Graziela


Clara quería ayudar, no sabía a quién ni dónde. Buscó fundaciones y asociaciones por las que se sintiera motiva. Empezó por hacer de lectora para ciegos, lo que supuso una experiencia nueva y gratificante, y aunque los invidentes que conoció eran personas alegres y parecían felices a ella le apenaban y lo dejó. Se apuntó para cuidar niños en una asociación de madres trabajadores que criaban a sus hijos solas, y conoció historias conmovedora, también terminó dejándolo, pues todos aquellos niños necesitaban atención y tuvo miedo de que se crearan vínculos demasiado fuerte entre ella y los pequeños o sus madres.
Le ofrecieron acompañar a ancianos, y educadamente declinó la invitación. La gente mayor tiene poca paciencia y suele ser impertinente y ella quería ayudar, pero no estaba dispuesta a aguantar a nadie.
Eso de ser voluntaria no era lo que esperaba, se sentía más confusa, triste y abrumada que antes de intentarlos y un día comentándolo con sus amigas de la partida de canasta, Marita, una de ellas le dijo que si quería ayudar debería pensar en los demás, no en ella. Que empezara por abajo, sin miedo a ensuciarse. Aquello la desconcertó, tampoco era imprescindible rebozarse en el fango, con lo que de ningún modo conseguiría sentirse a gusto. Sin duda daba una imagen demasiado aséptica, y eso podía hacerla aparecer como alguien superficial.
Días pasó meditando sobre aquella conversación hasta llegar a la conclusión de que Marita tenía algo de razón. Sin pensárselo dos veces decidió tirarse al barro y lo hizo de la mano de una vecina que trabajaba para los sin techo una noche a la semana. El panorama que vio se le antojo terrible, sin embargo, aunque le parecía absurdo se sintió más próxima a aquella gente que a muchas de las personas con las que trataba habitualmente. En la calle se encontró con un montón de historias, contacto con una realidad que ni siquiera imaginaba. Gente de toda condición que por un revés de la vida, un giro inesperado en su camino, se encontraba sin un techo donde guarecerse. Tanto le impresionaron algunos testimonios que esperaba ansiosa el momento para volver a encontrarse con ellos, o con otros que estaban en la misma situación.

Preparaba grandes termos de caldo y café para ayudarles a paliar el frío. Allí conoció a Santiago, un hombre curtido que había sido marino, y bajo su apariencia andrajosa descubrió a un ser excepcional. Se enamoró de su voz, de las historias que contaba y de sus manos. En aquellos encuentros, delante de un bidón con fuego, durante el invierno más frío del siglo, Clara había encontrado por fin como dar sentido a su vida.
Graziela


EL MANZANO

Cuando llevábamos un año saliendo, Carlos, que sabía de mi afición a la jardinería me regaló un manzano. Él mismo me ayudó a plantarlo. Era muy pequeño con un tronco delgado y endeble; desgarbado y sin gracia. Me pareció un regalo muy soso Y pensé que no sobreviviría al invierno, igual que dudaba de lo nuestro.
La primavera siguiente el arbolito se cubrió de brotes, se llenó de vida, que salpico de blanco el verde de algunas de sus ramas. Los dos asistíamos maravillados a todos sus cambios, temerosos de que alguna granizada o un mal viento arrasara nuestra ilusión y deshojara una por una sus preciosas flores. No fue así, aunque lo nuestro poco a poco se enfrió. Contra todo pronóstico la floración se mantuvo. Yo lo regaba, lo cuidaba con mimo y lo abonaba; presenciaba con entusiasmo el milagro de ver como los diminutos frutos crecía por semanas. Hacía meses que lo nuestro terminó. Las pequeñas manzanas iban madurando ante mis ojos. Mientras recolectaba la reducida cosecha disfrutaba de la belleza de cada pieza, del suave tacto de su piel, del fresco aroma. Eran preciosas: rojizas, brillantes, parecían de cera, manzanas enanas de cuento, más pequeñas que ciruelas. Al contemplarlas le recordé a él: sus manos fuertes horadando la tierra o recorriendo mi cuerpo; su olor, mis dedos entre su cabello y el brillo de sus ojos cuando me miraba. Hice una foto de las manzanas y se la envié. Minutos más tarde teníamos una cita para saborearlas juntos.


Graziela




Esperaba ansioso que cayera la tarde. Ver desde la ventana el ocaso, esa hora triste en la que los días languidecen ya sin fuerza, para morir lentamente. Observaba el ajetreo del puerto desde mi ventana, y me servia una copa de vino tras otras. No bebía para olvidar, al contrario. Apuraba esas tres copas con la que me sentía capaz de afrontar mi pasado, de recordar los momentos en los que la tuve, en los que con ella gocé. Después con la mirada perdida en el horizonte, que se desdibujaba al caer la noche, sabía que nunca más la tendría. Así con cada anochecer la volvía a perder para siempre entre la bruma.
Graziela



