna de miel. Los campos se extendían a ambos lados de la carretera, como colchas de lunares blancos, nunca los había visto, me encantaron. Manuel detuvo el coche,  y me cogió una flor, de la que solo queda este trocito de algodón que cada vez está más deslucido.

            ¡Madre mía, treinta años! Me parece increíble, y que nos sigamos llevando bastante bien más increíble todavía, pues hemos compartido mucho en todo este tiempo y no siempre avanzando en la misma dirección. Es lo que tiene el amor... pensé.

            Volví a envolverlo y lo dejé en su sitio.

            Me llegó el olor del guiso, me levanté rápido y al ver el reloj me di cuenta de que aún tenía que terminar de hacer las albóndigas.

            Fui incapaz de encontrar mi pela-patatas (cada uno tenemos el nuestro) en el cajón de la cocina, que más que uno de sastre, es un desastre en sí mismo. Allí guardo los cubiertos de cocina, utensilios varios, y, en dos cajitas al fondo, las gomas de las hueveras y espárragos, los corchos, algún cordel, tapones, etc... Sin darme cuenta empecé a sacar cosas, las iba extendiendo en la encimera: espátulas, cucharas, tenedores, tijera, cuchillos pequeños, los de untar mantequilla, el aparato de quitar el corazón a las manzanas, También la cuchara de la miel, el funderelele, el pelador de tomates, y esa pala de madera diminuta, como las grandes que usaban en las tiendas de ultramarinos para coger la legumbre y ahora tienes en algunos para los frutos secos. Era de madera de olivo y perteneció a mi madre, que le encantaban las cosas pequeñas y como todas lo sabíamos mi hermana se la trajo de Mallorca, aunque no tuviera utilidad alguna, pues nunca la vi usarla. Me dio pena tirarla cuando mamá murió, desde entonces  habita en el cajón de mi cocina, sin utilizarla para nada, es un pequeño recuerdo que me acerca a su esencia.

            Bueno, ya que tenía todo fuera limpié el fondo, donde inevitablemente se van acumulando migas, polvo. Tiré algunas cosas y volví a guardar el resto. Puse la palita al final.

            Cuando escuché que se abría la puerta ya era tarde para preparar patatas o hacer arroz. .

            –Hola cariño. ¡Qué pronto has llegado hoy!

            – Como siempre. ¿Qué te pasa? Tienes mala cara.

            –Nada, No me encontraba muy bien esta mañana, creía que tenía fiebre… Aunque ya me siento mejor. Me he liado con tonterías, ordenando el cajón. Así que aún no he terminado de hacer la comida.

            –Pues si quieres podemos ir a comer al de la esquina, he visto que hoy tienen migas y huevos con jamón. Hace un día precioso y no había mucha gente en la terraza. Anda, ponte los zapatos y nos vamos.

           

 

Etiquetas: 0 comentarios | edit post
Graziela

 


ÁLBUM DE FAMILIA

            Al volver de la luna de miel quedé con el fotógrafo de la boda. Me había llamado un par de veces para que eligiéramos las fotos que queríamos para el álbum. Como eran tantísimas le dije que me dejara un tiempo para verlas con tranquilidad. A Jorge le parecía una labor tediosa, estuvimos una hora, solo vimos las cien primeras,  y la verdad, es que resultaba aburrido, porque muchas se parecían o eran casi iguales.

            Como mi madre y mi suegra me preguntaban con frecuencia qué pasaba con los álbumes de la boda, organicé una merienda para que me ayudaran con la selección. La idea les encantó.

            En algunas estábamos muy bien, había muchas otras en las que yo me veía fatal, y eso que aquel día estaba radiante, según todos.  Fuimos eligiendo aquellas en las que los dos salíamos favorecidos, las más naturales y luego las típicas: con los padrinos, con sus padres, con la familia, los amigos, los compañeros de trabajo…

            – Y esta niña tan rarita ¿Quién es? No recuerdo haberla visto. Y seguro que con el trajecito que lleva, no se me habría olvidado.

            Ni mi madre ni yo fuimos capaces de articular palabra.

            – ¿Qué os pasa? Me estáis asustando. Os habéis quedado blancas.

            – ¡Dios mío, hija, no puede ser!

