Graziela






QUE AL CERRAR EL AÑO EL BALANCE TE SALGA POSITIVO, APRECIANDO TODO LO BUENO QUE VIVISTE Y APRENDIENDO DEL RESTO. 

PARA 2026 QUE TE RODÉES DE GENTE ESTUPENDA, VIBRES ALTO, PRACTIQUES LA GRATITUD Y  ATRAIGAS ABUNDANCIA A TU VIDA.  

CON TODO MI CARIÑO

GRAZIELA

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ESTAS SON FECHAS SEÑADAS EN LAS QUE PARECE QUE LAS PRISAS, LAS COMPRAS, LOS COMPROMISOS Y EL RUIDO LO LLENAN TODO Y CORREMOS EL RIESGO DE QUE NOS ARRASTREN CON ELLOS A SU PASO. 

POR ESO, QUIERO DESEARTE QUE VIVAS LA NAVIDAD DESDE DENTRO, CON CALMA,  PAZ INTERIOR Y ALEGRÍA, LLENANDO LOS ESPACIOS DE AMABILIDAD Y CARIÑO; RODEANDOTE DE GENTE POSITIVA, Y BUENAS ENERGÍAS.  

COME, BEBE, BAILA, RIE, REGALA Y RECIBE AMOR. 

ES TIEMPO DE COMPARTIR.

FELIZ NAVIDAD

Graziela

 


TRADICIONES FAMILIARES

 Hace tiempo que no me siento tan cercano a mi familia. El hecho de no acatar sus deseos de casarme con la mujer que habían elegido para mí, hizo que la distancia se hiciera más grande de la que ya nos separaba físicamente. 

Me sigo considerando hinduista, y procuro seguir los preceptos de mi religión,  sin embargo, no podía renunciar al amor que sentía por Sophi para casarme con una completa desconocida. No es que me considere europeo ni reniegue de mis raíces, aunque reconozco que vivir otras culturas y dejar un poco atrás las tradiciones de mi país me ha ido alejando poco a poco más de los míos.   

La noticia fue inesperada e impactante. Mi padre siempre gozó de buena salud, aunque eso no te salva de sufrir un accidente que te arranque la vida de cuajo.

Nos costó encontrar vuelo para volver y encargarme  de todo, como habría sido su deseo.  Baba siempre quiso descansar en la ciudad más antigua del mundo, Varanasi, y que sus cenizas fueran vertidas al río Ganges, para conseguir así su salvación. Era mi deber  hacer lo posible para que así fuera.

Aquí no se utilizan cajas para introducir a los cadáveres y como vivíamos en una pequeña ciudad y teníamos que transportar el cuerpo de mi padre hasta la gran urbe, un primo mío se comprometió a hacerlo en su todoterreno. Lo envolvimos en bonitos paños; nos supuso un gran esfuerzo subirlo y asegurarlo a la vaca del vehículo, pues baba era un hombre robusto y pesaba lo suyo.

El viaje me resultó extraño, no estaba acostumbrado ya al tráfico infernal, el ruido de los pitidos y cláxones constantes me aturdía.  Cuando llegamos a la ciudad, aun nos quedaba un penoso recorrido por las estrechas callejuelas enfangadas y oscuras hasta llegar al ghats para realizar la cremación.  Yo me había afeitado la parte frontal de la cabeza, al igual que otros familiares, en señal de duelo.  Lo hice sin pensar y sin valorar las explicaciones que tendría que dar por mi aspecto al reincorporarme al trabajo en Londres. Sería más cómodo raparme totalmente al volver, así llamaré menos la atención, además, tengo buen pelo y crecerá pronto.

Trajeron la leña y formaron la pira funeraria; situamos el cuerpo de baba sobre ella, después, cubriéndolo con otras telas se siguió colocando más leña encima. En mi familia teníamos medios como para pagar toda la necesaria hasta que el cadáver quedara totalmente reducido a cenizas. Fue un proceso largo. Nunca conseguiré olvidar aquel olor que impregnaba mis ropas y mi piel, así como ese humo denso tras el fuego, que lo invadía todo robándome el aire y empañándome la vista.

Me sentía un tanto ajeno en aquel ritual que mis ancestros habían llevado a cabo durante siglos, pese a vivirlo algunas veces antes.  Todo era igual: había perros olisqueando por aquí y allá, gente dedicada a sus abluciones, una vaca tumbada; personas meditando o incluso unas chicas haciendo yoga cerca. Otras cremaciones se realizaban al lado, mientras había cadáveres aún humeantes. 

El agua del río era gris, estaba empezando a amanecer y los colores brillantes de los saris de las mujeres y el blanco impoluto de los dhotis de algunos hombres contrastaban con el ambiente plomizo.

