Graziela



CELEBRACIÓN

Vamos, no seas boba, tampoco es para que te disgustes porque haya olvidado la fecha de nuestro aniversario. Sabes lo despistado que soy y el trabajo que tengo estos días. Compréndelo, estoy agotado, hoy me como un yogur y me meto en la cama. Ya sé que a ti te hacen ilusión estas cosas, pero el día aun no ha terminado. Anda, abre..
Sí, que pase. Rosario, este es Rubén, te trae la cena. Yo me voy a acostar, estoy derrotado. 
Feliz aniversario querida y disfruta de la velada.
Graziela

LA CASTAÑERA

Igual que las violetas florecen con los primeros fríos, aparecían en Madrid las castañeras. Cambiaban el paisaje urbano poniendo un poco de calor en la calle, salpicando las aceras más concurridas con el humo de los hornillos y su aroma inigualable, caldeaban el ambiente invernal. En la esquina de Gran Vía con la Plaza del Callao, en Arguelles y Princesa, en Goya… pero mi preferida era la de Diego de León con Conde de Peñalver, pues además de ofrecerte el cucurucho de papel de periódico con doce castañas asadas por un duro, siempre te obsequiaba una sonrisa. Sonreía mientras trabajaba, sin mirar a nadie, como para ella. Me encantaba pararme, y al calor de la lumbre charlábamos un rato mientras se doraban las castañas.
Eloisa, que así se llamaba, era una mujer amable que aprendió el oficio de su madre, igual que aprendió desde niña a recolectar fruta, labor a la que se dedicaba de mayo a septiembre, empezaba con la fresa y acababa en la vendimia; una vez incluso viajó hasta Francia, porque decían que allí pagaban mejor.
Siempre le encantaron las castañas: tan brillantes, tan bonitas, con sus formas redondeadas, por eso para ella aquel trabajo era agradable, sin tener que agacharse y levantarse todo el tiempo o cargar con grandes cestos a la espalda.
Con sus mitones renegridos y algo quemados, se sentía dichosa cuando colocaba el carbón en el hornillo y lo prendía al empezar su jornada. Con la única ayuda de un gancho de hierro y una badila removía las brasas de vez en cuando, dejando que el aire las avivara para dar más calor, que había que ahorrar. Sentada en su banqueta con el delantal largo y bien arropada, con bufanda y toquilla de lana, iba cogiendo una por una las preciosas castañas. Usaba su gastado cuchillo romo y realizaba una pequeña incisión en cada fruto para que no estallaran al asarse. Controlaba cada hornada con atención, evitando que se quemaran o salieran crudas. “Castañas calentitas”, pregonaba con áspera voz cuando no se acercaba nadie al puesto. En los momentos de espera a que alguien le comprara, se dedicaba a observar a la gente.
Vendiendo castañas conoció a aquel hombre. Su madre le dijo: “Yo con este no me casaba aunque fuera envuelto en oro”, pero en primavera ella sí se casó. No tardó mucho en comprender su error. Mejor habría hecho quedándose sola, pensaba, como estuvo toda la vida su madre. De la mano de aquel hombre conoció la angustia de la espera y el miedo a no tener que comer, pues él se bebía y se jugaba cuanto entraba en el hogar. No duró mucho. Eloisa tenía coraje y le largó de casa en cuanto le puso la mano encima por primera vez. Se apañaba bien sola, trabajaba duro, pero no estaba hecha para soportar vejaciones y si estar casada era eso, prefería estar soltera.
A lo largo de los años me fue contando su historia y también conocía mis soledades.
Volvió a ser la castañera aquel invierno. Cortaba orgullosa las castañas que le mandaban de Extremadura o de Galicia sin fijarse en los hombres, por miedo a que alguno volviera a herir su corazón.
Centraba toda su atención en el trabajo y se sentía feliz, mientras cortaba las castañas admiraba su brillo, que las hacía parecer recién pulidas, como si alguien se hubiera dedicado a barnizarlas una por una. Le encantaba el aroma que dejaban en el aire cuando se asaban y no le importaba quemarse los dedos al cogerlas. Ponía tanto la mente y sus sentidos en tan sencilla labor que mientras la realizaba no pensaba en otra cosa. Cuando me lo contaba yo sabía que aquella era su forma de meditar.
A mí siempre me ocurría igual. De pronto, inesperadamente, cuando un día paseaba por Diego de León y sentía la necesidad de subirme el cuello del abrigo o de meter las manos en los bolsillos, me percataba de que en el aire flotaba un olor conocido, agradable, con sabor a invierno. Había vuelto la castañera, cada año más vieja, con el rostro reseco y arrugado, las manos sarmentosas bajo los viejos mitones, y esa sonrisa capaz de aliviar el día más frío. 

 (Primer premio del concurso de cuentos "María Santa Perea", VI edición convocada con el tema: Leyendas urbanas de un Madrid diverso" A)

Graziela


EN LA CIUDAD.

Empuja el carro en el que guarda toda su existencia. Lastrado por su fracaso, arrastra los sueños partidos y la miseria. Sin futuro, sólo vive para ver pasar la vida meciéndose en el tedio de las horas, y por dar de comer a los tres perros que ahora son su única familia.
A veces, entre volutas de humo y efluvios de alcohol vuelve a ver el piso luminoso y escucha a Lola cantando en la cocina, mientras hace la paella del domingo y llegan los chicos a comer.
La luna, como una pestaña pintada en el cielo, trae de nuevo la oscuridad. Él, saca los cartones del carro y se preparan para dormir.
Cerró la puerta de su casa por última vez y dejó las llaves en el buzón, sin despedidas ni explicaciones. En la galopada, sobre el caballo tocó fondo y puso tierra entre ellos. Perdió el mar. Es más fácil no ser nadie en una gran ciudad, donde los vecinos le guardan comida y de vez en cuando alguien le da una moneda. Aunque todavía, a veces, le duelan los recuerdos y la pena le devore las entrañas.
Graziela

 

Ni el tiempo triste y llorón consiguió desanimarnos y nos convocamos a primera hora de la mañana del viernes para salir de Madrid. Un nutrido grupo de mujeres y algunos hombres, creo que eran  cuatro con el guía, cargados de entusiasmo y energía para iniciar la marcha hacia la Miniciudad Encantada de Tamajón. 

