Graziela




UN MUCHACHO LLAMADO SIMÓN

Simón  era un chico inocente y risueño como un delfín. Tener una madre superprotectora y un padre incapaz de asumir la limitación intelectual de su hijo no le ayudaron mucho en su desarrollo. A esto se sumó que durante años fue objeto de burlas por parte de sus compañeros de colegio, que aprovechaban en cuanto abría la boca para ridiculizarle y reírse de él. Con un terrible esfuerzo terminó la primaria y a partir de ese momento se dedicó a hacer pequeños trabajos que le llenaban de alegría, orgulloso de sentirse útil y llevar a casa algo de dinero. Repartía paquetes, ayudaba a los clientes del supermercado con sus compras; paseaba perros. Era innegable que tenía un talento especial para tratar a los animales, por eso, emplearse en la granja de Matías fue todo un descubrimiento. La gente le apreciaba y él era feliz, aunque aquello a su padre no le parecía suficiente. No le gustaba verle aparecer con las botas llenas de barro o ese olor a establo impregnando todo su ser. Luchó hasta conseguir lo que el consideraba un buen puesto para Simón.
El chico no era perezoso, le gustaba mantenerse ocupado, por eso cualquier tipo de trabajo le iba bien y lo realizaba con meticulosidad. Cuidador y vigilante en un museo era una ocupación entretenida. Su tarea consistía en mantener limpios el suelo y los cristales de las vitrinas, una labor delicada en la que ponía especial cuidado; también pasaba el polvo por los objetos y mobiliario de la sala que le asignaron, antes de que llegara la gente. Después, permanecía de pie, con su bonito uniforme cerca de la entrada, sonriendo, con la mirada atenta para impedir que nadie tocara nada.
No sabía el motivo por el que se sentía incómodo en aquel lugar cuando estaba solo, siempre había preferido los espacios abiertos, la naturaleza. La suya era de las salas más visitadas del museo y no alcanzaba a entender porqué a la gente le gustaba contemplar esos objetos cortantes, hirientes, que además habían sido utilizados para hacer el mal, para matar. Se conocía como la sala de los horrores.
Siempre llegaba temprano. Una mañana después de dejar los suelos bien pulidos y todo perfecto, se sintió cansado. Aún faltaba mucho tiempo para abrir y Simón se sentó en la única silla existente. Probó a ajustarse las correas de los pies, el cinturón y la muñeca izquierda al brazo de madera. Se echó hacía atrás para descansar y cerró los ojos. No se durmió. De pronto notó cierta presión en el cuello y un ligero dolor punzante en la nuca; algo raro le pasaba a su estómago y sintió movimientos en el vientre. La angustia le impedía respirar, se asustó. Se sorprendió al experimentar en un instante sentimientos desconocidos para él: rabia y ganas de venganza. Oía a la gente murmurar y repetía una y otra vez ¡Soy inocente, yo no lo hice! Con una voz que no era la suya. Quiso levantarse, las correas se lo impidieron. Incapaz de soportar tanto pánico se desvaneció.
Cuando despertó, estaba tumbado en el suelo. No recordaba nada. Sus compañeros, a su alrededor le observaban con preocupación.
¿Qué he hecho? Nada, no ha pasado nada, todo está en su sitio, todo está bien Simón.
No, nada estaba bien. Vio la silla en su sitio, recordó lo que había sentido y en cuanto pudo incorporarse se marchó corriendo, espantado. No regresó a su casa en todo el día.
Matías le encontró acurrucado junto a un potrillo. Sus padres quisieron llevárselo, pero él se negó a marcharse, lloraba desesperado, estaba horrorizado. Se escondió tras el animal para no verle hasta que le prometieron que no tendría que volver al museo y podría trabajar de nuevo en la granja.

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Graziela
 CHAPINERÍA


Pronto terminará el curso y, aunque este año no pensábamos hacer la excursión, al final Josefina, la profe de gimnasia, la ha organizado, con menos tiempo de lo habitual, pero ha resultado igual de agradable que en ocasiones anteriores.
Chapinería ha sido el lugar elegido, un pequeña población a solo 51 km. de Madrid. A las 8,30 horas, puntuales todas a la cita, salimos por la M-40,  para coger la M-501. La primera sorpresa de la mañana se presentó nada más abrir las puertas el minibús y ver la amplia sonrisa de  Inma, su conductora, con la que ya habíamos coincidido cuando fuimos a Valverde.
Entre las compañeras estaba Carmen, que esperaba con especial interés y algo nerviosa llegar al pueblo, para rememorar las largas temporadas pasadas en él con sus abuelos, que eran de allí; a todas nos contagió su expectación por recorrer lugares conocidos, que no sabía si sería capaz de reconocer con el paso de los años.
La dinamizadora del Ayuntamiento de Chapinería, que nos acompañaría en nuestro recorrido y nos explicaría su historia, curiosidades y características también se llamaba Inma, nos esperaba en la plaza, donde aprovechamos la ocasión para entrar en un bar y tomar un café; bueno, en mi caso fue un zumo, pues hacía mucho calor.
Chapinería, uno de los términos municipales más pequeños de la Sierra Oeste de Madrid, cuenta con 25,4 kilómetros cuadrados. La piedra berroqueña es la construcción típica chapinera.

Además es Zepa 56, lo que indica que estamos en una zona de protección de aves. Dimos un paseíto por el pueblo y las construcciones y lugares más destacados, entre los que se encuentra la Iglesia de la Concepción, Virgen de Rosario, aunque no pudimos verla por dentro porque se encontraba cerrada en ese momento. Fue construida en el siglo XVIII y la torre, que es posterior, data del XIX.