MUJER SONRIENTE

Ella sonreía. Agarrada a la barra metálica, con los auriculares puestos y leyendo. Le daba igual si estaba rodeada de gente o sola en el vagón. Nunca se sentaba. Permanecía de pié frente a la puerta, ajena a los empujones, los malos olores y las conversaciones que había a su alrededor.
Yo la observaba. No sé bien porqué, tal vez me llamó la atención que apenas cambiaba de atuendo; siempre llevaba sus botas, limpias, brillantes y viejas y un bolso grande color marrón.
El mismo libro entre las manos, que a juzgar por la señal que marcaba su lectura acababa y volvía a empezar una y otra vez. Durante meses coincidimos y ella sonreía. Durante el trayecto yo la observaba, trataba de imaginar que música escuchaba y el motivo de su alegría; cada día me inventaba una historia sobre su vida que al llegar a mi estación olvidaba.
Una mañana, fuera del horario habitual cogí la misma línea. Había mucha gente en el tren y entre los demás la distinguí. Con el pelo muy liso y la mirada lejana, sonriendo, con sus auriculares puestos. Ella me miró y al sentirse observada volvió a concentrarse en su lectura, y movió la cabeza como si siguiera el ritmo de una música, sin dejar de sonreír.
Hace unas semanas la vi a lo lejos en el primer vagón, como siempre. Poco a poco me fui abriendo paso para acercarme a ella y cuando llegué a su altura, inesperadamente, la vi desvanecerse. Los de alrededor la sujetaron, alguien se levantó para cederle el asiente. Me coloqué a su lado, hice que la gente le dejara espacio para que pudiera respirar mejor. Poco a poco se fue espabilando. Parecía desorientada, le ofrecí agua y un caramelo, que aceptó al instante Le di su libro. Y volví a colocarle los auriculares, que también se le habían caído. Pude comprobar que no estaban conectados a ningún aparato. Supe que ella escuchaba su propia música. Me miró agradecida, con dulzura y sentí como si me mirara por dentro; me dedicó la mejor de sus sonrisas.

A partir de aquel día siempre nos saludamos.
Graziela


HORA TRISTE.

Olvido avanza despacio por el viejo pasillo de la iglesia. Va cogida del brazo de su hijo, con la cabeza baja, arrastrando su pena, sin querer ver a nadie ni mirar el féretro que brilla frente ellos. Hace días que libró su última batalla, y las consecuencias aún se reflejan en su rostro. Le costó trabajo hacerse a la idea de que su marido nunca volvería a ser el mismo, y pensó que esta podría ser la última oportunidad para reconciliarse, para cuidarle con el cariño que antaño le tenía, pues del amor ya no quedaba nada.
Él no se quiso enterar de que la enfermedad que padecía tenía mal pronostico y siguió llevando la misma vida, la misma mala vida. Después, encontró en su dolencia el pretexto perfecto para poder continuar fumando, bebiendo, dilapidando en locales de alterne y juego los ahorros que habían conseguido durante los años que duró la instalación de la refinería de Francia, que de otro modo no tendría tiempo de gastarse. Total, ¡qué más le podía pasar! Como se consume el humo de un cigarro fue quemando su salud, a grandes bocanadas; se fue apagando como un mal habano. Cada vez se sentía más débil, impotente e inseguro y toda la rabia que eso le generaba la volcaba en su mujer, hasta que apenas tuvo fuerza para salir, y la hiel le llenó la boca. Para entonces a Olvido sólo le quedaba el odio y el deseo de liberarse de él de una vez y para siempre.
Terminó el funeral, al que apenas pudo prestar atención, metida en su propias cavilaciones. Pensando en lo diferente que era el hombre con el que se casó del que terminó siendo al regresar a España, sin reconocer a ninguno de los dos en el cadáver que ahora tenían delante. La gente comenzó a acercase a ella, a abrazarla y trasmitirle sus condolencias. Entonces y sólo entonces, comenzó a llorar, suavemente. Notaba cómo las lágrimas caliente recorrían su rostro y los pésames se sucedían. Sólo su hijo sabía que no lloraba por él, era un llanto de alivio.

Graziela


TANTA TRISTEZA

Hacía semanas, tal vez meses, que ella había perdido la noción del tiempo. A veces los días se le antojaban interminables, eternos allí encerrada. No sabía cómo era capaz de soportar tanto sufrimiento.
Primero se vio obligada a abandonar su hogar, su ciudad, con su marido y su niño; tuvieron que huir  para esconderse en un cuartucho sin luz, sin ventilación, en el que se hacinaban dos familias y la suya, con poca comida y sin ninguna higiene. Después, cuando parecía que nada podía ir peor les detuvieron.
Sin previo aviso entraron a empujones, dando golpes, sin tener en cuenta que fueran hombres o mujeres, jóvenes o viejos, ancianos o niños, les daba igual, ellos imponían su autoridad a la fuerza, debían demostrar que eran superiores en todos los sentidos; creían formar parte de otra raza. Su intención era causar daño y si en sus crueles ataques brotaba sangre y moría alguien, mejor todavía, así los demás se mostraban más dóciles.
Resistencia. Qué resistencia podrían oponer ellos, si en su mayoría a duras penas eran capaces de tirar de sus cansados cuerpos. Alguno intentó revolverse, rebelarse ante aquella situación tan injusta; las mujeres chillaban espantadas, con un grito que les salía de lo más profundo de su ser cuando sus hijos les eran arrancados de los brazos, sin piedad, arrebatándoles así lo único que las unía a la vida.
Les obligaron a subir a un tren, a entrar en vagones de carga. Los llenaron hasta tal punto que al cerrar las puertas y durante el largo trayecto muchos murieron asfixiados, aprisionados unos contra otros; no quedaba ningún espacio, ni siquiera para caer al suelo desfallecidos.
Cuántas de aquella personas hubieran preferidos morir en ese viaje, pensaba ella mientras sentía como un mordisco en el vientre, un dolor agudo que la rompía por dentro. Después, algo caliente resbalar entre sus piernas húmedas de los vapores humanos, inhalando el olor dulzón de la sangre. Podía sentir el aliento de su marido en la cabeza, notar su abrazo, era lo único que realmente le quedaba, además del agotamiento y el miedo.
Exhaustos por la falta de descanso, las enfermedades, la desnutrición y la sed, eran la sombra de ellos mismos cuando fueron conducidos al campo de concentración.
No podría precisar el tiempo que llevaban encerrados allí, viviendo en barracones, sobreviviendo por la fuerza de la inercia que la llevaba a respirar. No había vuelto a ver a su hijo y al enterarse por otros que su marido trabajaba en el grupo que había sido llevado a una de las grandes naves de chimeneas, sabía que todo estaba perdido se apoyó en la pared para sostener tanta tristeza y al fin, sin albergar ya el más mínimo resquicio de esperanza se pudo rendir a la muerte, deseando encontrar en ella la única salida que le quedaba. Fue rápido, sin esfuerzo, sus piernas se negaron a mantenerla y simplemente dejó de respirar.