Nuestro camino por las tierras altas del noroeste de la provincia de Guadalajara comenzó con una parada en la localidad de Tamajón, para desayunar, coger fuerzas y de paso comprar unas magdalenas caseras que nos recordaran durante días la excursión.

El objetivo era recorrer una serie de pueblos que conformar un conjunto singular al estar construidos con lajas de pizarra y piedra oscura, conocida como arquitectura negra. 
Comenzamos la marcha por un camino un tanto abrupto, que bajo la fina lluvia y el cielo blanco daba al paisaje tonalidades impensable bajo el sol. 
La flora típica de monte bajo, con jarales, apuntando botones blancos que dentro de poco ofrecerán un espectáculo impresionante, pequeñas pinceladas de brezo rosa entre tanto verde y brezos blancos, abundantes en esta zona deleitaron nuestros ojos durante el descenso. 

 
Desde arriba pudimos ver en la lejania la localidad de Almiruete, un buen ejemplo de arquitectura negra, enclavado dentro del valle de las Presas. Dicen que dada su localización geográfica, es un lugar que en verano resulta fresco y en invierno está protegidos de las inclemencias del tiempo, aunque a nosotros llegamos allí entre chubascos, escuchando el agua que cantaba en regatos y arroyos. Es un pueblo tranquilo, sencillo y original, en el que vimos algunas casas rurales y apartamentos rústicos. 
Llama la atención la espadaña a poniente de su iglesia, con huecos para las campanas y ábside semicircular a oriente, características todas ellas de esta zona.

 
Durante el camino encontramos varios castaños centenarios, imponentes, de espectacular belleza, pese a estar todavía desnudos, pues la primavera en estas tierras parece que se toma su tiempo para mostrarse en todo su esplendor.

Dejamos atrás la localidad y nos encaminamos hacía la Miniciudad Encantada. el sendero se hizo más ancho, y caminamos por la pista con tranquilidad, a ratos con chubasquero, a ratos sin el, al cobijo del paraguas o sin capucha, siguiendo los caprichos de este loco abril. Observando el magnifico bosque de sabinas, atentos a los comentarios de nuestro guía, que se encargó de mostrarnos los cambios en la fisonomía de este árbol a lo largo de su vida y la diferencia entre estas y los enebros. El bosque también tenía buenos ejemplares de encina, cantuesos, jarales y tomillos perfumaban el aire, puro, húmedo y fresco. También escuchamos los trinos de diversos pájaros, aunque el agua los tenía un poco asustados y no dejaban ver.


Esta zona es un reserva de caza y aunque no vimos ningún animal de los que habitan en esos lares (corzos, venados, jabalíes...), sin duda nuestra alegre charla y el día otoñal no les animaron a mostrarse.
 
Las formas caprichosas de las rocas en la Miniciudad Encantada, emergen imponentes en un terreno que antaño estuvo inundado por las aguas; la piedra caliza, erosionada por el paso del tiempo ha ido conformando este paisaje original, tan característico de la zona en un bosque de sabinas, con algunos robles y saúcos, poniendo la nota de color los tojos, de un amarillo chillón que destacaba entre los mil matices de verde.
Visitamos la ermita de la virgen del Enebral, aunque realmente está levantada entre sabinas y no enebros. Allí aprovechando para hacer un alto en el camino y disfrutar de la comida.

Repuestas y con las mochilas más ligeras seguimos ruta.
 El día no nos dejaba disfrutar de la cumbre de Ocejon, que separa la cuenca del río Sorber (a derecha) y del alto Guadarrama (a izquierda) pues unas nubes gatas la ocultaban. Sin embargo por la tarde, más despejada vimos la Sierra de Ayllón. Atravesamos un pinar esquivando ramas y troncos, pendientes del suelo resbaladizo y pedregoso y como el sendero que nos haría llegar a Retientas nos resultó esquivo, desandamos lo andando y nos encaminamos a Tamajón, donde terminamos la marcha.

Una excursión interesante, entretenida y amena, que terminamos mostrando nuestro reconocimiento a la labor de Josefina, que no ahorra esfuerzos para conseguir que sus alumnos hagamos salidas como esta, que fomentan no solo el amor a la naturaleza, sino las relaciones y el compañerismo.

Graziela


ALEGRÍAS

Con el tiempo me he alegrado de vivir sola, de no tener que aguantarte durante todos estos años. Hoy, además de estar alegre, me siento feliz. Me acabo de enterar de que ella te ha echado de casa, así probarás el sabor amargo que produce el rechazo y el abandono, aunque si quieres llamarme...


Graziela

REALIDAD VIRTUAL

Me había costado mucho decidirme y finalmente elegí la opción “A”, pues la “B” me parecía demasiado fuerte para mi.

El esperado encuentro tendría lugar a las ocho en punto de la tarde y duraría hasta que yo quisiera. Había elegido un local emblemático en el paseo de Recoletos. Cuando llegué, él ya estaba esperándome, removía concentrado el contenido de su taza de Nesspreso humeante. La sonrisa que me dedicó me hizo suspirar. Todo era perfecto, una suave música flotaba en el ambiente entre el aroma de café y su perfume agreste, cuando se levantó para recibirme y me besó en el cuello. Pude ver que algunas mujeres me miraban con envidia desde la mesa de al lado. George Cloony era más encantador de lo que había imaginado. Durante largo rato charlamos y me resultó fácil sincerarme con él, como si nos conociéramos de toda la vida, sin necesidad de fingir, ni aparentar. La conversación se fue volviendo más íntima. Me cogió la mano y comenzó a acariciarla. Paseaba despacio el dorso de su mano por la mía, sus dedos, con las pulidas uñas, dibujaban caminos por mi muñeca; acercó su boca a mi oído y susurró “cuando quieras nos vamos”, incliné la cabeza, para retener su aliento entre mis cabellos; durante unos segundos permanecimos pegados, yo escuchaba su respiración agitada y notaba el roce de sus labios haciéndome cosquillas en la oreja.