Después visitamos el Palacio de los Marqueses de la Sagra, del siglo XVII, que en principio fue utilizado como pabellón de caza por sus dueños, aunque posteriormente se instalaron en él para vivir; durante la guerra se convirtió en polvorín y más tarde se usó como preventorio, para alojar a los leprosos.
Carmen estaba muy contenta, pues se acordaba del sitio y vinieron a su memoria anécdotas de tiempo pretéritos que nos fue relatando.
En la actualidad se celebran en su patio los conciertos, y observamos el escenario que tenían instalado.  Ha sido ubicada en ese mismo palacio la biblioteca, que juega un papel muy importante en la vida cultural de la villa que, como pudimos comprobar, es bastante activa. Aunque sus puertas estaban cerradas, tuvieron la gentileza de abrirlas para nosotras y mostrárnosla. Era más grande de lo que imaginaba, con ventanales que daban a un parque; con modernas instalaciones, una parte dedicada a los más pequeños, otra con ordenadores y acceso a internet; también zona de préstamos de películas y de música. Un lugar muy agradable que invita a la lectura y recorrimos deteniéndose cada una en la parte que más llamaba su atención.
Pudimos disfrutamos de una interesante exposición de fotografía con imágenes antiguas y al lado otra instantánea del mismo lugar en la actualidad. Entre ellas aparecían rostros de habitantes de gentes que vivieron allí en lugares emblemáticos para que se pudiera a apreciar la diferencia. Entre aquellas viajas fotos nuestra compañera creyó reconocer a su abuela y fue un momento especialmente emocionante para todas.
Nuestra guía nos contó que la zona había recibido el premio María Moliner, de lo que como es lógico se sentían muy orgullosos.


Seguimos viendo las casas y sus construcciones, Becerriles. Por el camino de Calvario llegamos a El Bombo, un lugar para albergar caminantes, que tiene la característica que está construido sobre la roca, sin cimientos.

Después vimos la Ermita del Santo Ángel, un lugar muy solicitado para celebrar ceremonias, pues al estar enclavado en alto resulta muy bonito. 







Parque del Pozo Airón, con su laguna.

Pensábamos seguir una ruta que comienza al final de aquella calle; Inmaculada comentó que había otra de aproximadamente la misma extensión, en torno a los 4,5 km., que tenía un poco más de dificultad, pero que a ella le resultaba más bonita, "Senda de las Lagunillas" y decidimos cambiar el itinerario; nuestra conductora, siempre dispuesta a ayudar, nos llevó hasta allí en el minibús, pues estaba justo al otro lado del pueblo.


La vista desde el mirador, de un gran encinar y monte bajo, era estupenda en el Centro del Águila, y desde allí comenzamos la ruta.




Un camino agradable para la vista, aunque debido a las altas temperaturas la vegetación primaveral no se mostraba en todo su esplendor,  y la floración de retamas y cantuesos, que siempre alegra tanto el campo con pinceladas de amarillo y morado, ya estaba un poco pasada, aunque vimos escaramujos en flor, zarzas, acebuches y florecillas unos preciosos cardos, que ponían la nota de color entre tantos tonos trigueños de la hierba seca, y muchas encinas. 




Es una zona con mucha caza, pues descubrimos los agujeros de los conejos y además la ruta está adaptada preparada para personas con dificultades visuales, pues tiene a lo largo del camino unas cuerdas, para que los senderistas puedan agarrarse a ellas y caminar de forma más tranquila a lo largo de la ruta.

Hacía mucho bochorno y tuvimos que detenernos en diversas ocasiones, primero para beber agua, luego para reponer fuerzas con fruta o frutos secos y por último para volver a beber, pues el día estaba siendo muy caluroso y a esas horas del mediodía apetecía sentarse en una roca bajo las encinas y disfrutar del paisaje.
                     
Después de terminar y descansar un rato, volvimos al autocar y nos detuvimos en un bar para comprar bebidas frías, y algunas aprovecharon para tomarse una cervecita o un refresco, que bien merecido lo teníamos después de la caminata.

La comida la hicimos en un parque muy agradable, con unos patos que se acercaban a pedir. Después de dar buena cuenta de los bocadillos, compartir chocolates, frutas y dulce hicimos unas risas, con divertidos juegos y cantamos, animadas por una de nuestras compañeras, otra Carmen, que siempre consigue hacernos pasar un buen rato y pasamos de las zarzuelas a las rancheras y a aquellas canciones que cantabamos cuando eramos crías en los patios del colegio o en el parque.

En resumen otro día estupendo entre amigas, en el que disfrutamos tanto como los niños que visitan la granja que se encuentra allí mismo, y con los que nos cruzamos en distintos momentos a lo largo de la mañana.

De pronto, el cielo se oscureció (no sabemos si influyeron nuestras canciones, pues no siempre dábamos el tono, sobre todo yo que casi nunca lo encuentro), y los nubarrones negros vinieron acompañados de un fuerte viento; recogimos rápido, y cuando caían las primeras gotas nos fuimos a tomar café, para comentar la excursión y muchas otras cosas, que cuando se está a gusto y en buena compañía se pasa el tiempo sin sentir. Y al final no llovió aunque el cielo era de lo más amenazante.

Tengo que confesar que espero estas salidas con ilusión, y agradezco a mis compañeras el buen rato que paso con ellas y sobre todo a Josefina, pues es la principal artífice de las excursiones, quien pone ilusión y su buena disposición para organizarlo todo, además se preocupa y se encarga de que salga bien. Espero que el próximo curso podamos reunirnos para salir al campo y pasarlo igual de bien.
  

De vuelta a casa, cansada físicamente, pero relajada y tranquila, dispuesta a tomar una ducha rápida y salir corriendo para llegar a tiempo a la presentar el último libro de TAF, esa misma tarde y es que hay tiempo para todo.



