Graziela

Ya habíamos visitado el Parque Natural Hayedo de Tejera Negra (Cantalojas) en otoño de 2013, y pese a las malas condiciones atmosféricas, pues la lluvia nos acompañó durante toda la ruta, nos pareció impresionante la explosión de color, el brillo y la intensidad de los tonos, que destacaban bajo el cielo plomizo. Por eso queríamos volver, a ser posible con sol, para ver la diferencia y disfrutar más del paisaje y del paseo, con el terreno en mejores condiciones. Así que nuestra profe no lo propuso y aceptamos encantadas la oportunidad.
Salimos temprano de Madrid con frío, un cielo limpio y luciendo el sol, así que empezamos muy contentas, en esta ocasión el tiempo prometía ser el deseado.

Hicimos una parada en Ayllón, villa medieval perteneciente a la provincia de Segovia. Disfrutar de un café calentito en un entorno cargado de historia siempre resulta agradable. Así que aprovechamos para dar un paseo con ojos de turistas;  pudimos ver el puente románico sobre el río Aguisejo, en el que encontramos familias de patos recibiendo la mañana, acicalándose, algunos cisnes, y un pavo despistado entre todos ellos, cuya presencia me resultó bastante chocante.
                                 El Arco, entrada principal y única puerta que se conserva.

Palacio de los Contreras, la Plaza Mayor, porticada, presidida por el magnifico edificio de El Ayuntamiento, y rodeada de casas con pintorescos balcones floridos. Al fondo donde termina la villa y se pierde la vista "Los Paredones", muralla árabe que aún se conserva y a su derecha la Torre de La Martina.                                                                               
 
 
 
 
 
Entrar en esta villa de Ayllón es sentirte trasladada en el tiempo a la edad media.

 
Entre los locales ubicados bajo los soportales había bares y restaurantes y uno de ellos llamó nuestra atención, El Patio, un lugar acogedor y coqueto, con varios ambientes y todo cuidado al detalle, del que apetece disfrutar con calma, pero tendrá que ser en otra ocasión, pues con solo treinta minutos no da para mucho si quieres ver más.  Así que un desayuno rápido y a seguir.

Iglesia románica de San Miguel, del siglo XII, situada a la izquierda del Ayuntamiento, con un precioso portico, que tuvimos la suerte de encontrar abierta y pudimos visitar por dentro, quedando sorprendidas ante la belleza de su sobriedad, y la serenidad que allí te invade; admiramos su retablo policromado, el sepulcro de D. Pedro Gutiérrez de César, tesorero y secretario de D. Diego I López Pacheco,  y su segunda esposa, Dª. Juana Enriquez, Marqueses de Villena.
En la Iglesia actualmente se encuentra la oficina de turismo municipal, pues no se utiliza para el culto. En ella se celebran conciertos y espectáculos, representaciones teatrales, etc.



Después un paseo rápido para recorrer las calles cercanas, admirando fachadas, escaleras bordeadas de macetas, rincones y casas, todas con esos tonos rosados y rojizo característicos de las piedras de la zona, lo que le da un aire pintoresco, volvimos al autocar para seguir ruta.
















Colmenas artesanales, como las que tenían en la zona para la obtención de miel.
 
 
 
 
 
 
Llegamos a al Hayedo de la Tejera Negra y en el Centro de interpretación del Parque, donde entregamos el permiso para la vista, nos esperaba Genaro, guía de Medio Ambiente que nos asignaron para que nos acompañara durante toda la marcha.
 
 
 La ruta elegida era la conocida como de Las Carretas, que tiene un recorrido de 6 km. con un desnivel de 270 metros.
En la fuente, situada en el propio aparcamiento, escuchamos las primeras explicaciones sobre el Parque, y como hacía frío rápidamente nos pusimos en marcha.
Escaramujo, cuyos frutos, muy astringentes, se utilizan también para hacer mermeladas e infusiones

La ruta dos, Senda de las Carretas discurre junto al río Lillas, y es una zona de repoblación de pino silvestre, que ha ayudado mucho al mantenimiento del Hayedo. Es muy agradable  mientras caminas escuchas el rumor del agua, los trinos de pájaros, aunque andaba pendiente de no perder detalle de las explicaciones de Genaro, que como pronto pudimos darnos cuenta es un enamorado de la botánica.