            – ¿Por favor decidme que ocurre? ¡Me tenéis en ascuas!

            Viendo a mi madre con los ojos brillantes, tuve que tragar saliva para intentar que se deshiciera el nudo que tenía en la garganta y poder hablar.

            – Esa niña es mi prima Lourdes, el traje se lo hicieron para una función del colegio, y le encantaba. Cuando yo era pequeña siempre estábamos juntas.

            – No entiendo nada, ella todavía parece una cría.

            – Si tenía doce años. Aquel día al salir del colegio un conductor la arroyó y murió en el acto.     

Graziela

                                      
                                                    Fotografía de Tania Amador

                                                   CONTEMPLANDO EL RÍO

            Tengo que reconocer que aquellas mujeres me daban envidia. Yo llevaba a Theo, mi perro, a pasear por la zona; nos encantaba el paraje y allí estaban ellas. Cada tarde se reunían y charlaban.

            Me sentaba cerca del banco de las viudas, al que nunca podría unirme por no haberme casado,  pues ese era el punto en común de las cuatro señoras. Hablaban fuerte porque Marina, la más mayor, la del cabello plateado, no oía bien y se negaba a ponerse audífonos por pura coquetería. Así me enteré de que Julia, la que siempre llevaba gorrito por el lunar malo que le quitaron de la cara, tenía un hijo médico al que estaba loca por casar, pese a que nunca había tenido novia.

            Lupe, fue la última en llegar. Su marido falleció inesperadamente. Asistí en primera fila al duelo. Vi cómo sus amigas la colmaban de cariño, la consolaban. Habían pasado por trances similares, sabían lo que se sentía, si bien no todas lo hubieran llevado igual. Durante semanas estuvieron más calladas, con sus cuitas. Se cambiaban los sitio, al principio no lo entendía, hasta que me di cuenta de que era para coger la mano o abrazar a la afligida viuda.

            Después se fueron animando y Carmen, la más alegre, borró lágrimas y volvió a pintar sonrisas. Se avivó la charla trufada de cotilleos, y su gracia las hizo volver a reír con ganas, sin embargo, de vez en cuando la pena asomaba de nuevo en sus ojos.

            No todos los matrimonios habían sido idílicos. Esas mujeres también soportaron el sufrimiento y dolor en sus relaciones.

            Durante un tiempo no volví a sentarme cerca del banco de las viudas. No me atrevía a pasear por allí sin que Theo correteara a mi lado. También a ellas las echaba de menos, pensé que me costaría y al mismo tiempo me vendría bien visitar el lugar, esta vez sola.

            Llevaba la correa del perro en la mano, así le sentía cerca, conteniendo las lágrimas por estar allí sin él.

            – Buenos días –saludé al pasar.

        – Buenos días. ¿Dónde has dejado a Theo? –Me preguntó Julia, que siempre le llamaba para acariciarle.

            – Hace un mes que no está –dije y comencé a llorar de forma incontrolada. Ella se levanto y me abrazo.

            – Vamos, siéntate con nosotras, te vendrá bien, que de perdidas sabemos mucho. Y llora hija, llora, que eso alivia.

Graziela

 

Hoy arranco la última hoja del almanaque de un año que quedará grabado en nuestra memoria, unido a muchos recuerdos dolorosos, a situaciones impensables y a una realidad que se aproximó mucho a esas películas catastrofistas que nada me gustan. 

En el camino hemos ido perdiendo a familiares y amigos, unos como consecuencia del virus que ha marcado el 2020 y otros por que les tocaba marcharse, su tiempo aquí había expirado, aunque nos cueste entenderlo o asumirlo.

Algunas personas cercanas siguen sufriendo las consecuencias y secuelas de la enfermedad y quiero aprovechar para transmitirles mi apoyo y comprensión. 

Ojala fuera tan fácil estrenar año y hacer "borrón y cuenta nueva", solo con sustituir el calendario, pero mucho me temo que esto no funciona así, aunque la verdad es que me encantaría. 

Este año que hoy termina he aprendido muchas cosas y me he dado cuenta de que la capacidad de adaptación es importantísima, y que la mayoría somos mucho más fuertes de lo pensábamos antes de esto, aunque de un modo u otro nos sintamos afectados por lo ocurrido. Nadie ha salido indemne. 

