Graziela


UNA NUEVA PRIMAVERA
El sol inundaba la estancia, eso la animó. Desde que él se fue no soportaba estar en casa, el peso de la soledad la asfixiaba. Mientras se daba la crema, con el mismo terno negro del día anterior, se vio más vieja que nunca. Cogió un libro y lo guardó con sus cosas en un bolso cualquiera.
Sus pasos la llevaron al parque. Los niños jugando, los perros, los ancianos; inspiró profundamente y se sentó en un banco. Escuchó la primavera. Por primera vez en muchos meses consiguió centrase en la lectura. Alguien se acercó y le pidió permiso para sentarse a su lado. Un día precioso, ¿verdad?, ella no tenía ganas de conversación pero al ver aquella sonrisa afable, cerró el libro, y sin saber que hacer se entretuvo buscando en el bolso. Encontró un espejito que él la regaló hacía mucho tiempo. Al mirarse le sorprendió su mirada de siempre, solo tenía cincuenta años y una vida por delante.


Graziela

Para celebrar la primavera Josefina, nuestra profesora de gimnasia del C.C. Buenavista, nos propuso una excursión. Visitaríamos el pueblo de Valverde de los Arroyos y luego haríamos una ruta de senderismo hasta la Cascada de Despeñalagua. Lo organizó todo, como siempre, y el pasado viernes nos pusimos en marcha.
Salimos a primera hora de la mañana de Madrid, con la mochilla cargadas de alegría y ganas de pasarlo bien, además en esta ocasión, hasta el tiempo acompañaba. Fuimos hasta Tamajón, donde hicimos una primera parada para reponer fuerzas, además aprovechamos para comprar magdalenas, tortas, pastas y otros productos de elaboración artesanal de la zona, para llevar a casa a nuestro regreso.
Desde allí, por una carretera muy sinuosa que ofrecía un preciosos paisaje de robles, majuelos, jaras, genista, etc. llegamos a Valverde de los Arroyo, localidad pintoresca, perteneciente a la ruta de "Los Pueblos Negros", que se encuentra en la comarca de la Serranía de Guadalajara. 
Paramos en la Plaza para dar una vista general y mientras María Jesús, nuestra cicerone particular, nos contara características de la localidad, escuchábamos la cantarina fuente y respiramos la calma y el sosiego que entre semana habita este lugar, no así en días de fiesta, pues es una zona muy visitada y concurrida de turistas, según nos dijeron.
Valverde de los Arroyos se encuentra situado en la falda del Pico de Ocejón, que tiene una altura de 2.400 metros y cúspide piramidal. Las casas son de pizarra, que da sus construcciones el aspecto característico de los pueblos negros, sin embargo aquí, en las cubiertas de madera, entre las pizarras hay cuarcitas, que con el sol ponen reflejos dorados que iluminan el fondo oscuro de su arquitectura.
Desde allí, por el paseo de los Guindos caminamos hasta el inicio de la ruta. 
Según las indicaciones, recorrer el camino nos demoraría una media hora, pero como nosotros lo hicimos despacio y disfrutando, para no perdernos detalle tardamos un poco más. 
Al principio vimos frutales, cerezos, manzanos y perales, y una zona con alojamientos rurales, muy apetecibles. 
Por un sendero estrecho y a veces tan angosto que nos obligaba a hacerlo en fila, caminamos entre brezos, aromáticos cantuesos en flor, y genista aún por florecer, sobre un suelo de pizarra recorrido con frecuencia por regueros de agua procedente de arroyos y manantiales, que surgen por doquier, y que en el pueblo procuran canalizar para regar los huertos, y aprovechar así este agua.