Paseé la mirada por el Ganges. Me fijé en las embarcaciones de turistas que navegan despacio, muy cerca de los ghats observando con ojos de asombro algo que para nosotros era normal. Supongo que los mismos que debía tener yo cuando falleció el abuelo de Sophi y la acompañé al cementerio.

Después, tiramos las cenizas al río con gratitud, terminando así el ritual.

Deseaba volver al hotel, ducharme, cambiarme de ropa y encontrarme con mi chica, mi consuelo, mi amor. 

Lo había decidido, sabía que no era el mejor momento para hacer las presentaciones. Estaba cansado de sentirme un hipócrita al no ser capaz de contarles que me había casado en secreto; fue una ceremonia íntima en la que solo participaron un par de amigos. Lo celebramos con un buen brunch  y después los cuatros regresamos a nuestros respectivos trabajos. Nada que ver con las bodas de aquí. Se habrían escandalizado y sentido traicionados.

Reconozco que soy cobarde, no me atreví a presentársela a mis padres, pues temía que si maa no la consideraba apta para ser mi esposa dudo que yo fuera capaz de contrariarla. Las cosas tienen que cambiar, aunque siento que baba no esté, hoy conocerán a Sophi.




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 AROMAS 

Estaba desayunando sentada en el salón, frente a la ventana. Cuando termine mi tostada de aguacate y con la taza de té humeando entre más manos, de pronto, me fije en una mujer que tendía la ropa en la azotea de la casa de enfrente. En aire movía las sábanas, las toallas, un colorido mantel… 

Por un momento volví a ser una niña, a darle a mi madre las pinzas cada vez que cogía una prenda y la colgaba bien estirada en la cuerda, mientras correteaba a a su alrededor. Noté el sol en la cara, el aire alborotando mi melena y el aroma de la ropa limpia. Sentí de nuevo la alegría de los días que huelen a felicidad.

 

 

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 PRIMERA CONSULTA

 La decisión más difícil que tomé en mi vida fue separarme de ti, aunque lo hice desde el convencimiento de que sería lo mejor para los dos, me dolió como si me amputaran un miembro sin ningún tipo de anestesia.  Formabas parte de unas páginas de mi existencia que no quería recordar, de hecho, mentalmente, las había roto y quemado para hacerlas desaparecer, aunque la herida nunca terminó de cicatrizar.

Seguí como si aquello no hubiera ocurrido, y no volví a ser la misma viviendo sin retrovisor.

Andábamos sin buscarnos, sabiendo que andábamos para encontrarnos, esto debió ser así desde el principio. Está claro que el universo nos guía hacia determinadas experiencia y de un modo u otro, los pasos que vamos dando en nuestro camino nos acercan  a ese destino.

Tu nombre en mi agenda no me dijo nada, ni siquiera sabía cómo te llamabas, dónde vivías o a qué te dedicabas.

Silvia, la recepcionista te hizo pasar.

Cuando apareciste en mi consulta, nuestras miradas se cruzaron, contuve la respiración y el corazón se me detuvo por unos instantes para latir desbocado desde el minuto siguiente.

Supe que eras tú nada más verte. Fue como volver a tener frente a mí a tu padre. Tendrías la misma edad que él cuando le vi por última vez.  Al estirar el brazo para estrechar mi mano no tuve ninguna duda. Vi esa mancha de nacimiento en forma de gota, donde se unen el pulgar y el índice; era como si una de las muchas lágrimas vertidas cuando te pusieron en mis brazos, se hubiera quedado dibujada en tu piel, igual que yo la tenía en la mía.

Apenas podía contener la emoción. Una oleada de ternura me rodeaba, sentía debilidad en las piernas y no era capaz de articular palabra. Creo que retuve tu mano durante más tiempo de lo normal, mientras me mirabas con una tristeza infinita. Debiste notar mi turbación.

Con un gesto te indiqué el diván y mientras te acomodabas tomé el bloc de notas. Me senté frente a ti, intentando aparentar un control que había perdido hacía rato.

Fui recobrando el dominio de la situación, haciéndote las preguntas rutinarias. Era muy buena en mi profesión y una experta en reprimir emociones. Te miraba mientras me contabas tu vida a grandes rasgos, tus inquietudes, los problemas de relación y con tus padres.

Yo escuchaba en silencio, asintiendo de vez en cuando, invitándote a continuar. Te serví agua y bebí yo.

Casi no apunté nada y me sobresalte cuando sonó la alarma indicando que la visita había finalizado. Te levantaste. Pregunté si tenías prisa. Dijiste que no. Te pedí que me disculparas un momento.

Como una autómata salí a la puerta y le dije a Silvia que podía marcharse, que cerraba yo.