Graziela



LA CASA DEL CERRILLO.

Siempre soñamos con tener una casita en algún pueblo, cerca de Madrid para pasar los fines de semana, y aquella, en una localidad cercana a Buitrago cumplía con todos nuestras expectativas. Estaba en lo alto de un cerro, con buenas vistas y el precio era asequible. Después de firmar la escritura el notario comento, en tono casual.
Bueno, acaban ustedes de adquirir una vivienda en el cerrillo de los ahorcados.
- Al escucharle, un escalofrío me nació en la nuca. Mi marido dijo que le daba igual como se llamara el maldito cerro.
- La casa está fenomenal. Verás como vamos a disfrutar de ella con toda la familia -dijo al ver mi expresión..
La misma noche de la compra la estrenamos. Era un día entre semana y estábamos solos. Aprovechamos para llenar la despensa, y yo planté algunas flores que habíamos traído del vivero. Nos sentíamos felices. La tranquilidad del lugar, las vistas y la comodidad nos confirmaron que habíamos hecho una buena adquisición.
Caí rendida en la cama, pero sin saber el motivo a las cinco en punto de la madrugada me desperté helada de frío, sobresaltada, incorporándome con la extraña sensación de que alguien nos estaba observando. Mi marido, despierto a mi lado, se sentó mirando hacia el mismo sitio. La oscuridad rota por el reflejo de la luna, me permitió observar su rostro desconcertado. El insomnio hizo presa en mi y no pude volver a conciliar el sueño aquella noche.
El porche era mi lugar preferido, al resguardo del viento, soleado. Allí se me pasaban las horas leyendo o jugábamos largas partidas de cartas cuando venían amigos y familiares a pasar el fin de semana con nosotros. Los días eran tan agradables que hacían que me olvidara de las noches inquietas.
En cuanto apagábamos la última luz comenzaban los ruidos. La madera crujía como si alguien caminara sobre ella, paseando de un lado a lado sobre el techo. Y yo empezaba a revolverme en la cama, no encontraba postura y el sueño me era esquivo. Tenía un insomnio pertinaz e inevitable que me hacía levantarme al día siguiente como un trapo. Todos venían mi mala cara, y adivinaban la eterna noche. Era como si la cama tuviera pinchos, escuchando el latido del reloj que me machaba el cerebro y los nervios. No me atrevía a levantarme, a leer un libro o a hacer sudocus, tenía miedo, un miedo cerval a lo desconocido, a ver algo que me dejara marcada para siempre. Cuando caminaba sola por el largo pasillo no me atrevía a volverme si escuchaba algún sonido extraño a mis espaldas, o pasos que me seguían desde el fondo del corredor.
No eran imaginaciones mías. Todos en la casa podíamos oírlos. Pensamos que había ratas y para mi tranquilidad vinieron a comprobar si había algún animal bajo la cubierta del tejado. No encontraron nada.
Yo retardaba la hora de acostarnos con cualquier excusa, para llegar a la cama agotada, con el fin de evitar que todos mis sentidos se pusieran alerta nada más tocar el colchón. El insomnio se había convertido en mi particular tormento. Me acogía en sus fríos brazos en cuando mi cuerpo se tumbaba y no me abandonaba hasta el amanecer, acabando con mi tranquilidad. Las noches en vela me empezaban a pasar factura y la vigilia me acompaña también en el piso de Madrid.
En una ocasión invitamos a unos primos a pasar unos días con nosotros en el campo y cuando todos ya estábamos acostados sentimos que alguna puerta se abría, con un chirrido. Yo me levanté por si alguien se encontraba indispuesto o necesitaba algo. No había nadie en el pasillo, ni en la cocina o el baño, pero note una inquietante corriente gélida. Volví a meterme en la cama y nuevamente escuché el mismo crujido. Volví a salir al pasillo y todo parecía tranquilo. Encendí la luz y comprobé que las habitaciones estaban cerradas. Me acosté y mi marido me dijo que me durmiera, en las casas de madera es inevitable que se produzcan esos ruidos. Intenté seguir su consejo. Por tercera vez y de forma más llamativa, un fuerte chirrido nos sobresaltó. En esta ocasión fue él quien se levantó y al salir al pasillo, antes de encender la luz todas las puertas se fueron abriendo y los ocupantes de cada alcoba se asomaron temerosos para ver que jaleo era aquel. Pasamos el resto de la noche en la cocina, ante humeantes tazas de cacao o infusiones, comentando el ambiente de aquella dichosa casa. Me había convertido en una insomne, y ni con pastillas lograba dormir.
La gente comenzó a eludir nuestras invitaciones y al comentarlo con unas amigas a las que invité a comer una primavera en el porche, una, la más joven sugirió que contratara los servicios de una médium, ella conocía a una muy buena, especialista en limpiar casa antiguas de espíritus. Yo dudé y por supuesto no le comente nada a nadie. Aquello estaba terminando con mis nervios y tenía que hacer un esfuerzo para quedarme a dormir.
Cuando vi una sombra oscura pasar por de detrás reflejada en el espejo, mientras me maquillaba, supe que tenía que hacer algo.
Fue mucho más fácil de lo que pensaba. Le mediún era una mujer de apariencia normal, muy agradable. Me pidió que la dejará sola en la casa durante una noche y que volviera al día siguiente. Me esperaba en el porche tomando el sol.
- Ya está todo arreglado -dijo muy seria-. No volverán a molestarla y recuperara el sueño. No es un buen sitio para construir una casa, aquí hubo muchas muertes y ahorcaron a inocentes que no podrían descansar en paz hasta dar su mensaje.
Ella se llevó los ruidos, los crujidos y los golpes, y también mi insomnio. Tengo el jardín precioso y ahora lo disfruto mucho más.

