Graziela


SU MEJOR PAPEL

            A medida que crecía su fama aumentaban sus manías, supersticiones, miedos, y también las exigencias que imponía en los contratos: no rodaba el 13 si era martes, no se pondría ropa amarilla nunca, tampoco protagonizaría la muerte violenta de ninguno de sus personajes.
            Había conseguido convertirse en una estrella, una diva admirada, consentida por directores y productores, que toleraban sus extravagancias.
            Le ofrecieron el papel de su vida, con inmejorables condiciones económicas. Nadie tuvo que convencerla para aceptarlo, aunque le preocupaba el final. Morir degollada la inquietaba, la producía pesadillas. Convino con el director que la última escena la rodarían con su doble.
            La noche del estreno Ella estaba bellísima, era el centro de todas las miradas y bajo la luz de los focos su gargantilla de brillantes centelleaba. El éxito de la película sobrepasó todas las expectativas y algunos ya hablaban de su nominación a los Oscar. Antes del cóctel se ausentó para retocar su maquillaje y su ausencia se prolongó más de lo esperado.
            Al día siguiente su rostro ocupaba la portada de todos los diarios. Había sido encontrada en los servicios, con un profundo corte en el cuello y sin su gargantilla.




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EN  PISTA

            No conseguía sacarme la maldita música de la cabeza. Estaba acostumbrado a escucharla casi a diario, durante años, pero nunca me había martilleado el cerebro de esta manera; es un tormento que ni de noche cesa. Es la misma que se oía de fondo cuando el presentador anunciaba su número, bueno, nuestro número.
            “Y ahora, con todos ustedes la gran Karen y los hermanos Flaim”. Yo podía ver con los ojos cerrados la imagen luminosa de Macarena en el centro de la pista, atrayendo toda la luz del cañón como si su figura fuera un precioso imán; el reflejo irisado de las lentejuelas salpicaba las gradas  haciendo guiños al público y ella saludaba con una graciosa reverencia, estrenando sonrisa en cada función; luego, moviendo su capa con un ligero aleteo nos requería a su lado. Miguel y yo acudíamos prestos, sonrientes. Su bonita silueta no dejaba de sorprenderme cada tarde, daba igual el traje que luciera. Giros, equilibrios, saltos y como era de esperar “el más difícil todavía”. Después los aplausos, la gloria, y aunque fuera él quien dormía en su caravana, a mi me bastaba con sujetar sus manos o sus tobillos con fuerza para sentirme unido a ella.
            Ahora escucho el redoble de tambores en mis oídos al coger el pomo de la puerta y girarlo para entrar. Inspiro profundamente intentando esbozar mi mejor sonrisa, aunque por dentro fluya el llanto como una gran cascada. No puedo mirarla a los ojos, no me atrevo a bajar la vista  y contemplar el guiñapo en que se está convirtiendo su cuerpo.
            Cojo su mano inerte, fría, y no la reconozco; la aprieto con fuerza sin que haya respuesta. Todavía tengo la sensación de que se me escurre entre los dedos, de que no puedo agarrarla y se me escapa. Un segundo, un centímetro para evitar lo inevitable.
            Sigue sonando la música de fondo, pero han enmudecido los tambores cuando salgo de la habitación llevándome su perfume y mi dolor. Miguel no se separa de la cabecera  de su cama ni de día ni de noche. No dice nada, pero yo veo la tristeza y un reproche prendido en su mirada vacía.
            Mañana vendré a despedirme. Salimos de gira, les diré, saben que el espectáculo tiene que continuar, pero no voy a ninguna parte sin ellos. Nadie puede ayudarme. Solo hay una manera de sacarme esta maldita música de la cabeza y los tambores redoblarán por última vez.

             
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MANZANAS

Silvio llegó a España de la mano de una mujer que conoció en La Habana, como un souvenir. Todo en Madrid le impresionó. La primera vez que entró en el mercado no podía cerrar la boca de asombro, le emocionó ver tanta variedad de manzanas, brillantes y perfectas; las peras, melocotones; pavos, perdices, conejos, codornices, todo estaba colocado de exposición, como para una foto y se podía elegir y comprarse sin problemas. Él se encargaba de preparar la comida y pronto se acostumbró a vivir en la abundancia, a saborear cada día su fruta favorita y la mejor comida.
Mariana era fácil de complacer, le gustaba, y había tantas mujeres hermosas que la mirada se le escapaba siguiendo andares sinuosos, melenas doradas, o aromas dulzones.
Añoraba sobre todo la alegría y la música de su país. Enseño a bailar a Mariana y frecuentaban discotecas y clubs; lo que más le gustaba era la música en vivo. Poco a poco la vida nocturna en la capital le atrapó, como una gran araña, enredándole entre sus  hilo. Como su mujer tenía que madrugar no podían salir todas las noches y viendo que él languidecía en casa entre semana, sentado frente al televisor tomando un ron detrás de otro, soltó la mano con la que fuertemente te agarraba por miedo a que volara solo o encontrara otro nido en donde instalarse.
Silvio buscaba una oportunidad para tocar el piano y la cogió en el aire en cuanto apareció. Se le veía feliz. El problema surgió cuando le ofrecieron salir de gira. Ella se negó rotundamente, discutieron y finalmente él se marchó.
De nuevo la soledad llenó cada rincón de la casa de Mariana y durante meses no supo nada de él. Un día regreso para quedarse, aunque no fue por mucho tiempo.
Ya ninguno hace preguntas, se limitan a disfrutar cuando están juntos y ella le evoca al ver las manzanas que tanto le gustan marchitándose en el frutero.
  