Graziela



UNA NOCHE CUALQUIERA

Conde, sale al escenario y espera a que se haga el silencio. Se sienta en la silla de enea que queda libre, en el centro, y comienza a dar palmas. Son como latigazos. Con el pie marca el ritmo. Se le unen las de la Rubi y la guitarra de Antolín. Una suave calidez envuelve la sala.

Estrella cierra sus ojos de luna nueva, y de su voz de mimbre y cobre brotan unos fandangos:

“En la fuente del cariño sólo mojaste tus labios,
por eso tu amor no es puro y ha durao tan pocos años..."

La Rubi, poseída por un impulso irrefrenable, se levanta y con andares salerosos recorre el pequeño tablao sin dejar de tocar las palmas. Arquea la cintura y taconea. Da un golpe de melena y como un tornado, los rizos levantan una ventolera de azabache y canela; sus manos se mueven igual que pájaros revoltosos que aletean a su alrededor. La madera canta bajo sus tacones con una melodía propia y ella parece ajena a la fascinación que provoca. Todo es sentimiento, giros y vueltas de mantón de flecos dibujando arabescos.

Quejidos y cante salen del corazón de Estrella, y con la última palabra un rasgueo de cuerdas de guitarra que parecen gemir; después, silencio. Todo queda en suspenso por unos instantes. Luego la explosión de aplausos y una gran algarabía recorre la sala.
Graziela


Como cada primavera Josefina, "la profe" de gimnasia del C.C. Buenavista, nos brindo la oportunidad de pasar un día al aire libre para hacer senderismo, y yo no pude negarme a la tentación. Este año preparó una excursión al Ferrocarril del Tiétar.

Se ve que con la ruta, el autocar y los guías también encargó un día primaveral, pues el cielo estaba límpido y prometía mantenerse así durante toda la jornada, lo que ya suponía una alegría después de tantas lluvias y días grises.

Madrugamos, pues la cita era a las 8,15, aunque tuvimos que esperar hasta que estuvimos todos y salimos a la hora prevista.
Por la carretera de Extremadura nos dirigimos al suroeste de la Comunidad de Madrid, a la poco conocida Mancomunidad de Pinares, y la primera parada la hicimos en Aldea del Fresno, para desayunar y tomar fuerzas para la caminata. 



Dimos un paseo por el pueblo antes del café, y pudimos ver el pequeño parque situado al lado de la iglesia. Luego nos acercamos a ver el río, y no sorprendió una playa, en la que imaginamos que en días de veranos la gente aprovecha para disfrutar de un buen baño en el río.


Seguimos una carretera de montaña, que pasa tan cerca del Safari Park en Aldea del Fresno, que desde el autocar pudimos ver a lo lejos avestruces. Llegamos al  embalse de Picadas (Pelayos de la Presa). Este embalse recoge las aguas del río Alberche,  donde comienza de la Vía Verde, que sigue la plataforma del ferrocarril del Tiétar, por el valle del Alberche, que nace en la vertiente norte de Gredos y no del Tietar como sería más lógico pensar. Este ferrocarril fue un proyecto de finales del siglo XIX, que nunca llegó a terminarse, aunque si su trazado que llega hasta el embalse de San Juan, punto en el que termina la ruta.
  

La presa de Picadas fue construida en 1952 y tiene una altura de 60 metros de hormigón . La ruta transcurre por un cañón fluvial.

Un sendero, cómodo de recorrer, nos permitió apreciar el bosque mediterráneo: encinas, robles, pinos, cornicabras (fácil de distinguir porque ramifica desde abajo y por las curiosas formaciones que recuerdan los cuernos de las cabras), pinos, alisos y acebuches.  



Plantas aromáticas (tomillo, cantueso, romero...)

Este bosque mediterráneo también presenta influencias occidentales, con enebros y sabinas. Nos deleitamos con el resultado de las abundantes lluvias de este año, que han hecho brotar en todo su esplendor multitud de flores silvestres,que pintaban el campo a ambos lados del camino de vivos colores: jaramagos, botones de oro, margaritas, narcisos, jaras rosas, etc. 