Graziela



FRÍO
 Nevaba. Cuando me llamaron para darme la noticia, me dijeron que llevaba nevando dos días en el pueblo. Tuve que poner las cadenas muchos kilómetros antes para poder  llegar. No quería sufrir yo también un accidente. El cielo estaba naranja y el reflejo de los faros en la carretera era deslumbrante. Aquel frío me taladraba la cabeza. No podía pensar, sólo sentir el cuerpo entumecido, las manos heladas, pese a la calefacción. Notaba los ojos cansados, quería cerrarlos, mantener los párpados apretados, aunque mi vista seguía fija en las rodadas del asfalto, como hipnotizada.
            
Llegué al tanatorio desamparado y lúgubre. Los abrazos, las condolencias, la presencia muda y seca de mi madre, distante… como siempre; la besé y volvió la cara, yo no era su niño. Por fin, al enfrentarme al cuerpo inerte de mi hermano me hice consciente y  pude sentir el calor de las lágrimas que me abrasaban la cara. Un dolor  hondo y quemante que me atenazaba el pecho, me impedía respirar. Fue una despedida sin adiós.
            
Han pasado algunos años, y hoy, en pleno agosto  he vuelto a sentir aquel mismo frío, la desapacible sensación glacial que me nace de dentro. Recorro el camino sola, como aquella vez, y mi vista se posa en el secarral que se extiende a ambos lados de la carretera.  

Al llegar a casa, los abrazos, las condolencias y mi madre,  más tiesa y más seca que nunca, me espera gélida en su cama.   
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Graziela


BUENOS PROPÓSITOS

            Casi todos, cuando termina un año solemos hacer buenos propósitos para afrontar el que comienza; inevitablemente caía en el tópico de  hacer más ejercicio, adelgazar, dejar de fumar, no enfadarme tanto, quitarme el stress… y es que apuntarme a un gimnasio nunca me funcionó. Lo había probado y solo de pensar en calzarme las deportivas al volver  de la oficina, y llegar a casa medio arrastrándome después de una hora de actividad física,  por no hablar del hambre que  producía, me daba escalofríos. He practicado agua-gym, danza oriental, taichí, bailes de salón, pilates y un largo etc. Y el resultado siempre era el mismo: aguantaba lo que tardaban en pasarme el recibo del segundo trimestre y solo asistía a clase de ciento en viento, y más por mala conciencia que por verdadero interés. Así que me lo replantee todo para el 2014. El que acababa había sido un año duro: a Marita, mi mejor amiga, le diagnosticaron un cáncer de mama y tres meses después asistía a su funeral; la venta de la empresa en que trabajaba me mantenía en vela; mi marido no me comprendía ni me sentía apoyada por él; los chicos cada vez eran más mayores, más exigentes... Me asomé al abismo de la depresión y las últimas palabras de Marita retumbaban en mi cabeza “Maribel, quiere más, Aprende a decir no. Haz algo que te guste… Disfruta”. ¡Ya ves que la vida no dura nada…!”. El 31 de diciembre cerré el año y con él, una etapa de mi vida.
            En vez de comenzar otra dieta, cambié mis hábitos alimenticios y los de toda mi familia, pues no estaba dispuesta a preparar tres menús diarios. Mi marido no solía venir a comer y los chicos solo cuando les cuadraba, y despotricaban de tanta verdura y ensalada, así que les dije que la cocina estaba abierta, que se hicieran bocadillos o fueran a la compra ellos. Al final se acostumbraron, aunque de vez en cuando pedían pizza o traían hamburguesas, y a mí se me iban los ojos detrás.
            Sustituí el bus de por las tardes por zapatos cómodos para andar y como mi vocación frustrada era ser locutora, me apunte en un curso de radio. Cada vez me sentía mejor, triunfal, disfruté al volver a usar una talla menos en seis meses. Ramón seguía inmerso en los temas de la gestoría, el golf, los amigos y cuando llegaba a casa, después de esas y no sé si otras actividades placenteras, estaba cansado y prestaba más atención al fútbol o a su ordenador que a mí. Aunque eso dejó de preocuparme, tenía muy presente a Marita, y sus consejos. 
            En la empresa en la que trabajaba me propusieron hacer un master en Bruselas, para optar a otro puesto, y aunque en casa no pusieron buena cara, acepté.
            Durante un mes me sentí como otra persona, alejada de mis obligaciones cotidianas, de esos recados que mi familia no dejaba de pedirme (tintorería, fotocopias, compras, bancos, gestiones médicas o burocráticas. Asistía a clase, además, tenía que presentar trabajos, que me dejaban poco tiempo libre, y supe disfrutarlo. Hice amistad con una chica del curso, Kasia, con la que salía a pasear, congeniamos, era polaca y hasta  hicimos algunas excursiones juntas, era muy divertida.
            Había bastado un mes para que mis hijos se hicieran responsables de sus cosas y al parecer la asistenta que contraté antes de irme se había apañado muy bien con la casa. Me ascendieron de puesto y con el incremento del sueldo, decidí seguir con con la chica.
            Entre unas cosas y otras ya están aquí las navidades y echo la vista atrás. Sigo añorando a Marita y su ausencia me entristece, pero ya no me duele. Estoy contenta con mi nuevo trabajo, y muy ilusionada, pues en enero voy a empezar a hacer un programa de radio en una emisora pequeña, con una amiga. Mi hijo Daniel terminará la carrera este año y Alfredo, el mayor está buscando apartamento para independizarse. El peso lo tengo controlado, y eso que  con las fiestas ya se sabe… pienso apuntarme a yudo y defensa personal. Lo curioso es que en casa no se rieron ni se sorprendieron cuando lo comenté, parece que al fin se han dado cuenta, y yo también, de que puedo hacer lo que me apetezca en cuanto me lo proponga.  Con Ramón la cosa está más o menos igual, así que en el 2015 me mostraré más abierta a nuevas opciones, me iré de vacaciones una semana o diez días sola a Polonia, me ha invitado Kasia para conocer su país. ¿Quién sabe? me noto tan cambiada que lo mismo hasta vuelvo a disfrutar del sexo. Creo que este va a volver a ser mi año.