Preciosos castaños, guindos, algunas jaras y multitud de florecillas nos fueron acompañando y alegrando la vista, que si mirábamos más lejos nos ofrecía un paisaje de montes arbolados, con grandes lajas de pizarra.
Las cumbres aún mantenían zonas con nieve. La temperatura era muy agradable e invitaba al paseo. Durante todo el trayecto se escuchaba el relajante sonido del agua, corriendo por los arroyos y pequeñas cascadas que salpicaban el trayecto, sobresaliendo por encima de los alegres trinos de los pajarillos. 
Una delicia, más  al ser compartida por el grupo, en el que nunca faltaba una mano amiga para ayudarte en los tramos más escabrosos y resbaladizo. 
El sonido refrescante del agua se avivaba y empezamos a ver a lo lejos la cascada de Despeñalagua, que a medida que nos acercábamos se hacía más espectacular. Sus aguas provienen de pequeños arroyos y manantiales, y del deshielo del Ocejón y el Campachuelo. Quedamos gratamente impresionadas. El agua cae sobre escalones de piedra y desciende 120 metros.  Y como una imagen vale más que mil palabras, aquí tenéis unas cuantas:


 
 









Los más osados cruzaron con precaución las rocas y grandes lajas por las que desciende el agua,  para acercarse más a la base de la cascada y sentir sobre la piel la agradable sensación de ser salpicada por un agua tan pura y cristalina, que con un día caluroso apetecía refrescarse.
Para comer elegimos la praderita situada al pie de la cascada con los arboles que la circunda, pues el sol a esa hora no era muy benigno. Algunos nos cobijamos bajo un magnifico nogal, que parece nacido para el disfrute de los visitantes y  que nos proporcionó una fresca sombra; otros eligieron la zona más cercana al agua, que invitaba a tocarla, espejeando. ¡Estaba helada! Todos dimos buena cuenta de los bocadillos, las tortillas de patata, la empanada, chocolates y tarta de frutos secos, que acompañamos con un poderoso orujo. Después, para bajar la comida, contentas y animadas, cantamos y practicamos algunas de las coreografías que hacemos en clase. Estábamos tan divertidas, disfrutando del paisaje y la alegría del momento, hasta que unas nubes amenazantes nos animaron a iniciar el regreso, aunque al final no descargaron.
Mas ligeras iniciamos el camino de vuelta, que hicimos con tranquilidad, aunque algunas se adelantaron y tuvieron que esperar bajo un guindo, entre charlas y risas hasta que estuvimos todos para la imprescindible foto de grupo.

 Como aún era pronto, tuvimos tiempo para pasear por el pueblo, ver la plaza, que se caracteriza por ser un espacio utilizado para juegos tradicionales y bailes. La iglesia parroquial de San Ildefonso, del siglo XIX, sobria, con una cúpula muy original y bonitas imágenes de la pasión. El Museo Etnológico, situado en una casa típica en la calle de las Escuelas; callejuelas y casas reconstruidas, ejemplos de arquitectura de los pueblos negros. Un lugar con mucho encanto, como demuestras estas fotos, que a todos nos dejó un buen recuerdo en recuerdo. 


 


 





Además, yo como soy amante de plantas y flores, de camino me entretuve y cogí un ramito precioso.

Disfruté un montón viendo ejemplares impresionantes como calenduras,  peonias y dedaleras dignas de mención, como podéis ver a continuación.




 Una maravilla, una delicia para la vista que me hizo volver con los ojos llenos de colores, la mente despejada y el espíritu sereno, y esto no solo fue obra del paisaje, el agua y las flores, sino por la buena compañía, con la que compartí este día. Mi agradecimiento para todos y en especial a Josefina, que lo hizo posible. 