Caminamos en silencio. Cogidos de la mano recorrimos las calles hasta llegar al hotel. En el ascensor no pudimos contenernos más y nos besamos apasionadamente, su boca sabía a café. La habitación parecía espaciosa aunque no pude reparar en los detalles, sólo tenías ojos para él. Despacio le quité la chaqueta; George bajaba la cremallera de mi vestido y yo desabrochaba uno por uno los botones de su camisa, acariciando con avaricia su torso de atlante, distinguiendo pectorales y abdominales bajo mis dedos, apretándolos con fuerza. Cuando el vestido cayó a mis pies, yo ya me afanaba en la cremallera de su pantalón. Seguimos desnudándonos sobre la cama, mientras nos besábamos y yo intentaba reconocer sus contornos. Sentía sus dedos ágiles en mi pecho, sus labios, su lengua como arroyo tibio en mi piel. Las bocas se encontraban una y otra vez, en su desenfrenado recorrido, ávidas de pasión. Nuestras piernas inventaban nuevos nudos para asirnos, mientras rodábamos por las sabanas haciéndonos gozar mutuamente. Una sinfonía de gemidos y gritos de placer llegó a todos los rincones de aquella alcoba desconocida.

Cuando me desperté noté su respiración pausada pegada a mi oído y aspiré su aroma, acurrucada bajo su abrazo, en el hueco de su axila.

Besándonos llegamos hasta el baño y el abrió la ducha empujándome dentro. Me enjabonó entera sin que el agua dejara de resbalar por mi cuerpo y yo me dejé hacer hasta casi desvanecerme. Después me secó, con la delicadeza de quien cuida a un bebé.

Cuando terminamos de vestirnos, lo que todavía nos llevó un buen rato al continuar con los juegos de manos, nos despedidos con un beso profundo.

Unos segundos después de quedarme sola en la espaciosa habitación, todo se volvió azul.

- Viki, el encuentro ha terminado. Voy a desconectarte.





Graziela



SIN PIES NI CABEZA

Eva salió de nuevo precipitadamente de su casa dejando tras de si el eco de un portazo. Al llegar al portal no supo hacia donde encaminar sus pasos, no recordaba bien el lugar en el que había aparcado el coche el día anterior. Cinco minutos y un par de vueltas por las calles más cercanas le costó localizar su Clio incrustado entre dos vehículo, entonces recordó lo que le había costado meterle en aquel hueco diminuto. No podía seguir así. Cuando arrancó no había decidido que dirección tomar, conducir la tranquilizaba, así que se limitó a seguir las indicaciones de las señales para ir girando por las calles que estaba permitido hasta verse en la gran avenida. De pronto sintió la necesidad de comentar lo ocurrido con su madre, ella siempre la comprendió. Dejó tirado el vehículo en el primer sitio que vio. ¡Mierda, tenía que haber cogido el abrigo! Aquí hace un frío de narices. El cementerio le pareció más alegre que otras veces, montones de flores salpicaban su gris fisonomía. Allí también estaba la tía Dori y conversó con ella un buen rato. Tras la charla con las dos mujeres se sintió reconfortada y dispuesta a regresar a casa. La visión de un municipal poniéndole una multa volvió a alterarla.

- Lo siento agente, no tengo documentación, he salido de casa con prisa y me he dejado la cartera.

- Pues no se puede ir indocumentada y menos aún conduciendo un vehículo. Llame usted a alguien para que venga a recoger su coche, que por cierto está en un vado, o se lo llevará la grúa.
- Tampoco tengo mi móvil, ni dinero para coger el metro, todo está en mi bolso y al salir precipitadamente sólo he cogido las llaves del coche.
- Pues entonces tendrá usted que ir andando o acompañarme a comisaría... No creo que los que están allí dentro la esperaran con hora -dijo con sorna mirando al cementerio.
Eva se sintió impotente, si llamaba a Sergio contándole lo ocurrido era como darle la razón, estaba harta de que argumentara que hacía las cosas sin pies ni cabeza. Si al menos tuviera una de sus pastillas, le ayudaría a pasar el mal trago. Empezó a hacer pucheros y dudaba entre ponerse a llorar o echar a correr. El policía pareció comprender la situación y se ofreció para llevarla a casa en el coche patrulla, aunque tendría que ir detrás, sino se jugaba el trabajo, lo que ella aceptó sin pensar.
Sergio estaba en el balcón fumando, tragando su nerviosismo con cada bocanada, cuando vio detenerse un coche de policía delante del portal. Se quedó sorprendido. La loca de Eva no habrá vuelto a denunciarme -pensó- dudaba que consiguiera salir airoso en una tercera ocasión, por muy injustificada que fueran la denuncia. Notaba como la indignación le nublaba la vista, pero al ver salir a su mujer del vehículo sintió cierto alivio. Entró en la casa y esperó a que ella llegara y le diera las inevitables explicaciones. El rato que tardó en escuchar la cerradura se le hizo eterno, hasta que comprendió que se habría vuelto a dejar las llaves y estaría en casa de la vecina pidiéndole la copia y justificándose.
- Cari ¡no sabes qué susto he pasado! Creí que tenía que llamarte desde comisaría -Dijo a modo de saludo.