Graziela


CENA ESPECIAL

                Candela no entendía el inesperado afán de su marido por cenar solos la última noche del año. Solían celebrar la nochevieja con amigos, en casa de unos y de otros, al principio con fiestas de mucha gente y baile hasta la hora del chocolate. Con el tiempo se convirtieron en cenas más tranquilas, divertidas, con los que se mantenían fieles a la cita: el socio de Rodrigo y su mujer; Susana y Héctor, y los Riaño.
            - No comprendo esta manía que te ha dado. Aquí los dos solos va a ser un aburrimiento, pudiendo hacerlo en casa de Susana, que le tocaba organizarlo este año y prepara esas cenas tan ricas...
            - No sigas con eso, ya lo hemos discutido. Simplemente, no tengo ánimo para salir.
            - Pues bien que saliste la otra noche, con los de la oficina. ¡Estás muy raro!
            - Candela, tengamos la fiesta en paz, no empieces con tus reproches.
            Mientras se comían el cóctel de marisco en silencio, ella rememoró otra nochevieja, la del primer año de casados, y nada tenía que ver con esta. Fue una cena romántica; estaban tan enamorados que después de las uvas y el champagne, bailaron pegados, y el amanecer les sorprendió en el sofá, inaugurando el año con un amor que creían sería eterno. El recuerdo la entristeció. Pensó que lo mismo se estaba equivocando, y un relámpago de mala conciencia cruzó su mente.
            Rodrigo se mostró amable,  y se hizo el simpático, aunque sus chistes y anécdotas habían dejado de resultarle graciosos a su mujer. Fue una velada rara. Los dos se terminaron las uvas a tiempo, brindaron por el nuevo año y se besaron en las mejillas como dos extraños, por compromiso.  “Año nuevo, vida nueva”, dijo ella chocando su copa otra vez. El silencio se impuso entre ambos y nerviosa empezó a recoger la mesa,  él se fue a la alcoba. Cuando terminó en la cocina, su marido seguía en el cuarto y ella se sentó en el sofá, ante la tele, sin prestarle la más mínima atención. Habló por teléfono con su hija, con familiares y amigos mientras ojeaba una revista.
            Aburrida fue al dormitorio y vio que su marido estaba cerrando una maleta grande y tenía sobre una de las camas una bolsa de viaje.
-          ¡Qué haces? ¡No pretenderás hacerme creer que tiene un viaje de negocios…!
-          Yo no pretendo nada. Me marcho. Hace tiempo que pienso que los dos nos merecemos algo mejor que esta vida juntos.
Candela abrió mucho los ojos y se echó a reír con ganas. Sus carcajadas retumbaban en las paredes y Rodrigo la miraba atónito.
-          Espera una escena, pero esto… ¿Debes estar borracha?
-          No, ¡qué va! por una vez en muchos años estoy de acuerdo contigo. He solicitado el divorcio, pronto te llegará la demanda.
           



Graziela



BUEN  LECTOR

             Me encanta leer, además me gusta hacerlo en voz alta. Y no es porque lo diga yo, es que tengo una voz profunda y varonil y la gente comenta que es un placer escucharme. Me habría gustado ser actor, porque se que tengo talento para interpretar. Tal vez por eso, y sobre todo por ayudar a otros, decidí apuntarme en una fundación como voluntario. No tardaron mucho en asignarme un caso.
            Se trataba de una señora mayor, que padecía no se que clase de degeneración en el nervio óptico y apenas veía. Vivía en una casa señorial con una empleada y según me contó en nuestro primer encuentro tenía un hijo. Era una anciana muy agradable, con una buena biblioteca. Le gustaban las novelas costumbristas  y autores como Pérez Galdós o la Pardo Bazán. Para empezar opte por narrativa corta con “cuentos escogidos” que hicieron las delicias de mi oyente.
            Leía unas cuantas páginas y parábamos para merendar, y ella aprovechaba para relatarme su vida en capítulos, que era bastante aburrida. Aunque me gustaba escuchar las cosas que me contaba de su hijo. Había visto sus fotos por toda la casa y tengo que reconocer que me picaba cierta curiosidad por saber más sobre un hombre tan atractivo. Casi un año después me sabía de memoria la historia del tal Ernestito: tenía un puesto directivo en una conocida empresa de seguros y ganaba un dineral; vivía en un apartamento en el paseo de la Habana, que había decorado él mismo con un gusto exquisito;  le gustaba mucho viajar, como atestiguaba el álbum que muchas veces yo veía y comentaba para que doña Aurora disfrutara con mis descripciones. Estaba soltero y sin compromiso, como siempre comentaba su orgullosa madre, aunque había tenido algunas novias ninguna había conseguido llevarle al altar, lo que parecía todo un triunfo para ella, que así lo tenía en exclusiva.
Me gustaba pensar que tal vez mi presencia en la casa le generaría alguna curiosidad por conocerme. No fue así, al parecer siempre estaba ocupado o fuera del país, por lo que acabe perdiendo la esperanza de que surgiera un encuentro.
No se si fue por el aburrimiento, por lo mucho que le ensalzaba su madre, o por no tener ninguna relación sentimental, el caso es que me acabe enamorando de Ernesto.
Una noche estaba de copas con un amigo por la zona de Chueca y este se empeño en que entráramos en un local tipo cabaret. Había espectáculo y cuando salió aquel travesti reconocí de inmediato la mirada acariciadora del hijo de doña Aurora. Me puse muy nervioso con el descubrimiento, a medida que avanzaba el show fui serenándome.
Seguí con las visitas a la madre de Ernesto, libro tras libro, pasaba el tiempo durante el que también me hice habitual del local donde él actuaba.
Una noche, tras el espectáculo él se acercó a la barra y entablamos conversación. Entonces me di cuenta de que mi amor por él no era un espejismo, que le quería de verdad, aunque no podía confesarlo. Sabía tantas cosas de él que me daba cierto pudor, era como si le engañara.
El invierno y una pertinaz afección pulmonar terminó con la vida de doña Aurora. Fui al entierro y presenté mis condolencias a su hijo, que me reconoció, sin saber muy bien de qué. Tardó en darse cuenta. Fue dos noches después en el cabaret. Poco a poco intimamos, para mí fue muy fácil, mis ensoñaciones se hicieron realidad. Ahora vivimos en su lujoso apartamento; cuando volvemos a casa, antes de dormir, yo leo en voz alta un rato, como hacía con su madre.
Graziela
La Finquilla 2014