Graziela




UNA BUENA CARRERA

            Estrené la mañana con mal pie; me había dormido. Comencé a trabajar más tarde que de costumbre y con poca suerte. Anduve dando vueltas por la zona centro, sin conseguir cargar; media hora en una parada charlando con los colegas hicieron más amena la espera ¿Dónde están hoy los clientes? Me preguntaba sorprendido.  Las doce y sólo llevaba una carrera en mi haber. En Serrano pensé ir a Atocha a recoger viajeros, entonces  me paró una mujer muy elegante. La observé por el retrovisor acomodarse en el asiento, con su gran bolso de piel y la bolsa de una compañía de telefonía. Parecía nerviosa y, sin embargo, no decía adónde quería que la llevara, como suele hacer la gente antes incluso de meter las dos piernas en el taxi y darme tiempo a bajar la bandera. No me resultaba desconocida. Melena lisa, tez bronceada y unas enormes gafas de sol. ¿Sería una famosa de las que salen en las revistas que tiene Mercedes en la peluquería? Lo mismo ya la había cogido otras veces. Esta, desde luego, no tiene pinta de usar el transporte público -me dije.
-                   Buenos días ¿Dónde vamos? - le pregunté viendo que ya estaba sentada y seguía sin abrir la boca.
-                   Buenos días. A las Barranquillas, por favor. -dijo con voz firme.
Me volví incrédulo y pude fijarme mejor en su pelo cuidado, en el traje de chaqueta que seguro era de firma y en el collar y los pendientes, que de discretos tenían muy poco.
-                   Señora, creo que usted se confunde. ¿a qué calle quiere ir?
-                   No se la calle y no me confundo. Arranque de una vez.
-               Lo siento pero yo no voy a ese poblado chabolista. Si quiere llegar allí tendrá que buscarse a otro que la acompañe. Es una zona muy peligrosa para gente como nosotros.
-                   Por favor, se lo ruego. Necesito ir. Le pagaré lo que me pida.
-                  Mire, señora, el mercado de la droga hace tiempo que se trasladó, y la gentuza  que anda por la zona es capaz de darnos unas cuantas puñaladas y dejarnos en la cuneta sin parpadear, y solo por quedarse con sus gafas.
-                   Necesito conseguir droga, es una cuestión de vida o muerte. Usted tiene que ayudarme. -suplicó con voz temblorosa y a punto de echarse a llorar.
             Me dio lástima; tras ese aspecto impresionante veía una mujer desesperada y muy vulnerable. Arranqué sin rumbo mientras le preguntaba qué era exactamente lo que quería comprar. Al ver que nos movíamos suspiró aliviada y me explicó que necesitaba heroína de la buena, que no era para ella. Eso se veía. Prometió pagarme por todo el día. Me encaminé hacía la Cañada Real. Entre los compañeros hay de todo, y yo sabía que ahora la mejor droga de la capital estaba allí.
      Paré el coche y le indiqué la puerta. Hubiera debido acompañarla. Con esa pinta seguro que la engañaban, aunque no era mi problema y no tenía ningún interés en meterme en un lío, sobre todo por una mujer a la que no conocía, por muy inocente que me pareciera.
    Cuando salió estaba blanca, se sentó en el taxi y echó la cabeza hacia atrás, respirando profundamente. Se rehízo y  empezó a rebuscar en el bolso. Sacó un papel.
- ¿Ha conseguido lo que quería?
- Sí, gracias a Dios. Ahora vamos a Pobladura del Valle, en San Blas.
      Durante todo el trayecto ninguno de los dos dijimos nada. Al llegar, ella me pidió que la esperara, aunque lo mismo tardaba un rato. Cuando se apeó aparqué en la puerta de un bar. Necesitaba ir al baño, me vendría bien tomar algo y fumarme un cigarrillo para entretener la espera.
     No habían transcurrido ni diez minutos cuando la mujer elegante entró en aquella tasca, aún llevaba la bolsa de Movistar en la mano. Pidió un gin-tonic que se bebió sin respirar. Pagó las consumiciones y salimos.
-  Vamos al parque que hay al otro lado la calle. Conduzca despacio, estoy buscando a alguien.
Había chavales encaramados en el respaldo de un banco, una pareja rara acostada en el césped, y seguimos dando la vuelta. Cuando vio a un hombre sentado, con la cabeza entre las manos, me pidió que parara. Yo les observaba. Él tendría unos cincuenta años, bien vestido, chaqueta de cuero, botas y vaqueros; estaba escuálido, con la barba crecida y greñudo. Se abrazaron con cariño, él parecía a punto de quebrarse; ella entregó la caja de un móvil y dejó la bolsa en el banco, aunque no pude ver qué más contenía. Conversaron un rato. Rebuscó en el bolso,  y miró a su alrededor antes ponerle en la mano un pequeño paquete, para cerrársela inmediatamente, como si ambos temieran que aquello se escapara. También le dio algo de dinero.
Volvió al taxi sin mirar atrás, con la cara surcada por enormes lagrimones que no trató de disimular. Permanecí unos tensos minutos esperando que me indicara el próximo destino. Aproveché para observar de reojo cómo el hombre se marchaba con pasos inseguros. Eran casi las cuatro de la tarde cuando la dejé en su portal y me sentí aliviado. Estaba cansado. Había hecho la carrera con la que sueña cualquier taxista, y la propina casi la igualaba, pero tenia un sabor amargo en la boca. ¡Se ven tantas cosas en este trabajo…! 
En la misma esquina me paró una anciana y así fui cogiendo a unos, soltando a otros, sin reparar mucho en ninguno de mis clientes. No podía quitarme de la cabeza a aquella mujer y al hombre del parque, imaginando un montón de historias que unieran a ambos. Decidí irme a casa. No había comido y me notaba agotado.
A la mañana siguiente, empecé temprano y mientras desayunaba en el bar eché un vistazo al periódico. La cara del hombre escuálido aparecía en la página de sucesos, lo habían encontrado los jardineros, tirado en el césped semidesnudo, con un par de navajazos que le causaron la muerte. Todo indicaba que había sido víctima de un atraco. Su hermana, una conocida presentadora de televisión, estaba consternada con la noticia.
Quedé impresionado. 
Otro mal comienzo para una jornada más.
Graziela