De cualquier manera:

MIS MEJORES DESEOS PARA EL 2021.
ESPERO QUE SEA UN AÑO LLENO DE BUENOS PROPÓSITOS, EN EL QUE NOS REINVENTEMOS Y DEJEMOS SALIR UNA VERSIÓN MEJORADA DE NOSOTROS MISMOS. 
QUE ENTRE TODOS ELEVEMOS LA ENERGÍA POSITIVA 
PARA IR A MEJOR CADA DÍA. 
Y QUE CONSIGÁIS VER VUESTRAS METAS CUMPLIDAS.
Con todo mi cariño

Graziela

 

Este año no tengo la sensación de que las fiestas navideñas están muy cerca. Supongo que se debe a que no las estoy viviendo como otros años, pues van a ser muy diferentes, sin comidas, ajetreos de compras, sin tener que pensar en un menú ni ponernos de acuerdo para su preparación, sin buscar regalos. De nos ser por la iluminación de las calles y comercios nada huele a Navidad y como tampoco salgo de noche, no las he podido disfrutar. Y es que la situación actual impone mesura, medidas especiales y extremar las precauciones para evitar contagios, sin reuniones de amigos, con toda la familia o compañeros.

Estoy convencida de que cumplir escrupulosamente las normas, en esta ocasión salvara vidas y nos evitará problemas, así que celebraremos las fiesta en la intimidad, y además,  nadie podrá quejarse de los compromisos. De cualquier manera: 

OS DESEO UNAS FELICES FIESTAS, QUE LAS VIVÁMOS DE FORMA MÁS CONSCIENTES,  PROCURANDO MANTENER LA ALEGRÍA QUE SUPONE SABER QUE SOMOS AFORTUNADOS, ESTAMOS VIVOS Y SOBRE TODO, QUE ESTO, TAMBIÉN PASARÁ.


Graziela

 

Era una  fecha especial y he querido empezar el día y celebrarlo de forma diferente.  Un buen desayuno, con  chocolate a la española y crujientes porras. Primero poner mis sabanas preferidas y estrenar la colcha nueva, para pasar después a prepararla bañera.

Hace más de un año que no disfruto del mar, pues por las circunstancias que todos conocemos no hemos salido de vacaciones, y lo echo de menos, así que he intentado recrearlo. Con un agua bien caliente, que me encanta, aunque sé que no es muy sano y me baja la tensión, y un kilo de sal marina. De fondo, he buscado en el móvil el sonido del mar. Con el suave oleaje me ha parecido notar el aroma a mar,  he sentido el sabor  salado en la boca. Durante un buen rato he dejado que agua me limpiara por dentro y por fuera, que se liberara mi mente con la relajación, pasando de largo los pensamientos que últimamente me asaltan con frecuencia y la preocupación…

Al salir me sentía ligera y renovada, dispuesta a dar un paseo por el parque otoñal para airearme, aunque el día gris no invitaba a salir, en la calle hacía templanza y ha sido agradable.

Un día estupendo,  al alcance de cualquiera, solo hay que querer disfrutar.

 


Graziela

 



Como todos sabéis, no es momento para actos públicos ni eventos en los que se reúna mucha gente, por eso, en la Asociación Nacional de Artistas Carmen Holgueras, de la que formo parte hace años,  ante la imposibilidad de realizar las exposiciones que estaban programadas para este año, se decidió organizar una exposición virtual, y una compañera Paloma Martín Toral se ha encargado de la colocación y montaje. Gracias. 

Aquí tenéis mi aportación a "ENCONTRÁNDONOS" 

https://asociacioncarmenholgueras.blogspot.com/2020/11/graziela-ugarte.html


Graziela

LA PANDEMIA

             Hoy me levanté temprano, hablé con una amiga por teléfono y al terminar me metí en la cocina. Pensaba poner un caldo para hacer sopa, pero me he liado y, además, he preparado una crema de verduras, unos solomillos de pollo con anacardos y soja, arroz para acompañarlos; bechamel y unas berenjenas rellenas de bonito. También he aprovechado para hacer un picadillo y usarlo con espaguetis o como relleno de empanadillas. Mi marido venia a la cocina de vez en cuando para ver si estaba bien, y es que no me gusta cocinar y no lo hago nunca en domingo, solo en la sierra y si tengo invitados, aunque eso ahora es impensable. Cuando me he dado cuenta eran las tres de tarde. 