También pudimos observar a los buitres que nos sobrevolaban y otros pájaros, pues es una zona especial de protección de aves y una de las buitreras más importantes de España se encuentra muy próxima. 

Cruzamos la presa, y buscamos un lugar para hacer un pequeño descanso y tomar un tentempié, antes de continuar. 




 Pasamos el tunel, y tras el frescor que da la piedra y la oscuridad...





De nuevo el agua, el sol, la belleza del paisaje y las pequeñas flores



Y así con los ojos llenos de tonos vivos y luz, y gracias al ligero vientecillo que nos acompaño durante todo el trayecto, llegamos al final de la ruta y vimos el embalse de San Juan, con los pies un poco más cansados al llevar andados 10 km.  Como el senderó era llano y realizamos el camino con tranquilidad, en vez de quedarnos en el merendero que allí había, nuestro guía decidió buscar alguna pradera para poder disfrutar del almuerzo.
Subimos un pequeño repecho y entre los pinos nos instalamos cómodamente para dar buena cuenta de cuanto llevábamos en nuestra mochilas y aligera totalmente el peso de las mismas.




 Al sentarme me di cuenta de que estaba cansada. Compartimos viandas, charlamos y reímos. Después incluso quisimos hacer la competencia a los pájaros que nos habían acompañado con sus trinos, y sin temor a que el maravilloso azul se cubriera de nubes,  cantamos, unas mejor que otras, pero todos con alegría y el buen humor que se siente cuando estás feliz. 
Especial mención merecen Delia, la mayor del grupo que pese a haber pasado un invierno bastante regular se apuntó a la excursión y no solo cantó, sino que también bailó y nos hizo reír; y Carmen, que transmite esa alegría que le caracteriza, y fue la primera en "salir al escenario", y aunque ya no está en el mismo grupo que yo, seguimos siendo compañeras y cuando nos vemos lo celebramos.


Estas salidas anuales que organiza Josefina no sólo suponen un corte en la rutina diaria y una oportunidad para disfrutar de la naturaleza (con lluvia o con sol), sino que también es una experiencia y un modo de conocernos mejor y de compartir algo más que frutos secos, lo que siempre es importante.  


Después de comer y recuperadas del paseo, con buen ánimo levantamos el campamento para caminar el tramo que nos quedaba, sin embargo aún subimos un pequeño tramo para poder contemplar desde arriba la maravillosa vista del Monasterio de Santa María la Real de Valdeiglesias, perteneciente a la orden cisterciense desde mediados del siglo XII.


No podía faltar la foto del grupo y pese a los preciosos parajes que habíamos recorrido no se nos ocurrió hacerla antes, así que no quedó muy bien el fondo, pero lo importante en este caso eran las personas, y esas están todas estupendas.


Gracias a todos y en especial a Josefina, por hacer posible que pasara este día tan estupendo y volviera a casa llena de energía, aire puro y un dulce recuerdo.

Graziela



SEMILLA DE DUDA

Las observa desde el zaguán. Son tan bellas... Sus cuerpos bronceados han dejado de ser infantiles y, aunque apenas empiezan a dibujarse en ellos las curvas propias de la adolescencia, ya se nota el incipiente abultamiento de sus pechos, sobre todo en la amiguita de Claudia. Las niñas corren, saltan y se zambullen en el agua tras mil cabriolas graciosas, entre risas y gritos.
- Abuelo, mira cómo nos tiramos.
- Muy bien, Claudia ¡Menudo salto! Sois unas campeonas.
A él le encanta verlas; las mira complacido mientras le crecer el deseo, que como una enredadera se afana por subirle desde los pies, enmarañándole los sentidos y cegándole el entendimiento.
- Tengo que ir a la botica-, comunica a su hija, quitándose de en medio.
Sabe que esos sentimientos no son normales y le dan miedo.
- ¿Me estaré volviendo loco? Es esa “lolita” amiga de mi nieta. Sabe que es bonita y se pavonea delante de mí, intentando llamar mi atención todo el tiempo.
A la memoria de Samuel vuelve la vieja historia olvidada. Sus padres y él tuvieron que abandonar el pueblo por aquel escándalo; aunque no llegó a pasar nada, temían las habladurías y que al final las cosas fueran a más. Se trató de una chiquillada sin malicia. Esa dichosa cría no paraba de provocarlo todo el tiempo y él era casi un hombre. Se limitó a darle lo que le pedía y la muy zorra se lo dijo a su madre; le acusaron de abusar de ella. Parecía que se hubiera producido una hecatombe. Él estaba tranquilo, sabía que no la había forzado, fue algo natural. Nadie lo supo entender así. Durante algún tiempo, a veces, sorprendía a sus padres observándole con una mirada extraña. Sabía que la semilla de la duda había sido plantada en sus vidas.
Aquella noche, a través de la pared, escuchaba a las pequeñas reírse en la habitación de al lado. No conseguía dormirse. Luego el silencio le fue acunando. Oyó gemidos, palabras entrecortadas y alarmado acudió para ver qué pasaba.
Claudia dormía plácidamente ajena a todo. Rocío, estaba empapada en sudor.
- Sólo ha sido un mal sueño - dijo, mirándola con ternura.
La niña se recostó sobre él buscando consuelo. La abrazo para tranquilizarla, con cuidado le retiró de la cara el cabellos mojados, comenzó a acariciarle suavemente la cabeza, los hombros, los brazos, la colocó el camisón bien y cuando volvió a dormirse regresó a la soledad de su cuarto. Se sentía tranquilo, sabía que aquella semilla de duda que un día plantaron en él jamás llegaría a dar fruto. Con una sonrisa en los labios se dejó sorprender por un sueño placentero.