Pico Buitreras
Cruzando un pequeño arroyo que espejeaba, reflejando el azul y nuestro paso, comenzamos un suave ascenso, acostumbrando los ojos a la intensa luz de la preciosa mañana. La "Senda de las Carretas", recibe su nombre por ser el camino utilizado por carros para el transporte del carbón producido en el hayedo.
 
Gayubas o uvas de oso, hierba medicinal utilizada como antiinflamatório y antiséptico de las vías urinarias;   brezos ahora sin flor, enebros, escobas, una especie de jara diferente de la blanca y pringosa que estamos acostumbrados a ver, es la flora que encontramos al principio.
Serbal
 Caminamos entre robles y empezamos a ver las primeras hayas.
 


Gordolobo, utilizado antiguamente para echar en los ríos y pescar,
 pues atonta a las truchas al restar oxígeno al agua y así se las cogía con más facilidad.
 Durante el recorrido, cómodo aún, apreciamos caminar en silencio, que de vez en cuando era interrumpido por las interesantes explicaciones de nuestro guía.
 Abedules, serbales, robles (quercus) de especie pirenaica, que conviven en perfecta armonía con las hayas, mostajos y algunos magníficos tejos que encontraríamos durante nuestro recorrido.

El colorido de las hojas no era tan espectacular como el que ofrecía el hayedo bajo la lluvia y mucho más abundante en las ramas de nuestra anterior visita. En parte por la pertinaz sequia que lleva tiempo haciendo mella en el Parque Natural, consiguiendo que se vaya reduciendo la extensión del hayedo, al atacar más a los árboles que se encuentran en su contorno exterior, que tienen menos humedad, dado que las hayas son árboles más propios de zonas muy frías y necesitan más agua, por eso, con la elevación de la temperatura hace que proliferen hongos y plagas, que les atacan y merman su población,  como la tinta negra, que pudimos ver cuánto daño les está haciendo.

Llegamos a la zona de la carbonera, realizada con troncos, cubiertos con musgo y tierra. Esta la han dejado como ejemplo para que los visitantes puedan verla y saber como se hacía el carbon, para lo cual la mantenían prendida, cerrada y ardiendo durante más de diez hora.
 
En esta parte, como las hayas tienden a desarrollar su ramaje de forma horizontal para captar mejor la luz, sin taparse unas a otras, impiden que esta llegue al suelo y por eso aquí el sotobosque no tiene arbustos, así que caminamos escuchando crujir la alfombra de hojas bajo nuestras botas.
 
También vimos que hay diversos troncos que salen de un mismo pie de haya, cortando algunos entre ellos, las que están enfermas sobre todo, en una labor de selección para que se vaya renovando el hayedo y crezcan más fuertes.
 

Y desde aquí se inicia el ascenso más duro del recorrido, que las más veteranas del grupo consiguieron culminar airosas, aunque hicimos pequeñas paradas para beber agua y tomarnos un respiro,  y es que algunas llevaban pesadas mochilas a la espalda que dificultaban la subida.


Impresionante tejo, femenino

Haya, que sin hojas es el mejor ejemplo de los árboles que aparecen en los cuentos de hadas, dando un aire misterio y mágico al bosque y que hace esperar ver algún elfo o gnomos por los alrededores, pero no en esta ocasión no los pudimos ver.

Todavía mantiene parte de sus frutos, hayucos

 
Último trecho antes de llegar a la Pradera de Matarredonda, final del recorrido antes del camino de vuelta. Desde arriba, preciosas vistas panorámicas y el merecido descanso para recuperar fuerzas.

Unas y otras fuimos buscando nuestro sitio, acomodando en las rocas,  para dar buena cuenta de los bocadillos y la comida que habíamos traído, algo frugal o muy abundante, según. Algunas compañeras no solo trajeron sus bocadillos, sino que compartieron chocolates, tortillas, frutos secos etc. y además nos invitaron a todas a dulces de elaboración casera, que el marido de Angelines había hecho para agasajarnos, y como estaban deliciosos y en nuestro camino de regreso eliminaríamos algunas calorías, ni nos planteamos no "pecar".
Araceli y yo, siguiendo el consejo de nuestro guía y su acompañante nos situamos en una zona en la que no se notaba el viento, en unas rocas con musgo, líquenes y sedum, que son como minúsculas bolitas que pueden utilizarte para paliar los efectos de la picadura de ortigas, como nos explicó Genaro.  



aquí se aprecia muy bien el sedum.
