            He avisado a mis hermanas para decirles que si me vuelve a pasar, vengan a buscarme y me lleven a pasear al parque; una ha dicho que sin problemas, pero que traerá las tarteras para llevárselas llenas. La pequeña dice que no me preocupe, que ha sido simplemente una enajenación culinaria transitoria.        

            Más bien creo que puede tratarse de una reminiscencia de lo vivido durante la cuarentena, que el aumento de contagios ha revivido en mi mente.

            El confinamiento fue como recibir una bofetada que no esperas y te vuelve la cara del revés, bueno en este caso la cabeza o la vida entera. 

            Yo intentaba estar centrada. Disponía de tanto tiempo que aproveche para “estar más en mí”. Me levantaba temprano, meditaba y me vestía con ropa deportiva para seguir la clase de las nueve en TV, de un conocido entrenador personar. Mi marido, que me veía estirarme, saltar, hacer ejercicios y posturas antinaturales, mientras sudaba como un buen jamón a temperatura ambiente, decía: “chata, este tío va a acabar contigo”. Después de ducharme y desayunar me sentía genial, es más, al terminar el confinamiento estaba más delgada y con el cuerpo mejor moldeado, así que parece que el esfuerzo valió la pena.

            Además de las típicas limpiezas, arreglo de armarios y cajones y liquidar todos los zulos de la casa, mientras charlabas por teléfono, que algo tenía que hacer para distraerme y que fuera más llevadero, me dediqué a cuidarme. Baños de sal, cremas, lociones, mascarillas, hasta aproveché para tratarme la mala circulación de las piernas, que al estar en casa todo el día añoraban los largos paseos, y decidí utilizar ese aceite esencial tan bueno que me regalaron hace tiempo, y me afané en aplicármelo a diario. Parece que todo iba bien, hasta que me salió una erupción. No puedo precisar si el llenarme de granos desde la cintura a la punta del pie se debió al intenso tratamiento o a la tensión interna que me producía ver las noticias, las luchas y críticas políticas, escuchar el número de muertos diarios por la pandemia, cuyas cifras me parecían irreales, totalmente inasumibles. Era como estar inmersa en una película de esas futuristas, que me espantan, en las que todo es lúgubre y muestran un mundo desnaturalizado. Y es que ver instaladas morgues donde había centros comerciales o pistas de hielo y hospitales en lugares reservados para ferias, era más propio del cine que de la vida real.

            Meditaba más esos días. Las relajaciones me daban paz, aunque alguna vez me invadió el llanto, la ansiedad y notaba una fuerte presión en el pecho que me dificultaba la respiración.

            Creo que los que hemos sufrido una depresión la tememos, por eso hacía muchas cosas, actividades que me gustan y me reconfortan como pintar o escribir. Comencé a hacer mariposas de papel y las iba pegando en mi ventana, cada día hacía una. Nunca pensé que la cuarentena se prolongara tanto tiempo, me lo recordaba ver el cristal lleno de mariposas de todos los tamaños y colores, que cuando por fin pudimos empezar a ir a la sierra las colgué de la jaima, montando mi propio mariposario que me ha permitido este verano verlas moverse, mecidas por el viento, alegres, y a la vez como testigos mudos que me recordaban lo vivido durante meses.

            He sentido miedo y desesperanza que han calado en mi mente hasta hacerme sentir culpable, como si fuera una fugitiva, si en vez de ir al supermercado más cercano me alejaba un minuto más para comprar en el que el pescado es mejor. Y es que el tema de mantener la nevera cargada, por si no podía salir en muchos días, también era como una fijación, sin pasar por la obsesión del papel higiénico. El día de compra era dedicación exclusiva. Al volver los zapatos se quedaban en la puerta, la ropa a la lavadora, desinfectar producto por producto y ducha de agua hirviendo, pelo incluido, para después jugar al tetris y acoplarlo todo en un reducido espacio.