            Tú estabas de pie, frente al escritorio y te invité a que te sentaras en mi silla, entonces fui yo la se tumbó en el diván y comenzó a hablar.

 


Graziela

CAMBIO DE ETAPA

Han sido muchos los años que de un modo u otro he estado vinculada al Centro de Terapias Quidea.

Mi relación comenzó como cliente, cuando Virginia y Javi trabajaban en un pequeño local ubicado en la misma calle que el actual. Muestra relación se estrechó y nos hicimos amigos, y así hemos seguido. Después comencé a colaborar con ellos, dando cursos de reiki, y participando en los talleres y seminarios que allí se organizaban, ampliando mi formación como terapeuta.

Mucho ha llovido desde entonces,  han sido tantas las personas que han pasado por allí, como compañeros, amigos, colaboradores, clientes, etc. que de un modo u otro han dejado su huella y un recuerdo en mí, compartiendo terapias, clases, risas, meditaciones, charlas… Me siento muy agradecida por todo lo aprendido.

Después de un giro inesperado acepté formar parte de la dirección de Quidea y empezamos nueva etapa llenas de ilusiones y proyectos. Aunque a veces las cosas no salen como está previsto,  si bien no fue un camino de rosas, con cada flor se aceptan sus espinas y las experiencias vividas tienen su parte de enseñanza.

En determinado momento,  el desgaste y la carga se hicieron patentes en mí, deje la dirección y he seguido trabajando allí; yo creo que tenía una especie de “enganche” con el Centro y con la gente que pasaba por mi sala, creándose una relación tan cercana que muchas de ellas se han terminado convirtiendo en “clientas-amigas”, como se define una de ellas, ya que además del drenaje, reiki, reflexología o masaje existía un intercambio importante que a mí también me nutría y me ayudaba a seguir creciendo y avanzando.

Me ha costado darme cuenta y no quería reconocer que mi tiempo en Quidea había terminado, que necesitaba cerrar esta larga etapa y abrirme a otros caminos, tener más tiempo para mi y para dedicarme a otras cosas que me gusta, que estoy segura me depararán muchas alegrías, pues con lo que hago solo intento colaborar y aportar mi granito de arena para que la gente se sienta mejor, y me da igual si es dando un masaje con un determinado aceite, tocando los pies, haciendo drenaje o colocando alguna piedra mientras hago reiki; cuidando las plantas o haciendo un dibujo, todo ello con atención plena y procurando dar lo mejor de mí.



Atesoro buenos recuerdos de todos estos años que eclipsan los malos ratos, y mucha gratitud por el tiempo compartido.

Estoy muy agradecida por la fiesta sorpresa, que trajo a mi memoria muchas otras celebradas allí hace tiempo y gracias también por el regalo de despedida, que me hará recordaros siempre que me lo ponga.




 

 

 

 

 

Graziela

 

Sé que me quería, se preocupaba por mi, era complaciente. Discutíamos poco, yo no soy de esas a las que les gusta el drama ni se emperran en tener razón, al contrario, huyo del conflicto. Estoy segura de que nunca me engañó con otra ni siquiera en pensamiento, también yo soy fiel. 

Siempre he sido una mujer leal y muy honesta. No puedo seguir traicionándome a mi misma. Ya no le quiero, es doloroso, ha sido una decisión muy difícil. Sé que perderé muchas cosas, no quiero nada, solo marcharme.

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TUNEL DE LAVADO

 Me daba vergüenza ir con el coche tan sucio. Hacía días que me proponía llevarlo a limpiar, sin encontrar un rato para hacerlo.  Me prometí que de hoy no pasaba, que cuando saliera de la consulta, antes de ir a casa iría a la estación de servicio y entraría en el túnel de lavado, para que mi pobre Golf recuperara su color, oculto bajo una capa de barro, cacas de paloma y restos de hojas secas.

Mientras conducía hacia la gasolinera pensé que me vendría bien descansar la mente durante unos minutos, hay días en los que es especialmente duro escuchar los problemas, obsesiones o neurosis de mis pacientes. Me gustaba sentirme protegida en el asiento del conductor, rodeada por el ruido blanco del agua a presión, el jabón, los cepillos o el aire de secado y las bayetas que hacían su trabajo.  Estaba el mismo señor de siempre que indicaba como colocar las ruedas en la posición adecuada y acercar mi móvil al lector para efectuar el pago del servicio.