Foto testimonial del grupo, que no podía faltar, aunque no es muy buena.
(al parecer nuestro guía no era tan buen fotógrafo como profesor,
aunque después de diez es comprensible).
 El regreso lo hicimos por otro camino, pues es una ruta circular. Más ligeras de peso en las mochilas, ya descansadas, y con el estomago lleno y calentitas, pues los chocolates y dulces de hojaldre con cabello de ángel los acompañamos de vino de Málaga, así que el camino se hizo más corto. Fuimos descendiendo viendo el agua al final de los pequeños barrancos.
Era pronto, aunque empezaba a caer la tarde y los colores iban cambiando, pues esta zona además es más umbría.




Se notaba la humedad que favorece la proliferación de musgos y líquenes, que destacaban entre los colores rojizos y ocres de las hojas caídas.



Encontramos a nuestro paso preciosos ejemplares de haya.

Y así, a buen paso por tratarse del descenso fuimos llegando a la zona de aparcamiento, nos despedimos de nuestro acompañante y le agradecimos todo lo que nos había enseñado a lo largo del día,  pues cuando alguien realiza su trabajo con pasión, sabe transmitirla, y sin duda este es su caso.
 
Como siempre el trayecto en autocar fue divertido, amenizado con las voces del grupo, cantando y riendo, aunque no creo que la mayoría seamos aptas para formar parte de un coro, al menos yo. ¡Que le vamos a hacer...!
Antes de llegar y despedirnos, aplauso para la conductora y para Josefina, nuestra profe que nos propone y organiza estas excursiones, que suponen un paréntesis en la rutina y una forma de disfrutar haciendo senderismo con las compañeras. Gracias a todas.
 
Este es el enlace al resumen de la otra visita realizada al Hayedo de La Tejera Negra, en cuyas fotos podréis ver la gran diferencia, al tener todavía los árboles sus hojas y los tonos que ofrecían, un gran premio para los sentidos al hacer la visita bajo la lluvia. 
http://tafgraziela.blogspot.com.es/2013/11/la-tejera-negra.html
Graziela



 LA VIAJERA

            Notaba que con el bastón ya no caminaba igual. Mis piernas estaban cada vez más débiles y me sentía insegura. Mi hija Patricia decidió que había llegado el momento de utilizar un andador, pero no me acostumbraba a él; los bordillos, las aceras estrechas, las baldosas levantadas y los desniveles, me hacían temer que acabaría con mis huesos en el suelo y una rotura de cadera a mi edad era lo que más miedo me daba.
            En el centro de mayores vi a una señora como yo que llevaba un original carrito de la compra que le servía de apoyo mejor que mi andador, así que como a mi edad me he vuelto muy descarada, le estuve preguntado, hasta averiguar donde lo había comprado, incluso le pedí que me dejara probarlo. Era justo lo que necesitaba y no me lo pensé dos veces. Llamé a la tienda y encargué que me lo mandaran a casa. Estaba encantada con mi carrito nuevo. Patricia no lo entendía, me dejaba por imposible. Todo el mundo pensaba que iba a la compra y aprovechaba para ir al ambulatorio antes de pasar por el mercado o la panadería. Sin embargo no me atrevía a llevarlo a misa, ni cuando quedaba con mis amigas para merendar, pues la verdad es que me daba un poco de apuro.
            La solución vino acompañada del viaje al Balneario que me concedió el Inserso. Mi hija se empeñó en comprarme una maleta de esas modernas, dura y con cuatro ruedas, las llaman no sé cómo, pero tiene un nombre.
            – No  ves que en la tuya ya no te cabe nada, mamá. Entre las cosas de aseo, toda la ropa, las toallas que te empeñas en llevarte y las medicinas, con tu maleta vieja no tienes ni para empezar.
            – Pero puedo llevar un neceser, como toda la vida y otra bolsa para los zapatos.
         – ¡Sí hombre! La maleta, el neceser, una bolsa y el bolso ¿Y el bastón, claro? Aunque te ayuden, necesitarías un porteador para ti solita;  no hace falta incordiar a nadie y menos por un capricho absurdo. No seas tan cabezota mamá, y por una vez hazme caso.
            – Bueno hija, bueno. Si lo que no quiero es que te gastes más dinero. Lo mismo es el último viaje que hago y luego... otro trasto mas en casa.
            – No te preocupes por eso. Si no la quieres guardar, me la llevo y ya la usaré. Te acompaño a la estación, te dejo acomodada y al llegar solo tienen que bajarte la maleta.  
            Así lo hicimos y tengo que reconocer que aquella maleta, discreta y elegante, me ha cambiado la vida. Con sus cuatro ruedas y la barra esa que se sube y se baja me sirve de apoyo, me da estabilidad; camino muy segura agarrada a ella, aunque he notado que es mejor que lleve un poco de peso.
            Patricia cuando se ha enterado de que la uso a diario,s se ha puesto hecho una loca, con esos arrebatos que le dan cuando se enfada conmigo. ¿No sé por qué se pone tan furiosa?  Si la idea de la maleta fue suya. Está horrorizada dice que se me está yendo la cabeza. Sin embargo yo soy feliz, sé que la gente del centro de mayores me mira con envidia, pues piensan que me marcho de viaje todos los días, y hasta me permito el lujo de inventarme excursiones de lo más variopintas.
            Lo mismo mi hija tiene razón, y estoy un tanto senil, que a mi edad no sería de extrañar. Me da igual, ¡disfruto viendo la mirada perpleja de las vecinas! Además, me he enterado que en el barrio ahora me llaman la viajera, y me hace hasta gracia, aunque solo haga viajes con la imaginación y mi maleta nueva, por supuesto.


