Graziela

 


TARDE DE LLUVIA

             El aguacero le sorprendió al salir del metro. Tenía un largo trecho hasta llegar a casa. Necesitaba resguardarse en algún sitio hasta que amainara si no quería empaparse y que el agua arruinara sus zapatos nuevos. Corrió hacia un portal y ella llegó al mismo tiempo. Tenía el pelo chorreando, pegado al rostro y las pestañas como si acaba de salir de la ducha.

            Se miraron y sonrieron. Cada vez parecía llover más fuerte. Hablaron del tiempo, de las lluvias constantes. Las luces se empezaron a reflejar en los charcos. Él se ofreció a invitarla a un café en el bar de enfrente para entrar en calor. Ella aceptó.

            Charlaron un rato apoyados en la barra. Cesó la lluvia. Él pagó y salieron.

            Ni siquiera se habían dicho su nombre, no intercambiaron sus teléfonos. Tras despedirse, cada uno siguió su camino seguros de que la lluvia volvería a juntarlos.

 

Graziela

 


COMPAÑERAS Y AMIGAS

Alexandra y yo nos conocimos el primer año de instituto. Nunca he tenido una amiga igual, éramos adolescentes y compartirlo todo nos hizo inseparables.

En realidad no sé qué nos pasó. Nos distanciamos cuando yo empecé a salir con Raúl. Después elegimos carreras diferentes, nuestros caminos se separaron y dejamos de vernos.

Por eso me sorprendió tanto recibir su llamada, no sé cómo me localizó. Su voz sonaba distinta a como la recordaba. Me proponía un encuentro.

Yo accedí inmediatamente, había pensado en Alex muchas veces durante estos años, preguntándome que habría sido de su vida, era una persona muy especial, comprensiva y empática, aprendí mucho con ella.

Quedamos en la cafetería a la que solíamos ir al salir de clase. Me pareció más cutre de lo que recordaba. Eché un vistazo rápido por la barra y las mesas, pensé que había sido la primera en llegar.

Desde el fondo alguien levanto el brazo y yo miré hacia atrás, por si saludaban a otra persona. Al acercarme reconocí su forma de vestir: vaqueros y camisa azul, aquella inconfundible sonrisa y la mirada profunda, acariciadora, aunque ya no era la chica que recordaba sino un hombre bastante atractivo.

-             No pongas esa cara de sorpresa, supongo que ahora entenderás algunas cosas.  Siéntate, que tenemos mucho que contarnos. ¡Estás guapísima!

 

 

 

 

 



Graziela

 


DESEOS PARA EL NUEVO AÑO


       - Hola Ernesto, me alegra mucho volver a verte.  Me avisaron la semana pasada de que no podías venir.

-          - Si, lo siento, ya sabes que me encanta verte y hablar contigo.

-          - Bueno, ¿Y qué tienes que contarme? Estoy deseando saber lo que te pasó.

-        -   Pues lo de siempre, la suerte negra que me persigue. Estaba en el lugar y el momento equivocados y no pude evitar el resto. Prefiero que no hablemos de eso, pero como siempre dices, hay que buscar la parte positiva de todo, y esto me ha dado tiempo para pensar y hacer el trabajo que me pediste. He traído una lista de deseos y buenos propósitos para este año.

-        - Tú dirás, después de lo ocurrido estoy deseando escucharte.

-          - Mis deseos para el nuevo año empiezan por cuidarme más: hacer una dieta equilibrada, no comer porquerías; más horas de gimnasio y quiero salir a correr bien temprano, aunque tenga que madrugar más; pasear por la playa, bañarme en el mar, y hacer alguna marcha por el monte. Voy a dejar de tratar a la gente que no me aporta nada. Decir NO cuando me proponen trabajos que no van conmigo. Ya me has dicho que tengo que quererme más y me he propuesto hacerte caso. También quiero encontrar pareja, estoy convencido de que lo conseguiré. Me noto diferente, me siento un hombre nuevo, más centrado.