AÑORA SUS MANOS...

Añora sus manos, la suavidad de sus dedos con el roce y la presión. Ella siempre fue la más querida, y espera impaciente que vuelva a buscarla. Tiembla si piensa cómo juntos interpretaban las melodías que les nacía de lo más profundo, del amor que les unía. Él sabía como nadie transmitir esos sentimientos a los demás. La emoción de la espera, su abrazo, cuando la iba templando. Le sentía tan cerca que podía escuchar latir su corazón mientras las notas brotaban emocionadas para invadir el aire, llenar el escenario y la sala entera. Gente de todo el mundo ha disfrutado con ellos y sabe que es española y desde su nacimiento tuvo vocación artística, aunque nunca llegó a imaginar que sería el mejor quien tañera sus cuerdas. Ahora añora sus manos y aunque no la toque, imagina el roce de sus dedos sin poder evitar que surja un triste quejido por la pena que la embarga.
Graziela


INCOMPRENDIDO

Y es que no me cree cuando digo que me siguen. Yo no le digo a nadie cómo debe vivir, y a mí, que me dejen en paz. Cuando Irina se marchó mi hermana Concha se preocupó mucho, por ella, que a mí no me engaña. Que si soy agresivo y bronco, que si no me lavo... Nunca la pegué y si dijo lo contrario mentía. Ya sé que tampoco tenía que empujarla o zarandearla. Ella sabía bien cómo ponerme al límite, y yo golpeaba la pared. A veces, después me disculpaba; me hacía la vida imposible y se empeñaba en tener razón. “El enemigo vive dentro” me decía cuando compraba un nuevo cerrojo para la puerta. Y, encima, alegaba que todo lo que hacía era porque me quería. Sí, me quería. Vivir calentita y tener dinero para comprar, eso es lo que ella quería. Si no, ¿por qué se fue precisamente cuando me echaron?  Yo sería igual de insufrible con empleo que sin él ¿no? Que no me chupo el dedo, que no soy tonto, al menos no tanto como pensaba la muy zorra.
El despido fue otra patraña, ¡vamos…! ¿No era mi despacho? pues no entiendo entonces que me largaran cuando vieron la nueva cerradura en la puerta.
No puedo con esa obsesión de Concha por la limpieza. Me ducho una vez a la semana, y me cambio de ropa, lo demás es vicio, o es que la gente es muy guarra y se mancha mucho. Mi casa está bien. No me importa que se amontonen platos en la pila, ni que huelan los ceniceros. Cuando ya no caben más colillas los vacío y listo ¿Qué problema hay? Ninguno. Pues si quiere llamar a sanidad, que llame. ¡Claro que no ventilo! Además puede entrar alguien por la ventana. Las cucarachas no me molestan, son inofensivas y discretas, en cuanto enciendes la luz corren a esconderse para no morir despachurradas.
Lo que no sabía Irina es que no estuve sin trabajar ni un mes, porque Iván, que sabe que soy muy buen programador, me vino a buscar. Me entrega el trabajo y lo recoge en la cafetería,  y nos comunicamos a través del correo electrónico. Ni hecho a la medida conseguiría algo mejor, es lo ideal; no tengo que hablar con nadie, aguantar  pamplinas ni templar gaitas. Y, además, me pagan bien.