- Eva tú no estás bien. ¿En que lío te has metido ahora?
- Te juro que no he hecho nada. He ido a hablar con mamá y tía Dori y como he salido con prisas me he dejado el bolso. Me estaban poniendo una multa y al no llevar documentación, ni el móvil, ni dinero el agente amablemente me ha acercado hasta aquí.
- Lo siento, pero ya no puedo más. Vivo siempre intranquilo contigo. Hoy cuando recoja a Pedrito del colegio me marcharé con él a casa de mi madre.
- Tú no te puedes ir, esta es tu casa. No puedes dejarme... Quedarte aquí con el niño, yo me marcharé. Buscaré trabajo, estudiaré y volveremos a estar juntos. -dijo mientras se acercaba a él y le abrazaba.
Tras la escena y el llanto, Eva preparó café y, con más calma que en ningún momento en el último año, hablaron y acordaron que sería ella la que dejaría la casa y al niño. Sergio pediría el divorcio, aunque Eva no estaba convencida de este extremo. Recogió la ropa del tendedero y dejó encima de la cama la suya, para preparar la maleta, planchó la del niño y la de su marido. Ordenó y limpió la casa, y se le ocurrió que tendría que dejarles la nevera llena y algo de comida preparada, él tendría muy poco tiempo ocupándose del crío, la casa y el trabajo. Sergio le dio el dinero que le pidió y la prometió acompañarla después a recoger el coche. Empezaba a arrepentirse de tomar una decisión tan drástica ¿Qué iba a hacer Eva sola?
Tardó tanto en volver del supermercado que se hizo la hora de recoger al niño. Al regresar a casa vio el coche de su mujer y una patrulla de policía en la esquina. Asustando subió al piso. Al verlos aparecer ella se abrazó al niño gimoteando. Tenía la cara tumefacta, con un par de golpes bien marcados. La vecina también estaba allí, mirándole con odio. Sergio se tapó los ojos con las manos. Se la había vuelto a jugar.

Graziela

Hacía una mañana esplendida, soleada, tranquila. Una de esas mañana que apetece salir a la calle, pasear, disfrutar del día. ¿Podíamos visitar el Parque Madrid Río? -propuse- y nos pusimos en marcha.

Sabíamos llegar, pero como el teléfono móvil hace de todo, programamos el lugar para que nos llevara. Como suele ocurrir en más de una ocasión, se puso a recalcular desde que entramos en la M-30 (ahora calle 30), pues se empeño en llevarnos por el centro de la ciudad: Alcalá, Paseo de Prado, Sta. María de la Cabeza, etc. y después de no hacerle ni caso durante siete salidas decidimos obedecerle, más que nada por no oírle; después de rotondas, semáforos y túneles llegamos.
Para entonces la mañana era ya medio día y el cielo estaba totalmente cubierto. La temperatura también se resentía del cambio.

Es un bonito entorno, un lugar de entretenimiento y expansión no sólo para los más pequeños, pues cuenta con columpios, campos de futbol, pistas para bici y patines, grandes toboganes, etc. También es un sitio estupendo para disfrutar de la naturaleza, aunque ahora permanecía un tanto aletargada por el invierno; los árboles con sus ramas desnudas bajo el cielo gris, no invitaban a imaginar una primavera ya próxima.Patos y gaviotas cerca del agua y el Río, nuestro río Manzanares, con bastante más caudal del que cabría esperar con las pocas lluvias caídas últimamente, por no decir nulas.

De cualquier modo, disfrutamos del paseo, recorrimos los 278 metros del puente monumental de la Arganzuela, repartidos en dos brazos. Una obra impresionante del arquitecto Dominique Perrault, que vale la pena conocer. Dicen que es de los más fotografiado en Madrid, y yo para no ser menos también le hice los honores.

Recordé que hace ya muchos años, en ese mismo lugar había otro parque y cuando mi sobrina María era muy pequeña, le encantaba correr por sus paseos. No pude evitar sonreír al venir a mi memoria lo mucho que le gustaba en cuanto hacía calor, meterse en la fuente de la columna, que sigue estando aquí, pero no rodeada de agua, como entonces.

Empezó a refrescar, se hizo tarde y no recorrimos la otra parte del parque, posponiendo la visita hasta que brote la primavera en cada rama, en cada planta.

Graziela

BUSCANDO EL SILENCIO

Una obscura niebla enturbiaba su mente

Un desasosiego le agitaba el cuerpo

No sabia por donde le llegó ese viento,

Pero le arrastraba con vórtice cierto

Hundido en un pozo con el desconcierto,

No encontraba luz en débil empeño;

Nada le ayudaba, ni daba consuelo.

Terminar de pronto era su deseo

Volar de un impulso y luego... el silencio


Graziela

JUEGO DE LLAVES


Sabia que era la última vez que utilizaba esa llave. La giró dos veces dejando la casa bien cerrada. Dentro quedaron atrapados para siempre los recuerdos de su infancia; las discusiones de sus padres, las risas de sus hermanas y los ladridos del perro; las noches de estudio, el ruido de sus tacones retumbando en el suelo; el portazo del abandono y las cenas silenciosas, las lágrimas y los gemidos ahogados de mamá que dieron paso al gris olvido, al hielo de muerte.

Dentro de poco, esa misma llave, junto con la del portal y el buzón pasarían a otras manos y los recuerdos encerrados serían liberados para siempre, ¿o tal vez no?


Graziela

EL GRAN VIAJE


Camarote 503 del S.S. Bremen, jueves 13 de marzo de 1931.


Al principio no pensaba traerte, pero realizar la larga travesía sin tenerte cerca, y sin la posibilidad de desahogarme contigo me resultaba deprimente. Tendré mucho cuidado con la señorita Gerda. Ya sabes que es una metomentodo y le gusta fiscalizar lo que hago en cada momento. Necesito preservar mi intimidad de su mirada escrutadora. Mi padre sigue confiando en ella, pero dentro de poco ya no podrá inmiscuirse en mis asuntos, aunque presiento que será precisamente entonces cuando más la necesitaré a mi lado, como ya me ha ocurrido en otras ocasiones. A ti puedo confesártelo. Tengo miedo.