            También fui de las que hice pan. Aquello no merecía recibir ese nombre, más bien era una masa dura y pesada que habría servido de arma arrojadiza, aunque presentaba un aspecto de lo más apetecible.

            Los días no me cundían mucho, lo bueno es que al levantarme volvía a disponer de todas las horas, como si estuviera viviendo “el día de la marmota”, creo que a veces hasta oía la dichosa musiquita al mirar el reloj de la mesilla.

            Gran parte de mi tiempo se centraba en mandar energía e interesarme por las personas que lo estaban pasando realmente mal, que se sentían solas, estaban enfermas o eran víctimas del coronavirus. Ha sido muy duro. Y eso que soy de las afortunadas que no ha tenido casos graves en la familia, sí me ha tocado muy de cerca por las amigas. Además, contaba con la compañía y el apoyo de mi marido, aunque he procurado no estar todo el tiempo con él, para evitar fricciones, pues no siempre tenemos el mismo punto de vista. Por eso quedábamos por la tarde, a las siete, en la cocina, para merendar. Y a veces venía a la habitación en la que yo estaba a buscarme, porque llevaba cinco  minutos esperándome.

            Ahora me alarma ver que crecen los contagios, y me parece impensable recordar los días en que una buena noticia era saber que los fallecimientos bajaban de quinientas personas en un día ¡Qué horror!

            Desgraciadamente a todo nos acostumbramos; parece mentira que a algunas personas ya se les haya olvidado lo pasado y no piensen que la amenaza persiste. ¡Una lástima!

            Como todos, me he perdido muchas cosas en todo este tiempo: ver crecer a las niñas, abrazar a las personas que lo necesitaban o al menos estar a su lado, jugar con los más pequeños, la floración de los bulbos y los lilos, los gatitos nuevos, charlar con mis clientas, los cafés con las amigas, las comidas familiares, las reuniones, las fiestas, las vacaciones, el mar, el primer diente de mi ahijada, el consuelo mutuo, no poder visitar a las personas que quiero, las tertulias, las clases… La pandemia también pasara y en primavera todo volverá a brotar.

            Y entre todo esto, aún tengo que rebozar unas setas antes de que se estropeen y hacer unos calamares en su tinta.

 


           

Graziela

 


 NADA ES PERFECTO

Tanta felicidad a veces me daba miedo. Mi mujer y yo supimos crear nuestro propio paraíso, ciegos de amor. No vimos ninguna marca o señal de lo que estaba por venir, no había luces rojas que avisaran de un peligro, todo iba bien y parecía perfecto.
El tiempo se detuvo, con mi temblor ante las palabras del doctor. Nos dejó helados, no se trataba de un espejismo
Me siento inmensamente afortunado porque ellos están a mi lado; mis mellizos son mi mayor bendición. Ahora somos tres, como siempre soñamos ella y yo, sin embargo, no puedo dejar de ver a su madre en los ojos de Lucía, ni en la sonrisa de Samuel. Y me duele el alma al pensar que para que ellos estén hoy conmigo ella tuvo que dejarnos.
 

Graziela

 





LA MUJER DE LA OTRA ESCALERA


            Yo tuve la culpa. Algo raro ocurría en aquella casa. Las agradables palabras de la vecina, cuando nos cruzábamos, mis encuentros en el mercado con su marido, que decía buscar algo para sorprenderla: “melocotones que le encantan, unos girasoles”. Alguien tan obsequioso no parecía capaz de cometer una infamia al llegar a casa. 

            No parecían tan sentimentales y amorosas las broncas, portazos o insultos, que los oía por el patio.

            La policía llamó a mi puerta. Encontraron muerta a la vecina de la otra escalera. Con temblor de piernas les conté lo que sabía. Ella nunca tenía marcas de golpes.

            No creía que un hombre tan atento fuera capaz de cometer el crimen, pero le detuvieron.

            Un señor visiblemente afectado colocó un tulipán rojo sobre el ataúd.  Le recordé, siempre con la maleta. Es el marido, me dijo la cotilla del bajo.  ¿Su marido?