Tuve la sensación de que la limpieza duraba más de lo habitual. Al ver aparecer la luz verde, metí primera y abandoné el túnel.  Me di cuenta entonces que no había salido por el lugar habitual. Estaba frente a un parque, y no veía por ningún sitio el edificio de apartamentos que había en esa calle, claro que tal vez no era la misma calle. Me resultó muy extraño. Las flechas indicaban dirección obligatoria, así que me limité a seguir las señales de tráfico, sintiéndome cada vez más confusa y desorientada.  Aquella zona no me sonaba de nada. Conducía como una autómata. Al ver un sitio quise pararme para mirar en el navegador donde me encontraba. No pude, el coche siguió andando. No me dejaba maniobrar; tampoco conseguía separar las manos del volante. Me puse muy nerviosa. Notaba el corazón latiéndome muy rápido y las pulsaciones en el cuello y las sienes, respiraba agitadamente y estaba empapada en sudor. Era todo muy extraño y desconcertante.

El coche funcionaba solo, como si fuera en piloto automático; yo no podía cambiar de dirección o elegir mi propia ruta. Aquello era una paranoia. Pensé que como estaba agotada lo mismo me había dormido en el túnel de lavado y todo era un mal sueño del que no conseguía despertarme. A veces pasa, te das cuenta de que estás inmersa en una pesadilla y eres incapaz de salir de ella. Es solo un mal sueño, me repetía como un mantra: tranquila Esther, esto es solo un mal sueño, pronto despertarás y habrá acabado. Pero aquello no terminaba. Circulaba por calles solitarias que parecían de una ciudad fantasma. Tenía miedo, aunque no sabía de qué.

Inesperadamente el volante giró a la izquierda y para mi sorpresa aparecimos en mi calle. Un poco más adelante, a la derecha estaba la entrada del garaje de mi casa. Noté que volvía a ser dueña de los mandos. Frené para entrar despacio en la rampa, hice las mismas maniobras de siempre para aparcar en mí plaza, al lado del coche de mi marido. Aún estaba bastante alterada. Apagué el motor. Apresuradamente me quité el cinturón, cogí mi bolso y abrí la puerta. Quería alejarme, llegar a casa. Al cerrar el coche me llamó la atención ver que los cristales y la carrocería estaban igual de sucios que esa mañana.  Me quedé perpleja/anonadada/impactada.

Corrí hasta el ascensor. Me temblaban las manos y no atinaba bien a meter la llave en la cerradura. Al entrar, mi hijo vino corriendo a recibirme y le abracé como si no le hubiera visto en semanas. Miguel debió notar mi azoramiento: ¿Esther, estás bien? ¡Qué pronto has llegado, acabamos de volver del partido! Mami, he metido un gol –dijo entusiasmado Darío-. Le felicité y nos abrazamos de nuevo.

-       Cariño, si quieres, date un baño mientras preparo la cena y luego me cuentas.

Mientras se llenaba la bañera cogí mi cuaderno y empecé a escribir lo ocurrido, es una deformación profesional, suelo anotar lo que me preocupa, los problemas que surgen o lo que de alguna manera me altera, como hago en la consulta con mis pacientes.  

Aquello resultaba totalmente absurdo, una alucinación.

No puedo precisar el tiempo que pasé en la bañera. Sé que Darío entró a darme un beso de buenas noches y cuando se acostó, Miguel vino a ver cómo me encontraba. Yo me sentía mucho más tranquila, aunque todavía notaba esa sensación de que ha pasado algo, como un runrún en el pecho, no supe qué contarle porque no recordaba lo ocurrido.  

Eso sí, le pedí que al día siguiente me cambiara el coche y dejara el mío en el taller al lado de su oficina para que lo revisaran y limpiaran a fondo. Creo que algo no va bien en el motor.

 

 

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REAJUSTES


Los reajustes de la empresa tenían en vilo a toda la plantilla, daba igual el departamento y el cargo. Sabíamos que las cosas no iban bien y los despidos eran un goteo mensual, una especie de rifa para la que todos llevábamos boletos sin comprarlos.

La noticia de que íbamos a ser absorbidos por una  multinacional muy poderosa no sé si nos causó más preocupación que alivio.

Ordenaron al departamento de recursos humanos que entrevistara a todos y cada uno de los empleados acogidos a la subrogación laboral, supongo que para valora los trabajadores que les interesaba mantener y aquellos de los que debían prescindir.

Estábamos nerviosos, expectantes ante el momento en que seríamos recibidos por la Jefa de personal, una mujer de aspecto anodino, siempre con trajes oscuros, zapatos planos carísimos y blusas preciosas según las compañeras más entendidas en moda, ella tenía nuestro futuro en sus manos.

Salí muy contento de la entrevista, me pareció una señora muy agradable que hasta tenía humor, por algunos comentarios jocosos que hizo para darme confianza o tranquilizarme, no sé bien. Claro que otros también habían salido con buena impresión del encuentro y un mes después recibían la carta de despido, finiquito e indemnización, al menos en eso podíamos estar tranquilos, no tendríamos que pleitear para conseguir lo que nos correspondía.