Graziela



EL SETENTA Y CUATRO

Doña Carmen no suele coger el autobús pero su hija ha insistido en que fuera hoy a comer y esta línea la lleva de Francisco Silvela a Rosales, casi de puerta a puerta. Trabajosamente ascendió al vehículo, con el paquete de la pastelería colgando del brazo. Se sorprendió de lo mucho que había subido el billete desde la última vez. Al dar un vistazo al interior observó que pese a ser una hora rara, no quedaba ni un solo asiento libre. Una chica con melena larga y un pircing en la ceja que iba leyendo, le cedió amablemente el asiento, y ella se lo agradeció. Tenía por delante un largo trayecto y la idea de hacerlo en píe, intentando mantener el equilibrio agarrada a una barra le parecía un suplicio; antes de sentarse lanzó una mirada reprobatoria al hombre de al lado, que ni se molestó el levantar la vista de la maquinita cuyas teclas pulsaba compulsivamente. Se acomodó y empezó a observar a los viajeros más próximos: dos muchachos con mochilas que seguramente se habían fumado la clase y parecían muy divertidos; una señora mayor con la bolsa de la compra de la que asomaban los rabos de unos puerros; un tipo con aspecto de extranjero; la muchacha de las ojeras que iba dormitaba enfrente; un señor con gafas que leía el periódico y tenía un tic que le obliga a cerrar el ojo derecho y mover la nariz a intervalos exactos, en cuya contemplación se quedó enganchada. La sobresaltó la estridente melodía de un teléfono móvil, sacándola de su entretenimiento y centró su atención en la extravagante de botas de charol blanco con altos tacones, jersey turquesa y melena ajada. “No tiene edad para nada de lo que lleva” - pensó de inmediato. “¡Por dios, que facha! Hay gente que no sabe vestirse, aunque seguro que esa ha sido así toda su vida, no hay más que verla, es una ordinaria. Sentenció. Escuchó sin esfuerzo la conversación de la que todo el bús era oyente obligado por las voces que daba la buena mujer.

     - Yo no la he vuelto a llamar, desde la faena que me hizo en el viaje a Gandía. -dijo- Perdona que te diga, pero es una guarra. Sí, hija sí; siempre ha sido una interesada y una aprovechada.
La estrambótica mujer de pronto se levantó apresurada y alcanzó la salida cuando a punto estaban de cerrarse las puertas, llevándose con ella la charla.

Unos bajan, otros suben y el autobús quedó más silencioso, hasta que se aproximó un chaval con los cascos puesto que coreaba de vez en cuando la canción que escuchaba, y dado el volumen al que lo hacía, también los mazazos de la música machacona repercutían en las personas que tenía cerca.

Al otro lado del pasillo y una fila más adelante se acomodó una mujer, corriente, de mediana edad. A doña Carmen esa cara le recordó a alguien, aunque era tan despistada que a veces se cruzaba por la calle con familiares o conocidos sin saludarles y no es que fuera antipática, aunque muy simpática nunca había sido, es que era muy mala fisonomista. No, no conseguía acordarse en ese momento de donde, ni de qué le sonaba esa mujer. Le daba rabia y se recriminó por su mala memoria.

Al poco rato también la escuchó hablar por teléfono. Al oír su voz estuvo segura, la conocía pero seguía sin ubicarla. Intentó agudizar el oído, que ya de por si empezaba a fallarle y pensó “que manía tiene todo el mundo con los dichosos móviles... Igual que Lulu, que en cuanto está aburrida telefonea a quien sea. A mi me parece hasta de mala educación. No, si no me extraña que al pobre Miguel se le lleven los diablos cada vez que vienen los recibos. ¡Lo que le gusta hablar a la gente...!”.

Se esforzó en escuchar, para ver si a través de la conversación conseguía identificarla y cada vez le resultaba más familiar su voz. Al principio no conseguía entender todo lo que decía, afortunadamente se seguía bajando gente y el ruido de alrededor disminuyó paulatinamente, permitiéndole entender mejor la conversación que seguía con creciente interés.

     - Entiéndeme, no es que me vayan a echar, pero te lo digo por si tengo que buscar otra casa. Aun no lo debe saber nadie. Últimamente yo no les veía nada bien, pero nunca pensé que llegaran a esto. Me enteré de casualidad, tuvieron una conversación entre ellos subida de tono y al día siguiente oí al señor hablar con don Ramón, su abogado. A mi me da pena por los niños, sobre todo por Borjita. Si, es casi un bebé, acaba de cumplir quince meses. No tengo ni idea de lo que va a hacer la señora. No, doña Lourdes no trabaja. Bueno colabora con una fundación, pero sin sueldo ni horario. Parece que de allí es de donde han surgido los problemas. Tampoco se quién se quedará con la casa de Rosales, aunque supongo que ella y los niños. Mujer, lo mismo él también ha tenido sus líos, pero no creo que sea de ese tipo; casi vive para su trabajo, se pasa la vida en la consulta. Si, será muy normal, pero es una faena. Seguro que reducen personal. Si hija una lástima, después de tantos años. Miedo me da cuando se sepa. Ya veremos. Lo mismo buscan una más joven que les haga todo y se ocupe del bebé. Ahora con las extrajeras les saldría más barato. Bueno, te dejo que estamos llegando a la última parada, y si enteras de algo, dimelo, por si acaso.