Tan pesada se puso Concha con lo del psicólogo que una de dos, o la cogía del cuello o iba a la cita. ¿Y para qué me sirvió? Para que me remitiera al psiquiatra y por eso si que no pasé. ¡Para que me atiborre de pastillas y no pueda ni pensar...! Yo no estoy loco. Es esta hermana mía, que nunca está contenta con nada. No le pareció bien cuando le conté que había encontrado un terapeuta que me entendía y decía que la ira y la rabia había que sacarlas. Desde que estoy con él hace un montón que no tengo que visitar urgencias para que me curen las manos después de un ataque de rabia. Que me quieren sacar el dinero, eso es todo lo que argumenta. ¡Qué sabrá ella! Si no ha ido a ninguna reunión. Ellos no te hacen hablar ni contar intimidades, al contrario, todo lo dice el maestro y tú, solo tienes que asentir. Ahora están preparando un viaje a la India. Todavía no le he dicho a Concha, me he apuntado y quién sabe, lo mismo en algún lugar perdido conozco a la hija de un rey y me caso con ella. Tampoco soy tan mal partido…
Graziela


BAJO LA LLUVIA

Me gusta la lluvia en verano. Es una delicia para los sentidos, el olor a tierra mojada, ver como caen las gotas sobre el suelo caliente, del que asciende una espacie de humo, al refrescarlo; escuchar el alegre tintineo en los cristales y el agua que salpica en los charcos y hace saltar burbujas.
El primer recuerdo que tengo está vinculado a un aguacero estival. Es como si viera una fotografía antigua, una de esas imágenes que mantienen viva en nuestra memoria determinada situación a través del tiempo. Habíamos ido al río, hacía mucho calor; mi madre estaba sentada en la hierba, recostada sobre el tronco de un árbol, leyendo; mi padre y yo nos fuimos a dar un paseo y a buscar poleo. El cielo nuboso se empezó a poner muy oscuro, el sol desapareció de pronto. En un momento comenzaron a caer unas gotas enormes, mi padre me dio la mano para regresar, y empezamos a correr. El agua fría me asustó, lloraba, no quería mojarme y él me cogió en brazos. Mamá salió a nuestro encuentro y nos abrazo riendo. Mi reacción le hacía gracia.
A mi madre le encantaba que la lluvia la mojase, siempre que no hiciera frío. Su pelo parecía mullirse, se volvía más abundante con la humedad y ella disfrutaba dejando que el agua la fuera empapando poco a poco, sin importarle que la ropa se le pegara al cuerpo. Solía apremiarnos para que saliéramos con ella al jardín. Jugábamos al corro, cantábamos y corríamos alborozados a su alrededor mientras daba vueltas con los brazos muy abiertos, la cara chorreando, y los ojos cerrados en dirección al cielo. Yo aún debía ser muy pequeño. Luego llegó el invierno y con las nubes densas y sucias ella parecía enfadada todo el tiempo. Los cumulonimbos obscurecieron el cielo de nuestro hogar.
Una terrible tormenta se desató el día que papá hizo sus maletas. Yo le vi desaparecer por el camino desde la ventana de arriba, bajo una cortina de agua. Se fue la luz, una lluvia torrencial golpeaba contra el tejado y los rayos iluminaban la habitación seguidos de un ruido ensordecedor. Mamá me apretaba con fuerza contra su pecho y me acunaba como si fuera un bebé. No quería llorar. Llovió durante varios días, despojando a los árboles de toda vestimenta y destrozando las flores de las azaleas. Los regueros de agua también arrastraron esa alegría que nunca consiguió recuperar del todo.
Volví a ver a mi padre cuando murió mamá, muchos años después. Apenas le recordaba. Era diciembre y un cielo de mercurio parecía a punto de derramarse sobre nosotros. Entonces me enteré de que tenía otra familia y un par de hermanas.
Nunca me han gustado las tormentas, sin embargo, con la lluvia de verano buscaba a mis hermana, las agarraba fuertemente de las manos y las sacaba al patio, para dejar que el agua dócil nos acariciara la cara. A veces, si papá estaba en casa, también se nos unía, mientras desde la ventana la madre de las niñas nos regañaba, hasta que se acostumbró.

Con cada aguacero rememoro aquellos momentos; los olores y los ruidos me devuelven a mi madre y a otros tiempos felices. Me gusta la lluvia en verano.