Graziela

 


NUEVA ETAPA


A Sara le encantaba pasear por la playa, podía hacerlo durante horas.

Este verano algo había cambiado en ella, eran las primeras vacaciones sin estar pendiente del portátil o el móvil, se sentía tranquila al pensar que ya no tendría que volver a la oficina. Estaba ilusionada, con ganas de hacer cosas diferentes, esas para las que nunca encontraba el momento: clases de yoga, aprender ruso, meditar, hacer amigurumis, ir a nadar y un largo etcétera.

En sus caminatas por la arena se centraba en observar la espuma de las olas que rompían, los dibujos que dejaban en la orilla, los colores del mar, el reflejo del sol, de pronto sus ojos se posaban atraídos por la forma de alguna piedra, imaginando dibujos sobre ellas: un paisaje, una flor,  un pez… Era un entretenimiento nuevo que no dejaba de sorprenderla. Unos días más tarde, empezó a agacharse y coger aquellos cantos rodados que le gustaban.

En cuanto volvió de las vacaciones compró pinceles, colores acrílicos y unos rotuladores que le recomendaron para decorar la colección de guijarros que había traído del veraneo. Nunca mostró interés en el dibujo ni la pintura, entusiasmada, se sumergió de lleno en descubrir su nueva vena artística. Estaba contenta con los resultados, era muy entretenido. Poco a poco se fue desanimando al notar que los colores se le quedaban cortos, pues sus piedras le sugerían más que una imagen una historia.

No le costó cambiar los pinceles por la pluma y el papel. Siempre había sido una lectora voraz y de pronto descubrió que tenía mucho que contar. La meditación y el yoga le ayudaban a pergeñar las historias en su mente antes de pasarlas al papel. Parece que el ruso, los amigurumis y muchas otras cosas tendrían que esperar que llegara su momento.

 

 


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