La gente que quedaba en el autobús se va apeando y doña Carmen permanece pensativa en su asiento, sin fuerzas para moverse, pensando en su hija. Espera a que salga todo el mundo, se siente deprimida. De pronto ve que abajo la está esperando Juanita, la debe haber visto al salir. Es la chica de su hija, la tiene desde que se casó.
Graziela


NADIE COCINA COMO SU MADRE

Cuando conocí a Marta estaba estudiando en Madrid, vivía en un piso de su familia con otras dos amigas. Me llamó la atención que se alimentara prácticamente de bocadillos. Al parecer sus padres tenían una finca en Extremadura, con cerdos, ovejas y vacas. Hacían matanza todos los años, además el padre era aficionado a la caza. Su madre elaboraba los quesos y unos embutidos exquisitos de cerdo ibérico, jabalí o venado. Francamente, a mi tampoco me costó acostumbrarme a esa comida, pues la chacina estaba deliciosa.
Después de un año saliendo, nuestra relación parecía que iba en serio y accedí a conocer a sus padres. Me sorprendió lo simpática que era Mercedes, su madre, rápidamente me acogieron como parte de la familia. Mercedes cocinaba de maravilla, se le daba igual de bien preparar un potaje, habitas confitadas, croquetas de jamón o platos mucho más elaborados como los que hacía con carnes de caza, unas exquisiteces como jamás había probado, dignos de los mejores restaurantes. Yo que, por ser huérfano de madre, desde niño permanecí interno, apreciaba mucho más sus comidas.
No hacía más que animar a mi novia a que aprendiera a cocinar, pero ella contestaba airada:
- Yo no soy como mi madre, odio la cocina. Lo que más me gusta del mundo son el jamón y el lomo que mi padre me suministra, así que no tengo problemas. Claro que tú puedes meterte con mi madre en los fogones, que estará encantada, ademas, por mi estupendo si aprendes algo de ella.
Cuando las cosas empezaron a irles peor en el campo, yo sugerí a Mercedes que organizara una empresa de catering que seguro que era un éxito, incluso me ofrecí a ayudarla con la creación y gestión del negocio, pero aunque era un sueño que acariciaba con frecuencia, no se atrevía a dar el paso.
Tengo que reconocer que no me hizo ninguna gracia que mi novia decidiera hacer el último curso de su carrera en Alemania, pues yo acaba de incorporarme a un nuevo trabajo y no podía visitarla con frecuencia, así que nos veríamos menos.
Al principio nos conectábamos a diario por internet, pues el teléfono nos salía carísimo. Nos veíamos cada dos o tres meses. Yo seguía en contacto con su familia, les apreciaba. De vez en cuando me invitaban al campo a pasar el fin de semana. En esas ocasiones su madre me preparaba cosas riquísimas, y esos maravillosos tocinillos de cielo que me hacían salivar nada más olerlos; sabía perfectamente mis gustos, había hecho de mi un gourmet. No me conformaba con cualquier cosa, como antaño; antes de venirme me daba tarteras o frascos con menús que me alimentaban durante una semana.
El padre de Marta enfermó, tuvieron que trasladarse a Madrid para que le operaran y seguir el tratamiento posterior aquí, yo les acompañaba. Ella tuvo que regresar antes de lo previsto. Durante los meses siguientes yo la notaba muy rara, aunque lo achaqué a la grave situación de su progenitor, pero cuando su padre murió me anunció que volvería a marcharse a Alemania, tenía posibilidades de encontrar un buen trabajo allí, además, se había enamorado de un holandés, y tenían pensado vivir juntos.
Yo no conseguía encajar aquel golpe y su madre quedó desolada: su marido había muerto, su hija se marchaba a vivir al extranjero y para rematar la situación la finca no podía ir peor. Los dos estábamos viviendo un momento amargo, como pomelos. Mercedes arrendó la finca trasladándose a vivir a Madrid al piso que antes ocupaba Marta. Nos veíamos con frecuencia. Como ella no estaba para guisos entonces, compartíamos algunos bocadillos que yo mismo preparaba. Poco a poco se fue recuperando de la depresión, acostumbrándose a la soledad. Al final se decidió a llevar adelante aquel sueño que tan lejano parecía. Montamos una pequeña empresa de catering. Gracias a mis contactos no nos faltaron clientes desde el principio. Nos iba tan bien que dejé mi trabajo y también empecé a ayudarla en la cocina, pues me di cuenta de que me encantaba.
A Marta no le salieron las cosas como esperaba con Eric. Regresó, pero para entonces su madre y yo hacía tiempo que éramos socios. Compartíamos algo más que fogones.