-          -Todo eso está muy bien, aunque yo esperaba que aprovecharas el tiempo y te centraras en prepararte, estudiar, aprender un oficio que te permita ganarte la vida, ser independiente.

-         - Bueno, eso también lo he pensado, pero yo creo que lo primero es cuidarme, ponerme fuerte, sino, qué trabajo voy a hacer.

-          -Sí, claro. Aunque tienes que reconocer que son unos deseos poco realistas y como propósitos no me sirven. Debes ser consciente de que aquí tienes que comer lo que te dan, así que lo de cambiar la dieta no vale; no puedes salir del patio para correr y estamos a trecientos kilómetros de la playa más cercana. Además, después de la última pelea y la celda de aislamiento, dudo mucho que te concedan este año el tercer grado. Así que son buenos deseos, pero difícilmente podrás llevarlos a cabo.

-          -¡Lo ves como eres una aguafiestas!  Siempre te las arreglas para fastidiarme. He hecho el trabajo que me pediste y no te parece bien. No sé ni para que me molesto. Pensé que ibas a ponerte contenta y no hay forma de complacerte. Fíjate que hasta me he planteado salir contigo. ¿O crees que no he notado que me haces ojitos?

-          - Ernesto, tranquilízate.  Hemos terminado por hoy.

 


Graziela






QUE AL CERRAR EL AÑO EL BALANCE TE SALGA POSITIVO, APRECIANDO TODO LO BUENO QUE VIVISTE Y APRENDIENDO DEL RESTO. 

PARA 2026 QUE TE RODÉES DE GENTE ESTUPENDA, VIBRES ALTO, PRACTIQUES LA GRATITUD Y  ATRAIGAS ABUNDANCIA A TU VIDA.  

CON TODO MI CARIÑO

GRAZIELA

Graziela

 

ESTAS SON FECHAS SEÑADAS EN LAS QUE PARECE QUE LAS PRISAS, LAS COMPRAS, LOS COMPROMISOS Y EL RUIDO LO LLENAN TODO Y CORREMOS EL RIESGO DE QUE NOS ARRASTREN CON ELLOS A SU PASO. 

POR ESO, QUIERO DESEARTE QUE VIVAS LA NAVIDAD DESDE DENTRO, CON CALMA,  PAZ INTERIOR Y ALEGRÍA, LLENANDO LOS ESPACIOS DE AMABILIDAD Y CARIÑO; RODEANDOTE DE GENTE POSITIVA, Y BUENAS ENERGÍAS.  

COME, BEBE, BAILA, RIE, REGALA Y RECIBE AMOR. 

ES TIEMPO DE COMPARTIR.

FELIZ NAVIDAD

Graziela

 


TRADICIONES FAMILIARES

 Hace tiempo que no me siento tan cercano a mi familia. El hecho de no acatar sus deseos de casarme con la mujer que habían elegido para mí, hizo que la distancia se hiciera más grande de la que ya nos separaba físicamente. 

Me sigo considerando hinduista, y procuro seguir los preceptos de mi religión,  sin embargo, no podía renunciar al amor que sentía por Sophi para casarme con una completa desconocida. No es que me considere europeo ni reniegue de mis raíces, aunque reconozco que vivir otras culturas y dejar un poco atrás las tradiciones de mi país me ha ido alejando poco a poco más de los míos.   

La noticia fue inesperada e impactante. Mi padre siempre gozó de buena salud, aunque eso no te salva de sufrir un accidente que te arranque la vida de cuajo.

Nos costó encontrar vuelo para volver y encargarme  de todo, como habría sido su deseo.  Baba siempre quiso descansar en la ciudad más antigua del mundo, Varanasi, y que sus cenizas fueran vertidas al río Ganges, para conseguir así su salvación. Era mi deber  hacer lo posible para que así fuera.