Graziela




SU PROGRAMA

            Buenas tardes. Aquí estamos una semana más en su programa “LA FLOR DEL CEREZO”, el anuncio de una primavera, la promesa de jugosos frutos.
            Hoy tenemos con nosotros a Salobrar, una mujer de 34 años que quiere empezar una nueva vida, y hacerlo sin mentiras. Estaremos también en casa de Maruja, su madre, que está dispuesta a escuchar lo que tiene que decirle. Y luego habrá más sorpresas… Como siempre. Así que, siéntense cómodamente y sin más dilación comencemos con las presentaciones.
            – Buenas tardes Salobrar. Bienvenida.
            – Gracias Mariel. Estoy un poco nerviosa.
            – Tranquila, que aquí estas entre amigas. Cuéntanos ¿Por qué has querido venir al programa?
            – Me ha costado mucho dar este paso. Mi padre estaba muy enfermo, lo hemos pasado todos fatal, y tras mucho sufrimiento, falleció hace un año. Ya estoy cansada de tener que ocultar una parte importante de mi vida, por eso he venido.
            – Bueno, la muerte de un ser querido es una situación muy dura por la que todo, en un momento u otro tenemos que pasar.
            – Sí, es cierto. Ahora mi madre se ha recuperado un poco de la perdida y yo necesito continuar mi camino, dar un paso más en la relación que mantengo hace años, y de la que no me he atrevido a decir nada en casa, por miedo al rechazo.
            – ¿Y qué te hace pensar que habrá un rechazo?
            – No es fácil. Conozco a mi familia y sé que va a ser un duro golpe para ellos, sobre todo para mi madre. Pero no puedo seguir así –Salobrar hace una pausa emocionada– Vivo en una mentira. Hace tiempo pedí el traslado a Badajoz y me lo han concedido. El mes que viene me incorporaré y mi novio se vendrá conmigo.
            – Bueno, de momento lo vamos a dejar ahí. Vamos a conectar con tu madre. Doy paso a mi compañera Elvira Romero, que se encuentra con Mariel en su casa de Pasaron de la Vera. Buenas tardes Elvira.
            En la pantalla aparece la presentadora con una mujer de mediana edad, arreglada como para ir de boda; repeinada y con una flor en la cabeza a modo de tocado. Está sentada en una butaca y no deja de frotarse las manos nerviosas.
            – Hola Mariel. Estamos aquí en casa de Salobrar, con su madre, dispuesta a escuchar lo que tiene que decirle su hija. –empieza la presentadora y le acerca el micrófono a la señora que la acompaña.
            – Buenas tardes Mariel. Siempre veo su programa, me gusta mucho y las historias que salen son muy tremendas. Casi siempre me hacen llorar. Es muy bonito. Nunca pensé salir en programa. Y mira…
            – Gracias Maruja. Sobre todo por dejarnos entrar en su casa y compartir con usted este importante momento. Sé que Salobrar va a dar un paso definitivo y difícil. ¿Cómo se siente usted?
            – Estoy  muy emocionada, nerviosa y preocupada también. Salo siempre fue una chica muy reservada. Ni sabía que tenía novio ¡Menuda sorpresa! ¿Qué calladito lo tenían!
            – ¿Y por qué cree que será? ¿Qué quiere usted decirle a Salobrar?
            – Pues no lo sé. No entiendo que no haya dicho nada.
            – Ella dice que tenía miedo a su reacción y a la de la familia y vecinos.
            – Nosotros somos gente normal y corriente. Si tiene miedo será que hay algo malo esa relación. Pero es mi hija, una buena chica, y respetaré su elección. Lo importante es que se case con el hombre que quiera, como me pasó a mí con mi difunto Oscar, que dios tenga en su gloria. –y saca un pañuelo del bolsillo y se enjuga una lagrimita que se le ha escapado. Claro que si su novio es negro o un moro…