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Graziela


UNA NUEVA PRIMAVERA
El sol inundaba la estancia, eso la animó. Desde que él se fue no soportaba estar en casa, el peso de la soledad la asfixiaba. Mientras se daba la crema, con el mismo terno negro del día anterior, se vio más vieja que nunca. Cogió un libro y lo guardó con sus cosas en un bolso cualquiera.
Sus pasos la llevaron al parque. Los niños jugando, los perros, los ancianos; inspiró profundamente y se sentó en un banco. Escuchó la primavera. Por primera vez en muchos meses consiguió centrase en la lectura. Alguien se acercó y le pidió permiso para sentarse a su lado. Un día precioso, ¿verdad?, ella no tenía ganas de conversación pero al ver aquella sonrisa afable, cerró el libro, y sin saber que hacer se entretuvo buscando en el bolso. Encontró un espejito que él la regaló hacía mucho tiempo. Al mirarse le sorprendió su mirada de siempre, solo tenía cincuenta años y una vida por delante.


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Para celebrar la primavera Josefina, nuestra profesora de gimnasia del C.C. Buenavista, nos propuso una excursión. Visitaríamos el pueblo de Valverde de los Arroyos y luego haríamos una ruta de senderismo hasta la Cascada de Despeñalagua. Lo organizó todo, como siempre, y el pasado viernes nos pusimos en marcha.
Salimos a primera hora de la mañana de Madrid, con la mochilla cargadas de alegría y ganas de pasarlo bien, además en esta ocasión, hasta el tiempo acompañaba. Fuimos hasta Tamajón, donde hicimos una primera parada para reponer fuerzas, además aprovechamos para comprar magdalenas, tortas, pastas y otros productos de elaboración artesanal de la zona, para llevar a casa a nuestro regreso.
Desde allí, por una carretera muy sinuosa que ofrecía un preciosos paisaje de robles, majuelos, jaras, genista, etc. llegamos a Valverde de los Arroyo, localidad pintoresca, perteneciente a la ruta de "Los Pueblos Negros", que se encuentra en la comarca de la Serranía de Guadalajara. 
Paramos en la Plaza para dar una vista general y mientras María Jesús, nuestra cicerone particular, nos contara características de la localidad, escuchábamos la cantarina fuente y respiramos la calma y el sosiego que entre semana habita este lugar, no así en días de fiesta, pues es una zona muy visitada y concurrida de turistas, según nos dijeron.
Valverde de los Arroyos se encuentra situado en la falda del Pico de Ocejón, que tiene una altura de 2.400 metros y cúspide piramidal. Las casas son de pizarra, que da sus construcciones el aspecto característico de los pueblos negros, sin embargo aquí, en las cubiertas de madera, entre las pizarras hay cuarcitas, que con el sol ponen reflejos dorados que iluminan el fondo oscuro de su arquitectura.
Desde allí, por el paseo de los Guindos caminamos hasta el inicio de la ruta. 
Según las indicaciones, recorrer el camino nos demoraría una media hora, pero como nosotros lo hicimos despacio y disfrutando, para no perdernos detalle tardamos un poco más. 
Al principio vimos frutales, cerezos, manzanos y perales, y una zona con alojamientos rurales, muy apetecibles. 
Por un sendero estrecho y a veces tan angosto que nos obligaba a hacerlo en fila, caminamos entre brezos, aromáticos cantuesos en flor, y genista aún por florecer, sobre un suelo de pizarra recorrido con frecuencia por regueros de agua procedente de arroyos y manantiales, que surgen por doquier, y que en el pueblo procuran canalizar para regar los huertos, y aprovechar así este agua.