Pasado un mes llegó la notificación, como era de esperar. Fue algo inesperado saber que no solo querían seguir contando conmigo, sino que me incluían en el nuevo organigrama con un puesto de mayor responsabilidad, ¡un ascenso! Acompañado del correspondiente incremento salarial.  

Sí, como decía mi mujer, definitivamente era un tipo con suerte, aunque siempre lo decía por estar casado con ella.

 


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EN BUENA COMPAÑÍA

 Recibí una carta certificada. Era de un abogado de Buenos Aires, albacea de doña María Marta Ramirez de Prada, tía lejana mía. En ella me notificaba su fallecimiento y al ser yo su única familiar viva, me había legado todos sus bienes. El sobre también contenía un billete de avión con fecha abierta para viajar a Argentina, abrir el testamento y aceptar la herencia.

Recordé que cuando vivía mamá siempre recibía una felicitación navideña de la tal María Marta y ella le mandaba otra, pero aparte de eso, desconocía todo lo relativo a su vida.

La sorpresa fue mayúscula y la expectativa de hacer un viaje a otro país se me hacía un mundo. Entre que siempre he sido tan aventurera como un mejillón, pegadita a mi roca y  mis posibilidades económicas no me han permitido llegar tan lejos, tener que hacerlo sola no me apetecía mucho, pues a ver a cual de mis amigas convencía para acompañarme. Claro que también una oportunidad así no se presenta dos veces.

Mi amiga Laura, agente de viajes, me busco un hotel pequeño y céntrico en Buenos Aires y me acompañó al aeropuerto. Nos despedimos como si me fuera para siempre, tampoco sabía lo que me esperaba al otro lado del océano.

Aquella ciudad me cautivó desde el principio.

El bufete del abogado estaba muy cerca del mi hotelito. Firme todos los papeles, y me explicó detalladamente en qué consistía la herencia. Recibí una buena cantidad de dinero, que al ser en pesos parecía una verdadera fortuna y me entregó las llaves para que tomara posesión de la vivienda inmediatamente. Era un departamento muy coqueto en un buen barrio,  me aclaro que con el piso y todos sus bienes y enseres, el legado incluía dos gatos Luzmila y Ranses, y un loro que se llamaba Remigio, que al parecer era el nombre de un novio que tuvo la difunta, como me explicó el vecino que se encargó de los animales de María Marta hasta mi llegada, por deseo expreso de la finada.

De eso hace ya dos años y aquí sigo, perfectamente integrada en la vida bonaerense. Mi vecino, Matías, es encantador y aunque siempre pensé que lo mío eran perros, estoy bien acompañada con mis preciosos mininos y con Remigio, que todos los días, en cuanto me levanto y quito el trapo que cubre su jaula me dice: “!Que linda sos¡”, y yo me siento la mujer más afortunada del mundo.


Graziela

 



EN MALA EDAD.

Como decía mi amiga Alicia, “estamos en muy mala edad y tenemos que cuidarnos”, era la frase que le servía de excusa, para hacer lo que le apetecía y darse  caprichos.  Pensaba que tenía razón al comenzar a sentirme mal. Pre-menopausia, argumentó, cuando le conté que me notaba muy hinchada, que pese a tener desde cría los ciclos regulares pasaban meses sin menstruar y cuando creía que ya podía despedirme del engorro de los manchados a destiempo, volvía a aparecer la dichosa regla.

Mi preocupación creció con la pérdida de peso, hacía tiempo que tiré la toalla con dietas infructuosas para adelgazar. Entre eso, los mareos, el cansancio y una sensación de que nada me sentaba bien, me rendí a la insistencia de mi marido y pedí hora en el médico. Según la doctora aquellos síntomas no se justificaban con el cambio hormonal sumado al estrés del trabajo, que lo arrastraba desde siempre.

A ver si voy a tener la mierda esa del sibo, que está tan de moda últimamente o algo peor, que tres de mis amigas habían pasado por el quirófano y la quimio, por no hablar de la pobre Mercedes, que ya ni lo cuenta. Estos y otros pensamientos horribles y otros peores llenaban mi mente en cuanto me despistaba.

La médico de familia me recomendó ir a un internista, que primero me tranquilizó,  aunque reconoció que estaba en una edad complicada para las mujeres y me pidió una analítica muy completa, otra serie de pruebas como ecografías de tiroídes y abdominales.

Seguí con síntomas y aquel agotamiento, a lo que se sumó el insomnio por la creciente preocupación.

-       ¿Ha venido usted sola? –Me preguntó en la consulta al ir a recoger los resultados.

-       No, mi marido está fuera.

Cada vez estaba más nerviosa; me temblaban hasta las piernas del miedo al diagnóstico, estaba lívida, pues el doctor al notarlo me tranquilizó.