Sábado 15 de marzo.

Este viaje es muy emocionante, ayer conocí al capitán del barco. Es un hombre apuesto y aunque parece serio, una chica americana de mi edad con la que compartimos mesa, me ha comentado que es un señor muy agradable. Ella ya ha realizado esta travesía en tres ocasiones, de ida y vuelta. Su padre tiene negocios en Alemania y cuando su madre le acompaña, que es germana como nosotras, siempre va con ellos. Dice que es lo más excitante que hay en su vida y ¿quién sabe? lo mismo en uno de estos viajes encuentra marido. Ella es muy simpática, pero yo no me he atrevido a confesarle porqué estamos aquí. Supongo que en los próximos días habrá tiempo para las confidencias, aunque de momento me da vergüenza. Me ha contado que tiene un pretendiente en Nueva York, pero que no está enamorada de él. Me parece que es una chica romántica y soñadora y en cierto modo esa forma de ser me produce envidia.

Hemos coincidido con algunas personalidades y actores famosos a bordo, y ella, mi nueva amiga, que se llama Elsa, se sabe la historia de todo el mundo. Le encanta conocer sus vidas, sus romances.... Nos lo pasamos muy bien juntas. Me sorprende, pero parece que la señorita Gerda aprueba esta amistad.


Domingo 16 de marzo.


Este transatlántico es como una pequeña ciudad, somos más de 2000 pasajeros, 800 viajan en primera clase, y hay casi 1000 hombres en la tripulación, que hacen que todo funcione. Hoy la mañana estaba preciosa, con el cielo totalmente despejado y como apenas corría el viento hemos estado en cubierta leyendo al sol, aunque mi institutriz se ha empeñado en que debía taparme con una manta. !Siempre está detrás de mí, menos cuando más la necesite! Luego se nos ha unido Elsa y la señorita Gerda ha tenido el detalle de dejarnos solas, últimamente parece que está menos severa conmigo. Pensará que dentro de poco no tendrá que velar por mi, al menos del mismo modo en que lo viene haciendo desde yo apenas era un bebé.

Me habría gustado tener una madre como la de Elsa, que se ocupa de ella con cariño y poder vivir sin tanta disciplina, o al menos haber conocido a mi madre. También su padre es un hombre agradable, aunque siempre parece estar pensando en otras cosas. Se que mi padre tiene sus razones para alejarme de casa, y de las largas manos del tío Barend, pues estoy segura de que llegó a sospechar que mis constantes indisposiciones ante sus visitas no eran normales, como tampoco lo era mi nerviosismo y azoramiento cuando estaba en casa y es que había algo que no era natural en ese cariño suyo. Tiemblo al revivir esos recuerdos y me siento mareada.

Puedo pasar horas mirando el mar, que cambia de color con frecuencia y eso me ayuda a olvidar y a no pensar en lo que me esperará cuando llegue a Nueva York.


Lunes 17 de marzo.


Por fin le he confesado a Elsa el motivo de mi viaje, aunque no le he contada nada de lo otro. Yo tengo asumida la situación hace tiempo, pero ella dice que debería hacer algo, revelarme, negarme. Le he enseñado su retrato y ha dicho que le parece un hombre muy guapo, pero demasiado serio y muy mayor para mi. Me ha hecho reír con sus bromas.

Durante este viaje he tenido tiempo para pensar y aunque todavía siento temor por mi futuro, estoy tranquila de saber que hay tanto agua entre mi tío y yo. Es como si tuviera la sensación de que a partir de ahora todo va a salir bien. Elsa y yo nos hemos prometido seguir en contacto. Me reconforta saber que ya cuento con una amiga en la ciudad.


Martes 18 de marzo.

Hoy me he levantado triste. Me apena pensar que faltan horas para llegar a puerto. Que cuando atraquemos se cerrará para siempre una etapa de mi vida. Elsa también parece apenada, aunque sigamos siendo amigas nada será igual. Durante el desayuno casi no hemos hablado. La señorita Gerda también tenía un semblante menos duro esta mañana y su voz me pareció hasta dulce cuando dijo – Una mujer casada no debe tener secretos con su marido, creo que no debería seguir escribiendo ese dichoso diario­-.

Los equipajes ya estaban preparados y no he querido guardarte en mi baúl. He subido contigo a cubierta para escribir un rato mientras nos aproximamos al puerto. Una nueva ciudad, una nueva vida...

Mientras atracábamos Elsa y yo, nerviosas, escrutábamos a la gente que esperaba abajo para recibir a los pasajeros, pero no le hemos reconocido entre ellos.


Graziela



DÍA MUNDIAL CONTRA EL CÁNCER,
CONTRA EL CÁNCER DE MAMA
CONTRA TODOS LOS CÁNCERES
EN APOYO DE LOS QUE LOS PADECEN

AYUDANDO A LUCHAR CONTRA ELLOS.
ASUMIÉNDOLOS, ADMITIÉNDOLOS Y APRENDIENDO.

CON ENERGÍA Y TODA LA FUERZA PARA SEGUIR ADELANTE,
PARA VENCER EL DOLOR, PARA SUPERAR EL TRANCE.

CON EL RECUERDO PARA LOS QUE YA NO ESTÁN Y PERDIERON LA VIDA EN EL CAMINO. PARA SEMBRARLO DE ESPERANZA Y AMOR
POR UN NUEVO AMANECER.
PARA ENCONTRAR LA CAUSA, PARA IR AL ORIGEN, PARA ACABAR CON EL MAL
CON TODO MI CARIÑO PARA TODAS/OS LOS QUE LO HAN SUFRIDO Y SIGUEN SUFRIENDO ESTA ENFERMEDAD.
Rosa rojaGRAZIELA
Graziela


LA BOMBÓN

“La Bombón” era el nombre que adopté lejos de mi gente. En esta nueva vida que comenzó cuando abrigada por la noche y el miedo, abandoné el hogar con mi pequeño, huyendo de la miseria y las vejaciones. Así me llamó el primer hombre que se me acercó en España y me susurró al oído “si eres tan dulce como pareces deberías llamarte bombón”. Al escucharle di un respingo, me asustó su proximidad.. Tras sentir el calor de su aliento esperaba que llegara el golpe. Nunca pude ser jinetera, aunque hubiera querido. Escuchaba una voz masculina acompañada del inconfundible olor a ron y esperaba el dolor de la bofetada, o sentir que me agarraba del pelo y me tirara hacia atrás, doblándome hasta dejar mi boca expuesta, que llenaba con sus baba de borracho, y sus palabras sucias.