Preciosos castaños, guindos, algunas jaras y multitud de florecillas nos fueron acompañando y alegrando la vista, que si mirábamos más lejos nos ofrecía un paisaje de montes arbolados, con grandes lajas de pizarra.
Las cumbres aún mantenían zonas con nieve. La temperatura era muy agradable e invitaba al paseo. Durante todo el trayecto se escuchaba el relajante sonido del agua, corriendo por los arroyos y pequeñas cascadas que salpicaban el trayecto, sobresaliendo por encima de los alegres trinos de los pajarillos. 
Una delicia, más  al ser compartida por el grupo, en el que nunca faltaba una mano amiga para ayudarte en los tramos más escabrosos y resbaladizo. 
El sonido refrescante del agua se avivaba y empezamos a ver a lo lejos la cascada de Despeñalagua, que a medida que nos acercábamos se hacía más espectacular. Sus aguas provienen de pequeños arroyos y manantiales, y del deshielo del Ocejón y el Campachuelo. Quedamos gratamente impresionadas. El agua cae sobre escalones de piedra y desciende 120 metros.  Y como una imagen vale más que mil palabras, aquí tenéis unas cuantas:


 
 









Los más osados cruzaron con precaución las rocas y grandes lajas por las que desciende el agua,  para acercarse más a la base de la cascada y sentir sobre la piel la agradable sensación de ser salpicada por un agua tan pura y cristalina, que con un día caluroso apetecía refrescarse.
Para comer elegimos la praderita situada al pie de la cascada con los arboles que la circunda, pues el sol a esa hora no era muy benigno. Algunos nos cobijamos bajo un magnifico nogal, que parece nacido para el disfrute de los visitantes y  que nos proporcionó una fresca sombra; otros eligieron la zona más cercana al agua, que invitaba a tocarla, espejeando. ¡Estaba helada! Todos dimos buena cuenta de los bocadillos, las tortillas de patata, la empanada, chocolates y tarta de frutos secos, que acompañamos con un poderoso orujo. Después, para bajar la comida, contentas y animadas, cantamos y practicamos algunas de las coreografías que hacemos en clase. Estábamos tan divertidas, disfrutando del paisaje y la alegría del momento, hasta que unas nubes amenazantes nos animaron a iniciar el regreso, aunque al final no descargaron.
Mas ligeras iniciamos el camino de vuelta, que hicimos con tranquilidad, aunque algunas se adelantaron y tuvieron que esperar bajo un guindo, entre charlas y risas hasta que estuvimos todos para la imprescindible foto de grupo.

 Como aún era pronto, tuvimos tiempo para pasear por el pueblo, ver la plaza, que se caracteriza por ser un espacio utilizado para juegos tradicionales y bailes. La iglesia parroquial de San Ildefonso, del siglo XIX, sobria, con una cúpula muy original y bonitas imágenes de la pasión. El Museo Etnológico, situado en una casa típica en la calle de las Escuelas; callejuelas y casas reconstruidas, ejemplos de arquitectura de los pueblos negros. Un lugar con mucho encanto, como demuestras estas fotos, que a todos nos dejó un buen recuerdo en recuerdo. 


 


 





Además, yo como soy amante de plantas y flores, de camino me entretuve y cogí un ramito precioso.

Disfruté un montón viendo ejemplares impresionantes como calenduras,  peonias y dedaleras dignas de mención, como podéis ver a continuación.




 Una maravilla, una delicia para la vista que me hizo volver con los ojos llenos de colores, la mente despejada y el espíritu sereno, y esto no solo fue obra del paisaje, el agua y las flores, sino por la buena compañía, con la que compartí este día. Mi agradecimiento para todos y en especial a Josefina, que lo hizo posible. 