-       No se preocupe, ya tengo un diagnóstico. Está usted embarazada.

 

 

 

 

Graziela

 


QUE DESPIDAS EL AÑO CON SALUD Y ALEGRIA, COMPARTIENDO SU ÚLTIMA NOCHE CON QUIEN ELIJAS, CON O SIN UVAS, DEJANDO ATRÁS AQUELLO QUE DESEES CAMBIAR. 

RECIBE EL NUEVO AÑO CON ILUSIÓN, PROYECTOS Y ENERGÍA RENOVADA.

Y EN 2025 RÍE, BAILA Y SUEÑA MAS; SE FELIZ, SIN OLVIDAR TUS PROPOSITOS, DESDE LA GRATITUD QUE ATRAE BIENESTAR.

CON TODO CARIÑO Y MIS MEJORES DESEOS PARA EL AÑO NUEVO.

GRAZIELA

Graziela

Ya huele a Navidad: a pino, a horno de leña, a mantecados, a  invierno; las floristerías se visten de rojo y las calles de luces y brillos.

Todo ello no tiene mucho sentido para los que no disfrutan con estas fiestas: no les gustan, se sienten solos, añoran a los que no están…

Fuera de convencionalismos y compromisos, si conseguimos contactar con la alegría, la gratitud por sentirnos vivos y en paz, tal vez recobremos la ilusión, esa emoción que nos ayuda a vivir mejor y sonreír, a veces, por motivos que solo nosotros conocemos.

De cualquier modo, desde el corazón yo te deseo Felices Navidades, a tu manera.

 

Graziela

 

 

 


Graziela

 



LA CAJA DE LATA

Vivíamos en la chabola de mi abuela, con mi madre y mi hermana, en un descampado, cuando aún no existía la M-30.  Íbamos al Colegio de la Casita de la Virgen.

Mi madre, un día tuvo una bronca muy fuerte con la abuela, que le insultó y le dio tal bofetón que resonó en mi cabeza como un trueno. Esa madrugada no volvió a casa, ni la siguiente. No volvimos a verla.

Charito, mi hermana, ayudaba a la abuela y cuando cumplió los catorce entró como interna en casa de unos señores. La tarde que libraba aprovechaba para salir con sus amigas y solo de vez en cuando nos visitaba. Yo creo que el trabajo y relacionarse con gente de dinero la cambió, nos miraba con desdén.  Solo estaba un rato, casi ni se sentaba y se sacudía la falda incómoda con miedo a mancharse.

A mí me gustaba ir con los amigos a rebuscar en el vertedero, aunque la abuela me lo había prohibido, decía que volvía oliendo a estiércol, y cada  escapada me costaba un sopapo, porque seguí yendo. Allí encontré algún juguete viejo, libros y mi tesoro más preciado: una caja de lata llena de fotos viejas. Cuando estaba aburrido las miraba y me inventaba historias para aquellas imágenes amarillentas y medio rotas, con olor a moho.

–¿Ya estás con eso otra vez? –decía la abuela si me pillaba mirando las fotografías–  mejor estudia para hacerte un hombre de provecho, como fue tu abuelo.  

Yo no le conocí, como tampoco conocí a mi padre, ni al de mi hermana.

Aún iba al colegio cuando empecé de aprendiz en un taller mecánico. No me gustaba especialmente, entonces no se elegía. Tenías que encontrar un trabajo, aprender un oficio o hacer algo para llevar dinero a casa. Yo prefería entrar en una imprenta o en la papelería de doña Juanita, pero siendo “un muerto de hambre” eran pocas las posibilidades, y había visto a amigos perderse en el camino siendo críos aún.

Soy espabilado, aprendía rápido. Pronto dejé de encargarme de los recados, limpiar piezas, etcétera, para ayudar a reparar los coches. Además, se me daban bien los números, mi jefe se dio cuenta y me encargaba gestiones administrativas y contables, que no eran su fuerte.

La abuela murió de gripe un invierno gélido y demolieron la chabola para construir un edificio de muchas plantas. De mi madre no sabíamos nada. Susana se había casado y me invitaba a comer de vez en cuando, y así veía crecer a su hijo. Yo vivía en una pensión humilde, muy limpia, que llevaba la viuda de un maestro republicano que me cogió cariño; yo también la apreciaba, era como mi familia.

Lo único que me llevé de la chabola en la que me había criado fue mi ropa y la caja de lata de lunares con las fotos, que cada vez estaban más viejas de tanto sobarlas. En ella guardé la única imagen que tenía de mi madre y una que nos hicieron las monjas cuando Susana hizo la comunión. Abrirla, aspirar ese aroma tan peculiar que despedía me encantaba, me hacía sentirme acompañado, con ellas imaginaba una vida diferente a la que había tenido.