            – ¿Qué pasaría entonces?
            – No es que sea yo racista, pero no me haría ninguna gracia. ¡Menudo escandalo…! ¡Qué vergüenza! Andar en boca de todo el pueblo.
            – Bueno, tranquila. No adelantemos acontecimientos. Será mejor que escuche a Salobrar.
            – Madre, te quiero y te respeto; nunca he querido hacerte sufrir. Las cosas salieron así, ninguno de los dos lo buscamos. Nos vamos a ir juntos a vivir a Badajoz, y nos gustaría que tú y el resto de la familia lo entendáis. Nos queremos desde que yo era una cría. Sé que es el amor de mi vida. Un hombre bueno, cariñoso y atento, que me ha demostrado que me quiere durante todo este tiempo. Además, sé que tú también le aprecias. Se ha portado muy bien con nosotras y con padre.
            – ¿Qué lo aprecio? ¡Así que lo conozco…? –Dijo Maruja  con los ojos muy abierto, como hablando para sí– No, no, no ¿no será un hombre casado? –tartamudeó, nerviosa, sin dejar de mirar la foto de su marido que está en la mesita de al lado.
            La presentadora, viendo la turbación de la señora, dio orden para que entrara Paco, el misterioso novio, que muy sonriente se acercó a Salobrar y la dio un beso en los labios, cogiéndose ambos de la mano para tomar asiento; mientras se escuchaba una música romántica y los aplausos de los espectadores del plató. Al mismo tiempo, en la pantalla del fondo se veía que la madre de la chica saltó de la butaca, como si estuviera sentada en un brasero y se acercaba al monitor como poseída, con ojos desorbitados. –No puede ser, no puede ser. Esto es una puñalada trapera– dijo incrédula, arrancándose la flor del pelo y lanzándose contra su televisor. Elvira la presentadora intentaba tranquilizarla, aunque tampoco sabía lo que estaba ocurriendo, incapaz de controlar a aquella mujer furibunda.
        – Si tú hermano levantara la cabeza te mataba. "Piiiiii, pedazo de piiiii". Toda la vida engañándonos ¡Te voy a hacer picadillo…! Como has podido, con mi hija, tu propia sobrina. Por eso lo llevabais en secreto. Sois dos viciosos, unos desalmados. Hacernos esto…
            – Madre no te pongas así… Nos queremos…
          – ¿Y, tú? "Piiii so piiii", mala hija. ¡Cállate!, no quiero volver a verte en la vida. Como has podido liarte con tu tío.
            – Vamos Maruja, es su hija. Lo único que pretenden es ser felices. Ayúdelos –intervino Mariel conciliadora.
            – ¿Ayudarles? ¡Casamentera de mierda! Tú lo sabías, y me has traído a este circo. Ahora lo sabe toda España. ¡Desgraciadossssss! Dijo mientras empujaba a Elvira y a mamporros echaba de su casa al cámara, al técnico de sonido y a la presentadora. Y la pantalla quedó en negro. Luego apareció la flor del cerezo.
            Salobrar sollozaba entre los brazos de Paco, que intentaba tranquilizarla. No siempre las cosas salen como nos gustaría -dice Mariel- que da paso a los anuncios.



Graziela


Como vale más una imagen que mil palabras, mejor muchas imágenes para que podáis ver la ciudad como si dierais un paseo por la misma y sin necesidad de pasar calor, aunque no sea igual, os podéis hacer una idea y espero que así se despierte en vosotros el deseo de visitarla. Incluso el calor vale la alegría de contemplar sus calles, caminar por sus parques y disfrutar de su rica gastronomía, y no olvidaros de sus exquisitos dulces. Espero que os guste.




