Todo aquello había terminado, pero no en mi cabeza, donde seguía siendo la esposa de Lucho, el hombre simpático, jovial que con su música cautivaba a la escasa audiencia de aquel viejo cabaret, y se bebía las ganancias antes de llegar a casa. Reservando sólo para mi sus malos modos, los insultos y las palizas. No consigo sacarme el miedo del cuerpo, por eso aún vigilo la puerta y me sobresalto cuando noto que alguien se acerca por detrás, aunque sepa que nunca más estaré al alcance de sus largos dedos.

Graziela

Comienza el año y como enero suele ser el mes de los buenos propósitos, en el que todos queremos hacer cosas nuevas para mejorar nuestra vida y sentirnos bien, yo os recomiendo Gym-Ki, una disciplina que hace poco practico, con la que estoy encantada, y creo que la mejor manera de conocerla es a través de las palabras de su creadora:

"
Hola a todos los que conocéis ya la disciplina que he creado y presentado hace casi dos años: Gym-Ki(R), y a los que aún no habéis oído hablar de ella.
Como muchos ya sabéis, Gym-Ki es una disciplina muy completa que quiere reconectar con la energía más pura y más puramente sabia que habita en nosotros y que, con el paso de las circunstancias estresantes de nuestra vida, vamos desalojando, para imponer, sin darnos cuenta, un ritmo frenético y por lo tanto, menos sano. Es como una gimnasia suave, que posee 7 series de movimientos, en los que sin embargo, los múltiples matices que hay en cada uno de ellos, consiguen que todo el organismo holístico se ponga en marcha rumbo a un mayor estado de armonía y bienestar.
Aúna mejoramiento físico, propiciando los estiramientos corporales, y la tonificación suave y constante, junto con esta re-conexión interna hacia un movimiento rítmico sereno, calmante y benefactor.
Cada uno de sus elegantes movimientos, van destinados a lograr esta armonía entre nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro aspecto emocional. A nivel físico, provoca paulatinamente una constante y suave tonificación; igualmente, incide en el estiramiento corporal, ayudando a reconducir las posturas artificiales y reconocerlas. A nivel mental y emocional, busca la serenidad, la armonía, la actitud tranquilizadora de que cada uno de nosotros podemos participar en este equilibrio.
La he diseñado para que cualquier persona pueda ejercitarla, con independencia de su edad o estado de salud. De hecho, la disciplina está pensada para aquellas personas que poseen alguna limitación o dolencia física.
No requiere demasiado tiempo; las clases se imparten una o dos veces al mes, según preferencias, y entre medias, el practicante de Gym-Ki puede realizarlo en casa.
Respecto a los horarios, procuro adaptarlos a las necesidades y obligaciones de cada participante.
A los que no lo conocéis y os interesa saber más, os remito a mi página web www.maribelmaseda.com.
Para contactar conmigo, o con Gym-Ki : www.maribelmaseda.com
Maribel Maseda"

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LA CARTA

Marta sabía que se encontraban en la recta final de una larga carrera que comenzó hacía dos años, por eso la espera se le hacía insoportable. Al ver que terminaba el año se sentía más decepcionada y triste. Sólo le quedaba la angustia de no recibir noticias, que trataba de disimular redecorando con motivos infantiles el que había sido su despacho.

Imaginaba que la festividad de los reyes magos tendría un sentido diferente para ellos cuando por fin su deseo se hiciera realidad, sin embargo, el momento no llegaba. Estaba resignada cuando el cinco de enero, a media mañana, el cartero le trajo un certificado. Apresuradamente firmó en el libro de registro y con la carta en sus manos cerró la puerta. Apretó el sobre contra su pecho y respiró profundamente para tranquilizarse. Rasgó el papel con dedos temblorosos, y una pequeña fotografía cayó al suelo. En la carta aparecía el nombre de la pequeña, una dirección y las instrucciones para ir a recogerla. Era el mejor regalo que había recibido jamás. En vez de coger el teléfono y llamar a su marido, puso la pequeña foto en un marco y la colocó bajo el abeto, segura de que le haría más ilusión que cualquier otra cosa.

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EL ESPÍRITU NAVIDEÑO

Manu había perdido la ilusión por las fiestas navideñas. Pasaba las hojas de los días de diciembre y cada vez se sentía más triste al ver aproximarse el 24. No entendía que le estaba pasando, pero no le gustaba. En varias ocasiones salió a pasear por la ciudad para ver si con la alegre iluminación de las calles conseguía animarse un poco, sin conseguirlo. La decoración de los escaparate y el frenético transitar de la gente cargados de paquetes tampoco le ayudaron, al contrario, esto le hizo confirmar que las navidades se habían convertido en una gran campaña publicitaria para incitar al consumo masivo, aunque muchos no pudieran permitírselo. Este año ni siquiera le apetecía la comida que organizaba con los colegas.

Su pareja se empeñó en montar el belén y comprar un abeto, para llenarlo de bolas y bombillas, como otros años, aunque él accedió de mala gana a colaborar en la labor de colgar los adornos y lo hizo sin ningún entusiasmo. Su casa era en el único lugar en el que podía permitirse el lujo de mostrarse tal y como se sentía, sin tener que poner buena cara o fingirse feliz. No quería saber nada del menú navideño, y se agobiaba pensando en los regalos para sus sobrinos.