(Micro del juego del verano Sol-Mar 2020)

Graziela

 


CRIMEN SIN RESOLVER

            Hace tiempo que estoy en la estantería de libros que nadie mira.  Fue una mujer la última en sostenerme entre sus manos.  Sentí  el  temblor de los dedos helados  en mi cubierta roja.  Me hojeaba  muy rápido. Se detuvo, puso  una marca con palabras escritas en un papel que me resulta ajeno, muy molesto, y me dejó en mi sitio.

            Soy optimista y pensé que volvería para saber qué pasa con mis tres personajes y como mataron al  pianista ciego. 

            Ella no ha vuelto y nadie más me ha tocado hasta hoy.  Unas manos enormes me llevaron directamente a caja, sin ojearme.

            Dentro de una bolsa me sentí en el paraíso. Duró poco mi alegría, me revisó hasta que encontró el papel, después me abandonó en un banco.  

            Seguro que aquí alguien descubre el asesino que llevó a cabo un crimen casi perfecto. No pierdo la esperanza.


Graziela

 


 LA HORA DE LOS MURCIÉLAGOS

             Cuando se empieza a esconder el sol, cuando los pájaros vuelven a sus árboles para dormir, con gran algarabía, aunque no canten de alegría sino de miedo porque llega la noche, cuando todo es sombra, es la hora de los murciélagos.

            Aparece primero uno, volando en círculo, batiendo con rapidez sus alas, mostrando su silueta que se recorta en negro. Después viene otro y  se elevan y bajan de forma inesperada,  entrecruzándose. Su vuelo es como ver las ondas que se  crea en el agua al arrojar una piedra, concentricas, de pequeñas a grandes y luego, otros se suman a la extraña danza.

            Me parecía que esa era la hora más triste del día. Es realmente cuando muere la luz, sin embargo, contemplar el baile de los murciélagos, como un ritual diario, que surgen precisamente para alimentarse de de los mosquitos que pululan por el aire buscando sangre dulce, la ha convertido en un momento agradable que a medida que avanza el verano se va adelantando en el reloj.  

            Es curioso, como cambian las cosas según la forma de percibirlas. Por eso me ha parecido un buen título para la mi próxima novela, aunque todavía no puedo precisar mucho sobre sus personajes o la trama, pero estoy segura de que una tarde de estas, mientras disfruto del vuelo alocado e irregular de los murciélagos empezaran a tomar forma y cobraran vida.

Graziela

 


          Me afanaba con la espátula para levantar las capas de pintura de la vieja cómoda de la abuela. El mueble mostraba golpes y estaba deteriorada por años de uso; llevaba en la casa desde antes de que yo naciera. El decapante olía muy fuerte y me empezaba a afectar. El verde carruaje salió rápido, pero detrás apareció un burdeos que recordé al instante, y bajo este aún quedaba un beige pajizos de lo más insulso. Llevaba horas dedicada a la ardua labor para dejar aquel mueble como debió ser al principio. Mi abuela era muy aficionada a la brocha y quería ver lo que se escondía tras tanto colorido. Total, siempre estaba a tiempo de volver a decorarla a mi gusto

         Ojala pudiera hacer lo mismo con mi vida, pensé de pronto. Imaginar que existía un producto, con mucho disolvente, como este, capaz de ir quitándome las capas que poco a poco me habían ido cubriendo, tapando mis detalles e imperfecciones, ocultando desconchones y golpes que la vida me había ido asestando a lo largo de los años. Era una opción que consideré nada desdeñable. ¿Y si con unas aplicaciones y bastante trabajo de espátula consiguiéramos volver a ser los de antes?   

         Tras los restos de colores empezó a aparecer la madera, tenía un bonito color avellana y con unas manos de lija, un tapa-poros y barniz quedaría como nueva.

          Desgraciadamente conmigo no pasaría lo mismo, pues saldrían los complejos, la timidez, las inseguridades, los miedos y la inexperiencia, así que mejor no decaparme, ya había cambiando muchas pieles, como las serpientes, y desechado las distintas caretas que había utilizado a lo largo de mi vida. Perdería mucho con la supuesta reparación. Mi trabajo estaba hecho.  

           Al terminar, la cómoda lucia preciosa, como recién comprada, aunque conservaba el valor de lo antiguo, y el olor a las mantelerías y toallas de hilo con las bolsitas de lavanda y a las cajas de polvorones que mi abuela guardaba en el último cajón. Los recuerdos permanecían intactos.