Gracias a lo que me contaba doña Casilda, la casera, ponía nuevos nombre a las personas que aparecían en mi colección de fotografías antiguas, les creaba una identidad, una personalidad estableciendo parentescos entre ellos.

Doña Casilda me animó a escribir, decía que tenía talento y sabía crear historias. Me regaló un cuaderno gordo de rayas. Cada noche, antes de acostarme escribía lo que me venía a la cabeza, hasta que se convirtió en una rutina, una cita esperada. Se me pasaba el tiempo sin sentir, la casera tocaba con el puño en la puerta “Vamos Paquito, apaga ya la luz que mañana tienes que madrugar”.

El taller había crecido, mi Jefe alquiló el garaje de enfrente que era más grande y cogió otro aprendiz, además del oficial; aunque yo seguía llevando mono, poco a poco había conseguido quitarme la grasa de debajo de las uñas y de las grietas de las manos, pues al ampliar el negocio también puso una garita a modo de oficina, de la que me encargaba yo. Hacia los pedidos, recibía los encargos, atendía el teléfono, preparaba las facturas y un montón de pequeñas labores gracias a las cuales todo funcionara mejor y nos convirtió en algo más que el mecánico del barrio. Se corrió la voz y hasta arreglábamos coches de lujo.

Por el local pasaba mucha gente. Siempre he sido bastante sociable  y a algunas personas les gustaba hablar conmigo, de aquellas charlas y dejando volar mi imaginación creaba relatos que luego escribía en mí cuaderno.

Don Argimiro era el propietario de un Ford, un hombre solitario que apreciaba su coche como a un familiar. Tenía una editorial y con frecuencia me regalaba libros que yo leía con ansia. Hacía años que me había hecho socio de la biblioteca donde saciaba mi hambre de literatura, sin limitarme a las novelas de oeste que leían y se intercambiaban mis amigos. Don Argimiro traía su coche con frecuencia, me invitaba a un café y hablábamos. Un día le conté que desde hacia tiempo me encantaba escribir, aunque solo una persona leía mis cuentos. Se ofreció a echarles un vistazo. Me daba mucha vergüenza pero accedí. Quería saber la opinión de alguien además de doña Casilda, que me aconsejaba cambios y correcciones.

Me felicitó por los escritos, dijo que eran historias originales y me propuso publicar un libro. Se trataba de hacer encajar todos los relatos sueltos, formando una saga familiar, y además podíamos ilustrarlos con las fotos antiguas de las que también le hablé. Él me ayudaría. Trabajamos mucho juntos durante mis horas libres. Yo veía en él lo más aproximado al padre que nunca tuve y él me fue cogiendo también mucho cariño. Me introdujo en círculos literarios, abriendo un nuevo horizonte que dio alegría y lustre a mi vida, renovando mis ilusiones.

Cuando por fin la novela quedó terminada y corregida la publicó y organizó su presentación. Le dio mucha publicidad al acto, yo invité a doña Casilda, a Susana y su marido, a mi jefe, a los amigo, a todos los del taller, y gente del barrio, a sabiendas de que casi ninguno compraría el libro.

Estaba muy nervioso la tarde del evento, me daba miedo que no acudiera nadie. Cuando vi la sala llena de caras conocidas que estaban allí para apoyarme me sentí el hombre más afortunado del mundo. En la mesa, junto a varios ejemplares del libro, unos vasos de agua para las tres personas que íbamos a intervenir en la presentación,  estaba la caja de lata con los lunares rojos medio borrados ya, y el verla me dio la seguridad y el aplomo que necesitaba.

Al terminar el acto, que fue muy aplaudido, la gente se acercaba a la mesa para que firmara sus ejemplares. Yo sonreía les pregunta a nombre de quién querían la dedicatoria y la rubricaba. Cuando escuché aquella voz se me paró el corazón: “Puedes poner para mi madre”. Levanté la vista, sus ojos brillaban de emoción y tenía una sonrisa de tristeza interminable. Se borró todo a mí alrededor, los segundos parecieron eternos, no podía pensar, ni siquiera recuerdo lo que puse, pero me aseguré de anotar muy claro mi número de teléfono y dirección al final.