El 31 de diciembre, es un día muy propicio para hacer recuento del año que termina. Yo soy de las que opinan que es bueno ponerse metas y ser conscientes de cada día,  no solo esperar a finalizar el año para mirar atrás y ver el camino recorrido. También me gusta hacerme nuevos propósitos, ponerme retos y formular deseos, por eso hago el último día del año una especie de collage recortando imágenes, paisajes, colores, que para mi simbolizan esos deseos, y lo coloco en lugar visible, para dar energía a esas metas. 
Resulta gratificante ver que el balance del año que termina ha sido muy positivo: he seguido aprendiendo y creciendo a nivel personal; han sido muchas las personas que han recorrido este trecho del camino conmigo, que me han apoyado y me han hecho sentir su cariño. También se han producido acontecimiento negativos, que me entristece, aunque los acepto como parte del aprendizaje.  Se ha solucionado un tema burocrático que me preocupaba desde hace años, gracias a la ayuda profesional muy cercanos, que nos han ayudado a conseguirlo. Y casi a mediados de diciembre, una alegría familiar, la llegada un nuevo miembro, una niña muy deseada, que nos  ha colmado de alegría y estoy dispuesta a disfrutar de ella, tanto como disfrute de su madre, que también fue muy esperada y querida.
Por eso, un año más me siento agradecida por estos 365 días, por la gente que me rodea, por las personas que he conocido o por las que nuevamente se han cruzado en mi camino y volvemos a caminar juntas. GRACIAS
Como propósitos y deseos para el nuevo año: seguir aprendiendo, avanzar, trabajar, ayudar a los demás y procurar cada día ser mejor persona, así que tendré que aplicarme...

FELIZ 2015 Y QUE ESTE AÑO OS COLME DE ALEGRÍAS, ILUSIÓN, Y ENERGÍA.


Graziela




ESPÍRITU NAVIDEÑO

Volviendo la vista atrás regresan a mi memoria recuerdos de antaño. La sensación del anuncio de la navidad acompañada de la visita de mi hermana mayor, que nos enseñaba a hacer adornos con papeles de colores de celofán y plateados, y luego decorábamos la casa; el primer día de vacaciones, que nos levantábamos temprano para conectar la televisión a primera hora y con el sonsonete de los niños del Colegio de San Ildefonso, que aún cantaban en pesetas los premios, miraba atenta la lista que mi padre me había dado, para comprobar si salía alguno de nuestros números, cosa que nuca ocurrió; las cenas en casa de la tía Celia, todos apiñados y contentos, el olor de la lombarda y la pepitoria o los paseos vespertinos por la zona de "La cruz", en Ciudad Lineal, recorriendo los puestos, para no incordiar, mientras las madres y las mayores ayudaban con los preparativos. Las carreras para que nos diera tiempo a tomar la uvas de fin de año, mientras mis hermanas se arreglaban a toda prisa para salir después, mientras mi padre anunciaba que "ahora son los cuartos"; mis primeras fiestas de nocheviejas con amigos. Los nervios de la noche de reyes y las idas y venidas del día siguiente, para entregar o recoger los regalos. 
Ahora me doy cuenta que todos aquellos recuerdos tenían un denominador común: LA ILUSIÓN.
Esa ilusión que se va desgastando con el tiempo, cubriendo por diversas capas de tristeza. Mi madre siempre decía que no le gustaban las navidades, porque en cuanto falta alguien en la familia, el vació se hace más intenso y aflora la nostalgia. Y cada año escucho a alguien que comenta que preferirían dormirse el 23 de diciembre y no despertar hasta después del día de reyes. 
Curiosamente mi madre murió a primeros de diciembre, hace ya más de 10 años y fueron otras navidades muy tristes. Sin embargo, con su ausencia se produjo un punto de inflexión, y a partir del entonces decidí que no tenía porque asumir su creencia como propia, y que podía disfrutar de estas fiestas, recobrar la ilusión perdida. Al año siguiente me sorprendí acudiendo a grandes almacenes para escuchar canciones navideñas, a medio día, cuando no había gente, sola, y sin intención de comprar, y en vez de deprimirme me animaban. Fue una cura, para permitir que algo resonara dentro de mil, y funcionó.
Ahora espero estas fiestas con alegría. Me encanta pensar en los regalos de los demás, en lo que más ilusión les puede hacer, en como sorprenderles, en elaborarlos yo misma y mucho más, desde que vuelve a haber niños en la familia. Ver las luces, recorrer la ciudad, ir a la Plaza Mayor, acudir a algún espectáculo infantil, escuchar conciertos navideños, llevar a los más pequeños a ver a los reyes magos o a patinar, tomar chocolate con churros o un zumo, las comidas, ir de tiendas con mi marido (que se cansa rápido), etc. todo esto me hace sentir bien, estar a gusto.
Es cierto que con las reuniones familiares más frecuentes pueden surgir problemas, discusiones, malentendidos, roces (ya todos somos mayores y muchos desean tener razón). Si otros quieres amargarse, cultivar agravios, mantener rencillas, yo no estoy dispuesta a dejarme arrastrar, ni a entrar en ese juego, así que trato de evitarlo.
No es que de pronto me haya vuelto loca, es que quiero disfrutar, ser feliz y en la medida de mis posibilidades contribuir a que otros también lo sean, y trabajo para conseguirlo y esto nada tiene que ver con la faceta comercial de estas fiestas, pues no es cuestión de dinero, ni de gasta más. Es un simple deseo de dejar que me envuelva la ilusión de nuevo, recobrar ese espíritu infantil y en definitiva, gozar con las pequeñas cosas. Actitud que intento mantener el resto del año, y tengo que confesar que casi siempre me funciona.
FELICES FIESTAS, DESDE EL CORAZÓN 
BESITOS DE GUIRLACHE, CASCAJO Y ROSCÓN.