Graziela


MARIBEL

             Las suegras no tienen buena fama aunque yo he tenido suerte, como en muchas otras cosas en la vida.

            Cuando conocí a Maribel me impresionó por su marcada personalidad y su fuerte carácter, sin embargo, desde el  principio nos entendimos bien.

            Compartíamos aficiones: pasear, leer, los concursos culturales... y como las dos sabíamos lo que le gustaba a la otra no nos costaba complacernos mutuamente. Ella, me acompañaba al parquecillo cuando salían las primeras violetas y visitábamos el jardín de los frailes para ver las camelias, que nos encantaban.  Yo le guardaba los libros que me habían parecido más interesantes o que mis hermanas me dejaban para que los leyera en esos días de vacaciones que pasaba con nosotros en la Finquilla, en los que además, hacía todos los crucigramas y pasatiempos que había, sin dejar de fumar, mientras me animaba a sentarme con ella un rato, porque decía que estaba cansada de verme trabajar, que la agotaba. Compartíamos aperitivos a la hora del vermú, tomábamos zumos de pomelo rojo recién exprimido y por la tarde jugábamos a las cartas, que eran su pasión.

            Cuarenta años de relación dan para mucho, compartimos confesiones, penas, reímos y viajamos juntas. Ella quería ir a Santiago de Compostela para ganar el jubileo y como no era caprichosa y no queríamos que se quedara con las ganas, finalmente mi marido decidió regalarle el viaje y que nos fuéramos con ella, la sorpresa es que solo saco pasajes y alojamiento para nosotras dos. Fue un viaje inolvidable para ambas. En pocos días recorrimos la Costa de la Morte,  conocimos la parte antigua de la ciudad y la más moderna, paseamos por las calles de Santiago y sobre todo visitamos la Catedral, por la que atravesábamos cada vez que íbamos a algún sitio, así que seguro que ella gano el jubileo. Volvimos encantadas,  aunque casi perdemos el vuelo porque ella, que era muy suya y muy navarra, dijo que no estaba dispuesta a correr para coger un avión (eso “no me divierte nada”, era una frase que aplicaba a cualquier situación), que ella me esperaba tranquilamente fumándose un pitillo, mientras yo iba al hotel a por los equipajes y cogía un taxi, y si no volvíamos ese, día allí no nos íbamos a quedar, dijo. Lo pasamos genial aquellos días y las noches de charla, pues no nos dormíamos hasta la madrugada hablando, me permitieron conocer profundamente su historia y la de su familia y esto me ayudo a entenderla mejor.

            Era una mujer fuerte que no se permitía nunca bajar la guardia ni mostrar debilidad. Hacía de la sinceridad un estandarte y no tenía filtro. Era afectuosa, pero reacia a  las muestras de cariño, por eso, un día que me cogió del brazo y me lo apretó para despedirse, además de los dos consabido besos que le daba refilón, le dije a Jesús: tu madre se está haciendo mayor, y es que las niñas y los chicos, sus nietos que ya eran mayores, consiguieron hacer que perdiera el miedo a sentirse vulnerable, aunque todavía le quedaba mucho para  reconocer que ya no era el tronco que sujeta las ramas.

            Ella me ayudaba y me apoyaba, aplaudiendo mis logros, grandes o pequeños, dándoles importancia. Me animó a montar mi primera exposición de pintura, lo que siempre le agradeceré. Y es que aunque no lo demostráramos con besos y abrazos nos teníamos mucho afecto y nos queríamos.

            Era una mujer única, divertida, animada, de risa fácil y de amena charla, a la que admiraba por su fortaleza y decisión. He lamentado profundamente su perdida, llenando el  vacío que me deja con sus mejores recuerdo. Por eso seguiré comprando los primeros higos de la temporada, porque a ella le encantaban; degustando el dulzor de los dátiles, y compartiendo los zumos de pomelo y los melocotones más deliciosos,  o pensando… este libro o aquel cuadro le habrían encantado a Maribel, mi suegra, cuya mejor versión seguirá viva en mi memoria, con la media melena nívea, los labios de carmín y sus uñas rojas, y el inevitable cigarro entre sus dedos.