Graziela




UNA BUENA CARRERA

            Estrené la mañana con mal pie; me había dormido. Comencé a trabajar más tarde que de costumbre y con poca suerte. Anduve dando vueltas por la zona centro, sin conseguir cargar; media hora en una parada charlando con los colegas hicieron más amena la espera ¿Dónde están hoy los clientes? Me preguntaba sorprendido.  Las doce y sólo llevaba una carrera en mi haber. En Serrano pensé ir a Atocha a recoger viajeros, entonces  me paró una mujer muy elegante. La observé por el retrovisor acomodarse en el asiento, con su gran bolso de piel y la bolsa de una compañía de telefonía. Parecía nerviosa y, sin embargo, no decía adónde quería que la llevara, como suele hacer la gente antes incluso de meter las dos piernas en el taxi y darme tiempo a bajar la bandera. No me resultaba desconocida. Melena lisa, tez bronceada y unas enormes gafas de sol. ¿Sería una famosa de las que salen en las revistas que tiene Mercedes en la peluquería? Lo mismo ya la había cogido otras veces. Esta, desde luego, no tiene pinta de usar el transporte público -me dije.
-                   Buenos días ¿Dónde vamos? - le pregunté viendo que ya estaba sentada y seguía sin abrir la boca.
-                   Buenos días. A las Barranquillas, por favor. -dijo con voz firme.
Me volví incrédulo y pude fijarme mejor en su pelo cuidado, en el traje de chaqueta que seguro era de firma y en el collar y los pendientes, que de discretos tenían muy poco.
-                   Señora, creo que usted se confunde. ¿a qué calle quiere ir?
-                   No se la calle y no me confundo. Arranque de una vez.
-               Lo siento pero yo no voy a ese poblado chabolista. Si quiere llegar allí tendrá que buscarse a otro que la acompañe. Es una zona muy peligrosa para gente como nosotros.
-                   Por favor, se lo ruego. Necesito ir. Le pagaré lo que me pida.
-                  Mire, señora, el mercado de la droga hace tiempo que se trasladó, y la gentuza  que anda por la zona es capaz de darnos unas cuantas puñaladas y dejarnos en la cuneta sin parpadear, y solo por quedarse con sus gafas.
-                   Necesito conseguir droga, es una cuestión de vida o muerte. Usted tiene que ayudarme. -suplicó con voz temblorosa y a punto de echarse a llorar.
             Me dio lástima; tras ese aspecto impresionante veía una mujer desesperada y muy vulnerable. Arranqué sin rumbo mientras le preguntaba qué era exactamente lo que quería comprar. Al ver que nos movíamos suspiró aliviada y me explicó que necesitaba heroína de la buena, que no era para ella. Eso se veía. Prometió pagarme por todo el día. Me encaminé hacía la Cañada Real. Entre los compañeros hay de todo, y yo sabía que ahora la mejor droga de la capital estaba allí.
      Paré el coche y le indiqué la puerta. Hubiera debido acompañarla. Con esa pinta seguro que la engañaban, aunque no era mi problema y no tenía ningún interés en meterme en un lío, sobre todo por una mujer a la que no conocía, por muy inocente que me pareciera.
    Cuando salió estaba blanca, se sentó en el taxi y echó la cabeza hacia atrás, respirando profundamente. Se rehízo y  empezó a rebuscar en el bolso. Sacó un papel.
- ¿Ha conseguido lo que quería?
- Sí, gracias a Dios. Ahora vamos a Pobladura del Valle, en San Blas.
      Durante todo el trayecto ninguno de los dos dijimos nada. Al llegar, ella me pidió que la esperara, aunque lo mismo tardaba un rato. Cuando se apeó aparqué en la puerta de un bar. Necesitaba ir al baño, me vendría bien tomar algo y fumarme un cigarrillo para entretener la espera.
     No habían transcurrido ni diez minutos cuando la mujer elegante entró en aquella tasca, aún llevaba la bolsa de Movistar en la mano. Pidió un gin-tonic que se bebió sin respirar. Pagó las consumiciones y salimos.
-  Vamos al parque que hay al otro lado la calle. Conduzca despacio, estoy buscando a alguien.
Había chavales encaramados en el respaldo de un banco, una pareja rara acostada en el césped, y seguimos dando la vuelta. Cuando vio a un hombre sentado, con la cabeza entre las manos, me pidió que parara. Yo les observaba. Él tendría unos cincuenta años, bien vestido, chaqueta de cuero, botas y vaqueros; estaba escuálido, con la barba crecida y greñudo. Se abrazaron con cariño, él parecía a punto de quebrarse; ella entregó la caja de un móvil y dejó la bolsa en el banco, aunque no pude ver qué más contenía. Conversaron un rato. Rebuscó en el bolso,  y miró a su alrededor antes ponerle en la mano un pequeño paquete, para cerrársela inmediatamente, como si ambos temieran que aquello se escapara. También le dio algo de dinero.
Volvió al taxi sin mirar atrás, con la cara surcada por enormes lagrimones que no trató de disimular. Permanecí unos tensos minutos esperando que me indicara el próximo destino. Aproveché para observar de reojo cómo el hombre se marchaba con pasos inseguros. Eran casi las cuatro de la tarde cuando la dejé en su portal y me sentí aliviado. Estaba cansado. Había hecho la carrera con la que sueña cualquier taxista, y la propina casi la igualaba, pero tenia un sabor amargo en la boca. ¡Se ven tantas cosas en este trabajo…! 
En la misma esquina me paró una anciana y así fui cogiendo a unos, soltando a otros, sin reparar mucho en ninguno de mis clientes. No podía quitarme de la cabeza a aquella mujer y al hombre del parque, imaginando un montón de historias que unieran a ambos. Decidí irme a casa. No había comido y me notaba agotado.
A la mañana siguiente, empecé temprano y mientras desayunaba en el bar eché un vistazo al periódico. La cara del hombre escuálido aparecía en la página de sucesos, lo habían encontrado los jardineros, tirado en el césped semidesnudo, con un par de navajazos que le causaron la muerte. Todo indicaba que había sido víctima de un atraco. Su hermana, una conocida presentadora de televisión, estaba consternada con la noticia.
Quedé impresionado. 
Otro mal comienzo para una jornada más.