Graziela



LA MEJOR ELECCIÓN

Fue difícil, suponía un cambió importante en mi vida y me costó decidirme. Tal vez, desde el principio, fuera demasiado exigente, pero al final lo he conseguido.
Fuerte y rotundo, pero sin ser duro; de trato agradable, suave. La primera noche supuso toda una experiencia, gracias a ti cada día me levanto más relajada y contenta. Me acoges cariñoso y guardas memoria de mis contornos. Yo me siento tranquila sabiendo que me esperas para abrazarme y subirme a las nubes, velar mis sueños, proporcionándome el mejor descanso. Yo no te cambiaría por ningún otro, y no te sientas celoso de la almohada, no tienes motivo, te aseguro que ella no termina de convencerme.


Graziela



EL REGALO

En realidad no sé cómo dirigirme a usted, ya que no la conozco ni sabía de su existencia, y no he podido reprimir la irrefrenable necesidad de escribirle esta carta. Le pido disculpas porque lo mismo no le apetece saber nada de mí.
Mi nombre es Leticia Prada Ruiz y estoy profundamente impresionada por lo ocurrido ayer. Entré en el metro, en la estación de El Capricho, y me senté frente a una mujer que era yo misma. Verme en su cara, en sus ojos, que reflejaban similar perplejidad, resultaba absurdo, irreal. Estaba tan turbada que creí que iba a desvanecerme. Todo el vagón debió darse cuenta de la desazón de dos mujeres idénticas que se comportaban como si jamás se hubieran visto.
Aún no sé en qué momento intercambiamos nuestros teléfonos y concertamos una cita para el día siguiente. Ella dijo que no podía entretenerse, tenía que recoger a su madre. En aquel momento no lo pensé, pero imagino que usted también debe ser la mía.
Siempre creí que era hija única, hasta ayer. Al llegar a casa, no me atreví a llamar a mi madre y pedirle explicaciones, aunque en mi cabeza surgían mil preguntas que me atenazaban  la garganta, quemándome, pugnando por salir. ¿Quién es realmente mi madre? ¿Me arrancaron de sus brazos al nacer? ¿renunció a mí o a mi hermana? ¿Me entregó a otra pareja? ¿Supo que había tenido gemelas? ¿Fue todo un engaño o un malentendido? No conozco las respuestas y no puedo contarle a nadie que las dudas me devoran el alma. Es muy duro darte cuenta de que has vivido en una mentira, que ni siquiera sabes quién eres o de dónde vienes. Intento relajarme. En casa me notan rara, pero no quiero contar lo ocurrido. No he podido dormir en toda la noche debatiéndome entre la necesidad de saber más y el miedo a no poder digerir lo que me cuenten.
La vida sigue y los engranajes de la rutina diaria comienzan a moverse muy temprano. Me dejo arrastrar por la inercia y se me ocurren mil historias diferentes que me hacen entender porqué a lo largo de mi vida a veces me he sentido enferma sin estarlo, o triste sin motivo. Me doy cuenta de que no es “cosa de nervios”, como decía el médico cuando me ocurría algo así que nadie podía explicar.
Siempre soñé con tener hermanos y a menudo sobre todo de cría, me gustaba fantasear con esa idea. Ahora no sé si estoy enfadada o contenta. No puedo dejar de pensar y tengo que replantearme muchas cosas. ¿Por qué ayer? ¿Por qué en una estación de metro que nunca había estado? Solo quería conocer el parque de El Capricho, parece una broma del destino.
Me gustaría conocerla y saber toda la historia, o su versión de la misma, pero ahora pensar en un encuentro me desconcierta y me produce cierto miedo. Yo ya tengo una madre a la que adoro y aunque no necesite otra, una hermana es un regalo por el que espero poder estar agradecida siempre.

Graziela


Parece que el 31 de diciembre, cuando toca despedir el año, todos hacemos memoria para recordar lo que nos ha deparado el que se va, que dentro de nada, y por el simple hecho de cambiar el 2 por el 3 nos resultará más lejano. Mi balance es muy positivo, pues aunque he tenido sobresaltos, disgustos, decepciones, adversidades; he visto la enfermedad pasar cerca, y he compartido la pena de los que han perdido a alguien, he procurado sacar una enseñanza de todo ello, y también he disfrutado mucho y he sido feliz. 
Durante el 2012 he aprendido cosas nuevas, he recuperado actividades que tenía casi olvidadas, he viajado y conocido lugares estupendo, disfrutando también del paseo con mi compañero de viaje; he escrito mucho y estoy muy satisfecha de algunos de los cuentos que pronto veré publicados. Sigo ahondando en mi y avanzando pasito a pasito; he dado y recibido amor y sobre todo he compartido todo esto y muchas cosas más con mi familia, amigos y la gente que a ratos o durante mucho tiempo me acompañan en este camino que es la vida.
Quiero daros las gracias desde el corazón a todos, por vuestro apoyo, comprensión, ayuda, compañía y cariño, que me hacen querer ser mejor.

Os deseo que en el año que empieza riáis más, juguéis de vez en cuando, hagáis cosas que os resulten gratas, y disfrutéis de todo lo que cada día os depara, aprendiendo de las malas experiencias y gozando de las buenas. 

Empieza un nuevo año, un nuevo comienzo que podemos aprovechar para renovarnos, para que puedan producirse cambios a nuestro alrededor con una actitud más positiva y alegre.