Aquí no se utilizan cajas para introducir a los cadáveres y como vivíamos en una pequeña ciudad y teníamos que transportar el cuerpo de mi padre hasta la gran urbe, un primo mío se comprometió a hacerlo en su todoterreno. Lo envolvimos en bonitos paños; nos supuso un gran esfuerzo subirlo y asegurarlo a la vaca del vehículo, pues baba era un hombre robusto y pesaba lo suyo.

El viaje me resultó extraño, no estaba acostumbrado ya al tráfico infernal, el ruido de los pitidos y cláxones constantes me aturdía.  Cuando llegamos a la ciudad, aun nos quedaba un penoso recorrido por las estrechas callejuelas enfangadas y oscuras hasta llegar al ghats para realizar la cremación.  Yo me había afeitado la parte frontal de la cabeza, al igual que otros familiares, en señal de duelo.  Lo hice sin pensar y sin valorar las explicaciones que tendría que dar por mi aspecto al reincorporarme al trabajo en Londres. Sería más cómodo raparme totalmente al volver, así llamaré menos la atención, además, tengo buen pelo y crecerá pronto.

Trajeron la leña y formaron la pira funeraria; situamos el cuerpo de baba sobre ella, después, cubriéndolo con otras telas se siguió colocando más leña encima. En mi familia teníamos medios como para pagar toda la necesaria hasta que el cadáver quedara totalmente reducido a cenizas. Fue un proceso largo. Nunca conseguiré olvidar aquel olor que impregnaba mis ropas y mi piel, así como ese humo denso tras el fuego, que lo invadía todo robándome el aire y empañándome la vista.

Me sentía un tanto ajeno en aquel ritual que mis ancestros habían llevado a cabo durante siglos, pese a vivirlo algunas veces antes.  Todo era igual: había perros olisqueando por aquí y allá, gente dedicada a sus abluciones, una vaca tumbada; personas meditando o incluso unas chicas haciendo yoga cerca. Otras cremaciones se realizaban al lado, mientras había cadáveres aún humeantes. 

El agua del río era gris, estaba empezando a amanecer y los colores brillantes de los saris de las mujeres y el blanco impoluto de los dhotis de algunos hombres contrastaban con el ambiente plomizo.

Paseé la mirada por el Ganges. Me fijé en las embarcaciones de turistas que navegan despacio, muy cerca de los ghats observando con ojos de asombro algo que para nosotros era normal. Supongo que los mismos que debía tener yo cuando falleció el abuelo de Sophi y la acompañé al cementerio.

Después, tiramos las cenizas al río con gratitud, terminando así el ritual.

Deseaba volver al hotel, ducharme, cambiarme de ropa y encontrarme con mi chica, mi consuelo, mi amor. 

Lo había decidido, sabía que no era el mejor momento para hacer las presentaciones. Estaba cansado de sentirme un hipócrita al no ser capaz de contarles que me había casado en secreto; fue una ceremonia íntima en la que solo participaron un par de amigos. Lo celebramos con un buen brunch  y después los cuatros regresamos a nuestros respectivos trabajos. Nada que ver con las bodas de aquí. Se habrían escandalizado y sentido traicionados.

Reconozco que soy cobarde, no me atreví a presentársela a mis padres, pues temía que si maa no la consideraba apta para ser mi esposa dudo que yo fuera capaz de contrariarla. Las cosas tienen que cambiar, aunque siento que baba no esté, hoy conocerán a Sophi.




Graziela

 


 AROMAS 

Estaba desayunando sentada en el salón, frente a la ventana. Cuando termine mi tostada de aguacate y con la taza de té humeando entre más manos, de pronto, me fije en una mujer que tendía la ropa en la azotea de la casa de enfrente. En aire movía las sábanas, las toallas, un colorido mantel… 

Por un momento volví a ser una niña, a darle a mi madre las pinzas cada vez que cogía una prenda y la colgaba bien estirada en la cuerda, mientras correteaba a a su alrededor. Noté el sol en la cara, el aire alborotando mi melena y el aroma de la ropa limpia. Sentí de nuevo la alegría de los días que huelen a felicidad.