Para colmo de males dos de los médicos que normalmente ejercían de reyes magos en el hospital tenían gripe y como los de oriente no podían faltar a la cita en la planta de oncología infantil le pidieron a Manu que ejerciera de Melchor. No le hizo ninguna gracia, no se sentía animado y siempre le impresionaba ver a aquellos niños pálidos o cetrinos, sin pelo, con profundas ojeras y enganchados a un montón de tubos, pero no podía negarse.

Una enfermera se encargó de maquillarle y colocarle la barba y la peluca. Cuando le entregó la ropa que debía ponerse y vio la capa color burdeos todos los recuerdos de las navidades de su niñez asaltaron su mente. Recordó la bata de terciopelo que su padre se ponía para colocar los regalos junto al árbol. En más de una ocasión le observó nervioso, con ojos inocentes, desde el fondo del pasillo, pensando que era el mismísimo Melchor. Sabía que estas fechas nunca volverían a ser igual, su reciente ausencia aún le dolía. No quería que las lágrimas arruinaran el maquillaje, así que tragó saliva, se puso la corona, respiró profundamente un par de veces y salió poniéndose los guantes. Todo el séquito cogió el ascensor. Al llegar a la quinta planta ya había niños esperándoles.

Fueron paseando por las distintas salas, entregando regalos a los pequeños. A Melchor le tocó entrar en la zona de aislamiento y tras el grueso cristal felicitar a los más graves. Manu se sintió impresionado por una niña que llevaba un pañuelo rosa en la cabeza y al verle mostró una sonrisa sincera que puso luz en su rostro cansado. Estaba dibujando un crisma, no tendría más de seis años y sus ojos reflejaban poca vida, sin embargo, su mirada era tan profunda y mostraba tanta ilusión al verle que avivó la semilla de esperanza en el corazón de Manuel. De fondo escuchó su villancico preferido, ése que su padre acompañaba siempre con la zambomba o la pandereta. Fue un momento mágico. Había recuperado la ilusión, el espíritu navideño volvió a su vida.


Graziela

Mientras intento escribir un cuento de navidad, viendo que se me pasan las fechas, arranco la última página del calendario que en unas horas quedará obsoleto, dejando atrás los meses vividos, cuelgo el nuevo almanaque, y estreno una preciosa agenda de hadas que me han regalado, pues cada vez tengo menos memoria y necesito apuntar las citas para no olvidarme de nada. No preciso hacer balance, ha sido un año bueno, me siento bien y con mucha frecuencia he sido feliz, por lo que estoy agradecida y dispuesta a seguir disfrutando de la vida, de los que me rodean y me acompañan en este camino y de los que van llegando, aunque eche de menos a los que ya no caminan a mi lado. Como parece que lo del cuento no acaba de cuajar, aprovecho para felicitaros el nuevo año, en el que espero que todos encontréis lo que añoráis y sea mejor que el que termina. CON MIS MEJORES DESEOS PARA EL 2012, Y BESITOS DORADOS PARA TODOS.




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Graziela

OS DESEO QUE EN ESTAS FIESTAS DISFRUTÉIS DE LAS PEQUEÑAS COSAS, DE LA ALEGRÍA, DE LA AMISTAD, DEL CARIÑO DE LA FAMILIA.
ESPERO QUE UNA PRECIOSA LUZ OS INVADA CADA DÍA DEL NUEVO AÑO Y SOBRE TODO QUE SEÁIS FELICES.
QUE LAS MUSAS NOS INSPIREN.