FELIZ AÑO NUEVO CON AMOR Y LUZ.
Graziela

FELIZ NAVIDAD


Es fácil desear paz y un mundo mejor, aunque no resulte tan sencillo ver cumplirse estos deseos. 
Me entristece que este año, ni siquiera en las felicitaciones navideñas seamos capaces de evitar hacer referencia a la situación económica, y a las medidas políticas del momento, que para algunos parecen ser lo que rige nuestra existencia.  Tampoco me gusta que otros nos acerquen al miedo y quieran hacernos creer en un inminente final catastrofistas y apocalípticos.  
Yo por mi parte quiero darle un nuevo sentido a estas fechas, marcadas por el consumismo de muchos y las apreturas y carencias de muchos otros. Mejor dicho, quiero recobrar el  significado de la palabra navidad como 
"nacimiento de la vida en ti", sin necesidad de entrar en creencias o religiones. 
Aprovechar cada momento; disfrutar de la alegría de estar con tu gente, de los reencuentros, de compartir comidas, de los pequeños regalos que recibimos cada día, aunque no estén envueltos en papeles brillantes con lazos de colores, de ser obsequiosos, de pensar en los demás, y en definitiva, agradecer lo que tenemos.
Para conseguir un mundo mejor empecemos por cambiar nosotros, desde dentro. Es un buen momento para plantar una semilla de amor en nuestro interior, cuidarla día a día, alimentarla con cariño y comprensión, y mimarla para que crezca. Desde el corazón. 
FELIZ NAVIDAD PARA TODOS, Y MUCHOS BESITOS DE COLORES.

Graziela

Algo tierno para esta fechas


OJITOS

Yo de pequeña era muy alocada, inquieta, de las que no paran de jugar. Nunca he tenido vocación, pero como mi madre y mi abuela fueron estupendas en su trabajo, se suponía que yo, llevando sus genes, también debería serlo.
Me sacaron de mi hogar y me introdujeron en una familia, que sería la encargada de educarme. Eran afectuosos y amables conmigo, aunque no dejaban de corregirme constantemente. Sin embargo, notaba que no querían encariñarse conmigo. Intentaban mantener cierta distancia y cuando yo me emocionaba con algo, lo que ocurría con mucha frecuencia, y me mostraba entusiasmada, besándoles, haciendo bailecitos o dando brincos, inmediatamente me tranquilizaban hasta que se me pasaban las alegrías. Poco a poco, me acostumbré a su forma de ser, a cómo funcionaban las cosas en la casa, a que yo no era el centro y a que todo tiene su momento. Gracias a ellos, fui creciendo y madurando, mi carácter se hizo más afable, y me convertí en un ser tranquilo, obediente y responsable, y cuando empecé a sentirme contenta en mi piel, sin los altibajos de algarabía y depresión más propios de la adolescencia, me empezaron a llevar a la escuela.
Allí conocí a compañeras estupendas, pero la educación era personalizada y apenas si teníamos actividades en grupo, así que no pude hacer grandes amistades. Estaba visto que esa iba a ser una constante en mi vida. La soledad.
Me enseñaron todo lo que consideraron que debería conocer. Además de controlar mis instintos más animales, podía moverme con facilidad por la ciudad. Respetar las normas de circulación; utilizar el transporte público; caminar entre la gente, como si fuera distraída y, sin embargo, pendiente en todo momento de adelantarme a posibles peligros.
Yo no conseguía ver un sentido a todas esas enseñanzas y tampoco resultaba especialmente divertido, pues tenía que mantenerme alerta en todo momento. Lo mejor del día era cuando me dejaban tiempo libre en el parque, que yo aprovechaba para correr como una loca por el césped, pero esos ratos de expansión cada vez resultaban más breves y controlados.
A veces, me sentía triste al ver cómo otros congéneres disfrutaban jugando y, libres de ataduras, se revolcaban por la hierba o chapoteaban en la fuente llenos de barro.
Mi vida cobró sentido el día en que me la presentaron. Tímidamente, comenzó a tocarme la cabeza; su mano suave se deslizaba por mi pelo, palpaba mis grandes orejas y me recorría el cuello. Con cuidado, sus dedos largos dibujaron los contornos de mis ojos, el morro y la nariz y vi que sonreía confiada mientras me acariciaba el lomo y tocaba mi rabo, que yo no dejaba de mover como un abanico. Me estaba reconociendo. Yo la identifiqué al instante. Era ella, Lucía. Toda mi vida había estado preparándome para ella.
Me llamó Ojitos y no Rita, como todos. En pocos meses nos hicimos íntimas amigas, inseparables. Ya casi no la veo llorar, está contenta, se le nota más segura y hasta ha empezado a maquillarse. En el parque hemos conocido a otra pareja como nosotras; él es muy agradable y yo tengo un olfato extraordinario para estas cosas. Nora y yo también nos llevamos bien, es gratificante compartir un rato con alguien que tiene el mismo trabajo, que te comprende y con la que te entiendes sin necesidad de decir nada. Se nota que ellos se gustan y como Lucia confía plenamente en mí, en cuento les veo a lo lejos la encamino hacia allí. Luego mientras hablan, Nora y yo echamos unas carreras y les dejamos solos un rato. Se ve que se están enamorando y yo disfruto viendo a mi chica feliz.



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