Graziela



VIAJE DE NOVIOS.

Lorena empezó con los preparativos de la boda más de un año antes de la fecha prevista. Daniel ya estaba aburrido de probar menús, ver invitaciones y hacer listas. A él  no le costaba decidirse pero su novia era la duda personificada en mujer, y recababa la opinión de familiares, amigas e incluso de compañeros de trabajo.  Resultaba  desesperante ver que  daba una importancia transcendental a cualquier nimiedad, el más mínimo detalle parecía primordial para su futuro.
            Afortunadamente la luna de miel no les causaría problemas, pues todos los amigos de la pareja se habían puesto de acuerdo y les regalarían el viaje, manteniendo en secreto el destino elegido hasta el mismo día de la boda. Ellos solo debían preparar el equipaje para estar fuera quince días, con ropa de verano. Además de eso  no conseguían sacarles ninguna información.
            Aún faltaban tres meses para el gran día y el novio se sentía al borde del infarto. Lorena estaba nerviosa, agotada, irritable y cualquier tema relacionado con el enlace desembocaba en una inevitable discusión, todo aquello parecía estar consumiéndola. Afortunadamente, ya quedaban muy pocas cosas pendientes y se iría serenando, cuando recibió la fatídica llamada.
        Hola cariño ¿Cómo está hoy mi chica? –respondió al ver la foto de su novia en la pequeña pantalla.
        No Daniel, yo soy  Marian, la compañera  de Lorena de la oficina. Verás…
        ¿Dónde está ella? ¿Ocurre algo? –preguntó nervioso.
        No te asustes, pero se la acaban llevar. Se ha desvanecido  y hemos llamado al 112. La llevan al Hospital Provincial. Ya he llamado a su madre. Van para allá.
        Pero que ha ocurrido, ¿se sentía mal? –dijo mientras cogía la chaqueta y las llaves el coche de encima de la mesa.
-          No, solo estaba cansada. Lo mismo es una bajada de azúcar o la tensión. Parecía normal, charlábamos y de pronto se ha desplomado –comentó nerviosa la amiga- Llámanos cuando sepáis algo y luego le llevo yo el móvil.
Se recuperó de aquel episodio pero había algo en la analítica que preocupó a los médicos desde el principio, y decidieron dejarla en observación y hacerle más pruebas. 
Todos los preparativos para el gran día fueron en vano. Se casaron inmediatamente en la capilla del hospital, por deseo expreso de Lorena, con los más allegados, ya que los médicos no podías dar un diagnostico y ella cada día estaba peor. Estaba convencida  de que no llegaría a la fecha prevista con vida.
Daniel estaba deshecho, no soportaba verla así, la situación le superaba; resultó que él era menos fuerte de lo que pensaba.
Cuando parecía que todas las esperanzas estaban perdidas el equipo médico que la atendía, de forma inesperada, encontró el origen de aquel extraño mal, como ocurre en la series de Dr. House, y con el tratamiento adecuado Lorena salió del hospital justo a tiempo de realizar el viaje de novios, que todo pensaron le vendría bien para terminar de recuperarse de aquella pesadilla.
Tomaron el avión con destino a una paradisíaca isla, donde vivieron una semana de absoluta felicidad, después, de forma inesperada la sombra del pasado reciente empezó a planear sobre la pareja.
Ella se mostraba distante, la corta pero dura enfermedad por la que  había pasado la había cambiado, ahora parecía ver la vida de manera diferente. Decía que necesita tiempo y espacio para aclarar sus ideas y después de muchas discusiones cuando llegó el momento de regresar al terminar las vacaciones para Daniel, ella decidió quedarse allí un par de semanas más. No se sentía con ánimo de meterse de lleno en ese futuro que habían construido juntos.
A su regreso el desconcertado marido explicó lo ocurrido a toda la familia. Quince días después volvió Lorena. Cuando él fue a recogerla la encontró radiante, su sonrisa resaltaba en tu tez bronceada y emanaba luz. Le pareció la imagen de un anuncio de serenidad y sintió que la quería más que nunca.