GRAZIELA



Graziela



UNA COMIDA ESPECIAL

Llamé a Marían para citarla en el restaurante “Horizontal”, en San Lorenzo del Escorial. Resultó ser tan romántico y encantador, como me había indicado mi amigo. Aunque hacía frío lucia el sol y
el lugar era una maravilla; un chalet de grandes dimensiones decorado simulando un refugio de montaña, situado en pleno monte. Cuando ella apareció por la puerta yo estaba sentado esperándola tomando un buen vino. Estaba preciosa, envuelta en su visón hasta el cuello. Nuestra mesa, frente al ventanal, nos permitía disfrutas del paisaje; se veía el bosque y alguna que otra ardilla saltando entre los pinos. Como había imaginado a ella le encantó el sitio.
Mientras examinábamos la carta decidimos pedir como entrantes croquetitas de cigala, que nos ofreció el chef de forma entusiasta y ensalada templada con nueces y queso. Los dos estábamos hambrientos y mientras traían la comida yo habría devorado a Marián allí mismo.
--Estas croquetas están exquisitas -dijo ella cogiendo otra- , tan crujientes por fuera y luego es como si se produjera una explosión de sabor en la boca ¡qué bechamel tan suave! Cuando las masticas parece que la masa ligera y caliente te acariciara el paladar y el sabor de las cigalas…
– No sigas, que entre lo que dices y la boca que pones para decirlo, no se si voy a poder
controlarme, y me gustaría llegar a los postres.
Marían rió divertida mientras se metía un poco de queso de la ensalada en la boca y cerraba los ojos para saborearlo mejor, moviendo ligeramente la cabeza hacia los lados, entre tanto me
acariciaba la mano por encima del mantel, me encantaba ese roce ligero y una sensación agradable que me recorrió entero.
Estábamos dando buena cuenta de la botella de Rioja gran reserva, y esperando impacientes a que nos trajeran el magret de pato a la plancha con salsa roja de frutos del bosque y verduritas que había pedido Marián y mi venado cuya descripción ocupaba tres líneas de la extensa carta. A mi me habría dado igual tomarme unos huevos con patatas, pues sentía cierta urgencia por estar a solas con ella, en la habitación que había reservado en el Hotel Felipe II, y el tiempo se me antojaba eterno entre plato y plato, sin poder quitar mi mirada de su escote. Marían adivinó mi impaciencia, me dedicó una encantadora sonrisa. Los segundos platos tenían un aspecto de lo más apetitoso. La carne de venado era tierna y jugosa. Marián partió un trozo del magret de pato y me lo acercó con su tenedor; cogió con los dedos una patatita de mi plato y se lo introdujo en la boca con delicadeza, chupándose los dedos con deleite.
Yo acabe mi plato y pensaba dar por terminada la comida con un café, para poder marcharnos de una vez, pues no me veía capaz de aguantar más tiempo sin abrazarla, pero ella se empeño en elegir un postre. Le gustaba ver el deseo en mis ojos. Algo ligero, dijo y pidió sorbete de frambuesa y limón. Me miraba con los ojos brillantes y sonreía mientras sorbía con su pajita el manjar helado.
Comencé a acariciar con mi pie su empeine, a escalar por su pierna con suavidad; Marián no dejaba de mirarme desafiante, con sonrisa juguetona, sabía que me encantaban esos juegos. Me sobresalté cuando note el calor de su pie en mi entrepierna, había colocado el talón en el borde de mi silla y me acariciaba con movimientos precisos, sin dejar de observarme risueña para ver la reacción de su gesto en mi rostro, me hizo atragantarme con el primer sorbo del café italiano que me acaban de traer. Abría mucho los ojos, fingiendo sentirse sorprendida y hasta escandalizada por el efecto del masaje en mi bragueta.
– Con el vino que he bebido yo no puedo conducir. Deberíamos dar un paseo por el pueblo para ver si nos despejamos un poco.
– ¡Estás loca!, con este frío. Mejor iremos pasearemos hasta el hotel Felipe II, tengo reservada
habitación.
– Da gusto contigo, cariño, estás en todo.
Al legar a la habitación del hotel y ver las rosas rojas que cuidadosamente había dejado extendidas sobre la cama, Marián se enroscó en mi cuello, ocultando su rostro en mi pecho. Yo le agradecí el gran esfuerzo que había tenido que hacer para acudir a la cita. Sabía lo difícil que le resultaba distraer unas horas de su interminable jornada, sin embargo para mí todo había sido mucho más fácil, al fin y al cabo sólo había tenido que decir un par de medias verdades sin consecuencias. Ella también me sorprendió al quitarse el vestido y quedar enfundada en un conjunto de encaje color frambuesa de lo más sugerente.
Después de amarnos con ansia, con fuerza y con ternura hasta quedar extenuados, nos dormimos. Despertamos sobresaltados, se había hecho tarde. Precipitadamente nos vestimos. Acompañé a Marián a su coche y nos despedimos con un apasionado beso, durante unos segundo seguimos abrazos y ella me susurró al oído, conduce despacio, yo tengo que recoger a los niños y nos vemos en casa.

Publicado en la revista Papirando nº 19 "Historias de amor"
Graziela
TODO ROJO

Desde el amplio ventanal, a través de las rejas, veo como las ratas se descuelgan de los árboles; corren por el jardín, se esconden entre las plantas y por los rincones. Parece que a ellos no les hacen nada, ni siquiera las ven. Son muy astutas y se mantienen alerta; deambulan veloces, acechando. Quieren que yo salga para lanzarse sobre mi como alimañas que son, morderme las piernas y devorar mis orejas, sacarme los ojos... Me dan miedo y no puedo dejar de mirarlas recorrer los senderos y detenerse en la hierba, expectantes.

Hace una semana que decidí dejar de tomar la medicación. Me atonta demasiado. Procuro mostrarme dócil y sumisa para que crean que me tiene dominada. No discuto con nadie y participo en las actividades que me sugieren. Soy mucho más lista que ellos. Espero el momento oportuno para escaparme, lo tengo todo planeado. Si no fuera por esas malditas ratas ya no estaría aquí.

Seguro que cuando Raúl se entere de que me tienen encerrada en este horrible lugar, con todos estos tarados, vendrá a buscarme.

Al niño no le echo mucho de menos. No soportaba sus llantos; sólo conseguía que se estuviera quieto cuando le ataba y le dejaba a oscuras en el cuarto. Le quiero, es mi hijo, pero estoy mucho más tranquila sin él, seguro que la bruja de mi madre le cuida bien y hasta le hace comida caliente y le mantiene limpio. No puedo quitarme de la cabeza que ese mocoso llorón es el único culpable de que Raúl me abandonara sin dar señales de vida. Creo que no le dejan verme. La arpía de mi madre nunca le pudo soportar. Decía que no era bueno ¡Qué sabrá ella!. Yo le quería, me cuidaba, a su manera. ¡Si no fuera por lo celoso que era...! El muy cabrón no me dejaba hacer nada, pero casi nunca llegábamos a las manos. Sólo una vez que se empeñó en retenerme en casa y le rompí el macetero en la cabeza. Salí despavorida de allí, gritando, cuando vi toda aquella sangre por el suelo, por las paredes. Las sirenas, la policía. No quiero acordarme de eso, me pone muy nerviosa. Se me nubla la vista, lo veo todo rojo. No, no, no, otra vez no.

- Mercedes calma. Deja de moverte así que puedes hacerte daño en la cabeza con el cristal. ¡Quieres un tranquilizante?

- No, no. Déjame, estoy bien. Estoy perfectamente. Que no venga el gordo. No voy a hacer nada.


- Muy bien. Respira. Eso es. ¿Salimos a dar un paseo? Hoy hace una preciosa tarde otoñal, con todos esas hojas que el viento arrastra por el jardín ¿Es eso lo que mirabas? ¿por qué te asustan las hojas? No te preocupes Mercedes, mañana vendrá el jardinero y las recogerá todas. Tranquila. No pasa nada, te acompañaré a tu habitación y será mejor que te tomes la medicina ahora, así podrás descansar.


Cuento publicado en PAPIRANDO 18 – Locura + Alienación
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