Graziela



MARIPOSAS.
             Me gustaban las clases de Maika, me acostumbre a su ritmo, por eso me sentó mal que nos cambiaran de profesor. Aunque el yoga es yoga, varía según el maestro. Necesite poco tiempo para darme cuenta que había ganado con el nuevo, me alegraba pensar que este curso estaríamos con Rubén.
            Era un hombre maduro, de largo cabello canoso,  con una voz profunda y pausada, que cuando se dirigía a mi parecía volverse más dulce. No es que lo dijera yo, también algunas compañeras se dieron cuenta. Corregía con suavidad y siempre pedía permiso para tocarme y mejorar mi postura. Para terminar una larga relajación y el mantra final. Al salir de sus clases me sentía fenomenal, notaba una serenidad y una paz que nunca había conseguido ante. Claro que aquella calma se transformaba al llegar a casa. Manuel, mi marido, cada vez me irritaba más; ya ni recordaba que un día estuve enamorada de él, o tal vez solo fuera una ilusión juvenil. Nuestra convivencia se había  convertido en rutina; solo compartíamos el piso, la mesa cuando venía a comer, y dos hijos, independientes, que nos visitaban de vez en cuando, cada vez menos, la verdad, seguramente para no escucharnos discutir.
            Conocer a Rubén fue importante, llegó en el momento justo. De vez en cuando organizaba clases que completaba con meditaciones., yo me apuntaba a todas; me daba igual que fueran en fines de semana o festivos, a veces incluso me quedaba a comer con el grupo, en un vegetariano que a él le encantaba. Cualquier cosa me servía si se trataba de pasar más tiempo juntos y fuera de casa. Era tan simpático, amable y cariñoso conmigo que su sola presencia me hacía sentir bien, aunque fuera rodeados de gente.
            Con mi marido las cosas iban peor desde que había conocido al nuevo profesor de yoga. No dejaba de fantasear con la idea de cuan diferente sería mi vida si estuviera con Rubén, lejos de Manuel y la odiosa rutina. Los comparaba constantemente: la incipiente calvicie frente a la espesa melena; la prominente barriga, y el cuerpo delgado y fibroso, el rictus amargado y la afable sonrisa. Tonta tenía que ser para dejar pasar una ocasión así. Aquel tren no volvía a detenerse en mi viejo apeadero.
            Imaginaba que nos veíamos a solas, que nos íbamos conocíamos mejor y añoraba ese momento, que no llegaba a producirse. Evocar su recuerdo me daba fuerza. Si no conseguía conciliar el sueño simplemente tenía que imaginarle cerca, recordar su voz, que resonaba en mi cabeza y me sumergía en un profundo estado de relajación.
            Pasaban los meses y cada vez estaba más convencida de que Rubén era mi salvación, que con él saldría de mi anodina existencia para vivir plenamente, para disfrutar cada momento. Notaba por sus gestos, que no le era indiferente, por sus miradas, por las sonrisas…
            Ver a Manuel sentado frente al televisor increpando a los futbolistas o debatiendo con los tertulianos del programa que fuera, me sacaba de quicio y buscaba cualquier excusa para organizar una discusión.
            Rubén generó en mi vida un efecto mariposa. No me decía nada especial, no habíamos llegado a intimar, aunque yo pensaba que éramos amigos aún se mostraba cauteloso en el trato, y quise llegar más lejos.
            De mi marido estaba harta y tras mucho meditar me decidí a dar el paso.
            El día que llegó la sentencia de divorció me sentí liberada de ataduras y fui al estudio de yoga para contárselo a Rubén, sin plantearme que tampoco tenía tanta confianza con él, aunque como siempre me animaba a hacer cosas que me hicieran más feliz; estaba segura de que se sentiría contento por mí,  además se daría cuenta de que iba en serio.
            No estaba allí. La recepcionista me dijo que había salido a tomar un té, que le encontraría en la cafetería de al lado. Ni siquiera entré. A través de la cristalera le vi feliz, riendo, mientras se hacía arrumacos con un chico de clase. En ese momento el supuesto batir de las alas de la mariposa se detuvo; me sentí como una pequeña polilla, fea y peluda, que choca contra el cristal de la farola por querer tocar su luz