Ni siquiera se llegaron a instalar en su nuevo hogar. Ella había tomado una decisión, cambiar de vida. Además, quería el divorcio.
Graziela





CERCANÍAS

Corrí al andén. No quería perder el tren de cercanías y esperar otro con parada en San Yago.  En el vagón, un hombre mayor se me quedó mirando, sonrió como si me conociera. Me senté, y él se acomodó enfrente. Encontrarme con sus ojos al  levantar la vista del libro me inquietaba.
En el apeadero solo bajamos los dos. Caminé escuchando sus pisadas detrás. Apresuré el paso. Llegué a casa y mamá me esperaba con la cena. Sonó el timbre. Abrí la puerta. Era él.

-          Hola. Inés ¿verdad?  Eres idéntica a tu madre cuando la conocí. 
Graziela



COMO AQUELLA VEZ

Mi padre compró una parcela cerca de Madrid y empezó a construir una casa. La primera vez fui con mis hermanos, lo hicimos en tren. Desde el apeadero caminamos con mis padres presidiendo la marcha. Hacía mucho calor, aunque estábamos en la sierra, no corría el aire aquel luminoso día de junio. El trayecto se me antojó corto, pues paramos  para descansar y hacer algunas fotos.
Cuando llegamos, nos sentamos en la piedra del porche, estaba fría, todo nos quedamos callados. Se respiraba tranquilidad, acostumbrado a vivir con el ruido de la ciudad, tanta quietud me resultó sobrecogedora. Sólo se escuchaba el trino de los pájaros y el zumbido de una abeja. Fue un momento inolvidable, esa sensación de paz que me invadió quedó grabada en mi memoria, asociada para siempre a esa escena. 
De pronto mi hermana la mayor nos preguntó ¿Dónde está la cámara?  La tiene  Paquito. Yo no la he cogido. Mi hermano y yo salimos corriendo: la habíamos dejado colgada en un árbol.

Hoy, mientras desayunaba en la terraza viendo dormir a mi nieta, he vuelto a experimentar aquella sensación de calma y armonía, la misma luz; por un momento me he sentido de nuevo aquel crío.  

(Dedicado a mi cuñado Ángel, que inspiró este micro.)
Graziela


SU MEJOR PAPEL

            A medida que crecía su fama aumentaban sus manías, supersticiones, miedos, y también las exigencias que imponía en los contratos: no rodaba el 13 si era martes, no se pondría ropa amarilla nunca, tampoco protagonizaría la muerte violenta de ninguno de sus personajes.
            Había conseguido convertirse en una estrella, una diva admirada, consentida por directores y productores, que toleraban sus extravagancias.
            Le ofrecieron el papel de su vida, con inmejorables condiciones económicas. Nadie tuvo que convencerla para aceptarlo, aunque le preocupaba el final. Morir degollada la inquietaba, la producía pesadillas. Convino con el director que la última escena la rodarían con su doble.
            La noche del estreno Ella estaba bellísima, era el centro de todas las miradas y bajo la luz de los focos su gargantilla de brillantes centelleaba. El éxito de la película sobrepasó todas las expectativas y algunos ya hablaban de su nominación a los Oscar. Antes del cóctel se ausentó para retocar su maquillaje y su ausencia se prolongó más de lo esperado.
            Al día siguiente su rostro ocupaba la portada de todos los diarios. Había sido encontrada en los servicios, con un profundo corte en el cuello y sin su gargantilla.




Graziela


EN  PISTA

            No conseguía sacarme la maldita música de la cabeza. Estaba acostumbrado a escucharla casi a diario, durante años, pero nunca me había martilleado el cerebro de esta manera; es un tormento que ni de noche cesa. Es la misma que se oía de fondo cuando el presentador anunciaba su número, bueno, nuestro número.
            “Y ahora, con todos ustedes la gran Karen y los hermanos Flaim”. Yo podía ver con los ojos cerrados la imagen luminosa de Macarena en el centro de la pista, atrayendo toda la luz del cañón como si su figura fuera un precioso imán; el reflejo irisado de las lentejuelas salpicaba las gradas  haciendo guiños al público y ella saludaba con una graciosa reverencia, estrenando sonrisa en cada función; luego, moviendo su capa con un ligero aleteo nos requería a su lado. Miguel y yo acudíamos prestos, sonrientes. Su bonita silueta no dejaba de sorprenderme cada tarde, daba igual el traje que luciera. Giros, equilibrios, saltos y como era de esperar “el más difícil todavía”. Después los aplausos, la gloria, y aunque fuera él quien dormía en su caravana, a mi me bastaba con sujetar sus manos o sus tobillos con fuerza para sentirme unido a ella.
            Ahora escucho el redoble de tambores en mis oídos al coger el pomo de la puerta y girarlo para entrar. Inspiro profundamente intentando esbozar mi mejor sonrisa, aunque por dentro fluya el llanto como una gran cascada. No puedo mirarla a los ojos, no me atrevo a bajar la vista  y contemplar el guiñapo en que se está convirtiendo su cuerpo.
            Cojo su mano inerte, fría, y no la reconozco; la aprieto con fuerza sin que haya respuesta. Todavía tengo la sensación de que se me escurre entre los dedos, de que no puedo agarrarla y se me escapa. Un segundo, un centímetro para evitar lo inevitable.
            Sigue sonando la música de fondo, pero han enmudecido los tambores cuando salgo de la habitación llevándome su perfume y mi dolor. Miguel no se separa de la cabecera  de su cama ni de día ni de noche. No dice nada, pero yo veo la tristeza y un reproche prendido en su mirada vacía.
            Mañana vendré a despedirme. Salimos de gira, les diré, saben que el espectáculo tiene que continuar, pero no voy a ninguna parte sin ellos. Nadie puede ayudarme. Solo hay una manera de sacarme esta maldita música de la cabeza y los tambores redoblarán por última vez.