Graziela

 


POMPAS DE JABÓN

 

Me hizo mucha ilusión aquel regalo, aunque ya sabía que era para niños más pequeños. Cuando llegaba del colegio, después de hacer los deberes, mientras mi madre se echaba un rato antes de cenar, yo cogía aquel envase y lo agitaba mucho. En la terraza sacaba el palito con el círculo y soplaba despacito hasta que se  formaban preciosas pompas de jabón con los colores del arcoíris que subían y volaban despacio para ir bajando después y desaparecer de pronto. Me gustaba seguirlas con la mirada hasta que las perdía de vista o se esfumaban. A veces, resistían tanto impulsadas por el viento que llegaban a la calle y alguna persona miraba hacia arriba. Entonces yo me escondía, como avergonzada o les saludaba y me reía, según me parecía. Ahora sé que era una tontería pero era el momento del día en que más feliz estaba, dejaba volar mi imaginación con cada pompa, me sentía libre. Si conseguía hacer alguna grande, como una bola, me gustaba pensar que sería muy resistente y que llegaría hasta el balcón de mi padre, aunque viviera muy lejos, le encontraría leyendo el periódico y pensaría en mí, y me llamaría, y mamá me dejaría hablar con él. Claro que eso era poco probable y no pasaba nunca y no me refiero al milagro que supondría crear una pompa viajera.

Cuando él llamaba jamás me pasaba el teléfono y no le hacía más que reproches, y después de muchas excusas absurdas que impedían las visitar, de pedirle dinero para este o aquel supuesto gasto, le concedía el permiso para el día y hora que se le antojaba para que me recogiera papá, antes de colgar con un sonoro golpe.

Luego venía lo siempre. “Baja las persianas nena, que tengo jaqueca y me voy a acostar un rato. Si tienes hambre en la nevera hay cosas para cenar”. Y no volvía a dar señales de vida hasta el día siguiente.

Yo estaba acostumbrada. Me iba a la cama pronto, para poder pensar en el paseo que daría con mi padre, la merienda en una cafetería, mientras me ayudaba con los deberes. Lo mismo me venía a buscar con Silvia, “esa zorra que nos quitó a tu padre”, según mamá.  Ella me gustaba. Era muy simpática, me compraba ropa y siempre se interesaba por mis estudios, las clases, mis amigas.

Era la innombrable, tenía mucho cuidado para no referirme a ella si quería evitar una bronca, la consiguiente jaqueca y el castigo de no ver a papá en una semana. Al que llamaba echa una loca para insultarle y terminar llorando y montando el número de esposa ultrajada.

Me hacía sentir muy culpable pasármelo tan bien con papá y con Silvia, con lo mal que se había portado, según mi madre.

En casa todo era triste y gris; mi madre vivía siempre en la queja, suerte que teníamos una vecina estupenda y cuando no podía aguantar más me pasaba a casa de Aurora y jugaba un rato con su hijo pequeño, volviendo casi siempre cenada. A mi madre eso le daba igual, bueno, creo que a ella casi todo le daba igual.

Es muy fuerte, sé que suena horrible, pero casi me alegré cuando se puso enferma y a mis tíos no les quedó más remedio que mandarme a vivir con mi padre. Desde aquel momento yo me convertí en otra persona y supe lo que era vivir tranquila.

Graziela

 


SOPRENDENTE REVELACIÓN

 Cuando se busca entablar una relación todos solemos mostrar lo mejor de nosotros, con fotos de hace tiempo, retocadas o procurando ocultar aquellas zonas de nuestra geografía de la que nos sentimos poco orgullos o directamente no aceptamos. Así maquillamos la realidad. Por eso, después de otros desengaños no quise arriesgarme, y antes de hacerme ilusiones, tras unos cuantos mensajes,  decidí aceptar la propuesta de Martín para vernos en vivo y en directo.

La verdad es que la primera impresión fue muy buena. No era tan alto como imaginé, pero estaba proporcionado, tenía un rostro agradable y unas manos preciosas.

Desde el principio noté que había química entre nosotros. Martín me parecía muy culto, aunque casi toda la charla versó sobre historia y en especial de la Grecia Antigua. Ya en el bar empezamos con algunos “piquitos”. Al salir, mientras decidíamos donde cenar, seguimos “acercando posturas” con caricias y arrumacos. Apoyados en su coche, charlando, nos abrazamos y besamos apasionadamente, así que optamos por saltarnos los preliminares y primeros platos y pasar directamente al postre, que fue en su casa. Era un hombre muy tierno, atento, dulce y encantador. Fue una experiencia muy gratificante, tanto que nos quedamos dormidos, exhaustos y el domingo amanecí en su cama.

Antes de levantarnos volvimos a enrollarnos y cuando él se incorporó para ir al baño vi que en su espalda tenía tatuada la Grecia Clásica al completo: Apolo, la Acrópolis, las cariátides, Platón, un mapa, el Partenón, el Discóbolo… entendí hasta donde llegaba la pasión que sentía por esa civilización, de la que me había estado hablando durante mucho rato. Mientras me vestía observé su estantería llena de libros y videos relacionados con el mismo tema y comprendí que aquello era más que una afición. Pensé que aprendería mucha historia con él siempre que el sexo entre nosotros siguiera siendo tan bueno.