EL
MALEFICIO DE LOS ESPEJOS
La
última vez que estuve con ella tuve un pálpito, supe que le quedaba poco tiempo.
Su mirada me lo confirmó. Siempre nos habíamos entendido sin necesidad de
hablar, ella apretó mi mano entre las suyas y yo me recosté en su hombro para
aspirar su aroma.
Mi
madre me comentó que había encontrado una carta en la que manifestaba los
deseos de como quería que se repartieran algunas de sus cosas, y por supuesto,
me mencionaba a mí, “su nieta preferida”. Mis hermanos y primos lo tenían tan
asumido que ninguno se lo tomaba en cuenta. Era un amor mutuo desde que tengo
uso de razón.
-
Lara, ya sabes cómo era la abuela. No
creo que te alegre ver lo que te ha dejado.
-
Mamá ¿Por qué dices eso? Cualquier cosa
suya que quisiera que yo tenga me hará ilusión, siempre que no sea ese broche
tan horroroso que adoraba y lucia a la menor ocasión.
-
No, no, ese es para la tía Casilda. Lo
tuyo es algo más grande.
-
¿El juego de té o su tablero de damas?
-
No hija, por mucho que pienses ni te lo imaginas.
Al verlo, hasta me he planteado que mi madre no estaba bien de la cabeza y ni
nos dimos cuenta. Si quieres nos lo podemos traer nosotros a casa y ya te lo
llevarás.
-
¿Pero qué es? ¡Dímelo de una vez, que me
tienes intrigada!
-
Es el espejo de cuerpo entero, el del marco
de madera de cerezo que tenía en su cuarto.
-
¿Su espejo?
Me
quedé tan sorprendida que no dije nada más. Los recuerdos se agolpaban en mi
memoria. Volví a ser la niña feliz delante de aquel mismo espejo con su collar de
gemas, lanzando destellos multicolores, observada desde atrás por ella con
sonrisa cómplice, o cuando me peinaba sentada en la mecedora conmigo entre sus
rodillas, me encantaban aquellos momentos. Sentí de nuevo sus ojos de agua a mi
espalda, orgullosa mientras me probaba algo que había hecho con sus propias
manos, que yo adoraba nada más ponérmelo encima.
De
pronto, aquello quedó eclipsado al rememorar la presencia del monstruo. Fue en
ese mismo espejo cuando apareció por primera vez, severo, con ojos punzantes que
me mostraban un cuerpo deforme, gordo y achatado, el mío. Recuerdo que me
probaba un corpiño de croché color pistacho, mí preferido, que Ela me acababa
de terminar. Me asusté tanto que corrí al baño, a vestirme y rompí a llorar,
horrorizada ante tal visión.
Al
principio solo lo sabíamos nosotras. Hasta que aquello se fue haciendo más
grande y la obsesión por perder peso condicionó toda mi vida. El monstruo me
gritaba a la menor ocasión, no me dejaba tranquila. Tuvieron que quitar todos
los espejos de la casa, y no volví a
entrar en el cuarto de la abuela durante mucho tiempo para no enfrentarme a mi imagen reflejada en el
azogue. Se había convertido en mi peor enemigo, me acompañaba como una sombra. Vivía
en una pesadilla durante todo el día, de la que no podía salir, inmersa en una
realidad paralela, la mía.
Médicos,
tratamientos, ingresos, y una peregrinación de terapia en terapia. Sé que toda
mi familia también pasó por un calvario conmigo. Años y un gran esfuerzo hasta
conseguir a veces ser capaz de mirarme de refilón si Ela estaba conmigo y me
hablaba, acallando la odiada voz chillona dentro de mí.
He
conseguido ignorar los gritos, sus críticas que desde mi cabeza me juzga a la
menor ocasión, pero aún no he logrado vencer mi aversión a los espejos, en los
que acecha el monstruo.
Estoy
segura de que mi abuela me ha dejado ese regalo con un propósito, siempre
confié en ella, será todo un reto colocarlo en mi casa.
No
es fácil ubicar un espejo de cuerpo entero cuando no tienes intención de
mirarte el. Finalmente encontré su sitio, le coloque un bonito chal de seda,
que también era de Ela, cubriendo parte del mismo, como si fuera un adorno que
le daba un aire diferente, más acorde con el resto de la decoración de mi
hogar.
De
forma casual, el chal se resbalaba del marco y caía con cierta frecuencia
dejando todo el espejo al descubierto, y aunque yo no quería mirar, vislumbraba
el rostro de mi abuela al fondo que me observaba con ternura, a veces su
sonrisa me parecía pícara, otras enigmática, aunque su mirada siempre me
inspiraba confianza y seguridad.
Un
día, vino mi amiga Miriam a cenar y cogió el chal que colgaba del marco. Se lo
puso sobre los hombros, con mucho estilo.
-
¡Mira que bien me queda! Creo que
deberías regalármelo. ¡Ahí, perdona Lara! no me he dado cuenta… -dijo al quedar
el espejo desnudo ante nosotras.
-
No pasa nada, tranquila. No puedo
regalártelo que era de Ela, como el espejo.
-
¿Y estas manchas blancas?
-
Pues no sé, cuando lo traje estaba
perfecto y el pañuelo las tapa bien, lo volvemos a colocar y listo.
El
dichoso chal se seguía cayendo, o alguien lo tiraba, por muy bien que lo fijara,
al colocarlo empecé a mirar con más
atención al espejo, hasta que finalmente volvía a vislumbrar el amado rostro
siempre sereno de mí abuela, que cada vez parecía más contento. Me fui
acostumbrado a mirarme de vez en cuando por unos instantes antes de salir o al
llegar, buscando la mirada cómplice de Ela al fondo.
Me
preocupaba que las manchas blancas del espejo se extendieran. Indagué y me
dijeron que a veces la humedad o el deterioro del tiempo puede ir afeando el cristal, normalmente se vuelve trasparente o negro, no
blanco, lo que me sorprendió.
Se
casaba Miriam y por complacerla dejé que me maquillaran. La mujer que lo hizo
me dijo que tenía unos ojos muy expresivos, que parecían sonreír, me alegró
saber que no transmitían tristeza. Era una esteticista muy simpática y me dio
algunos consejos de belleza. Ella pensaba que con unos minutos podría sacarme
mucho más partido; realzar la línea de agua con un lápiz suave, un toque de
máscara de pestañas y un poco de rubor en las mejillas, me darían un aspecto
saludable y natural, más guapa. Por supuesto me compré el lote completo y me
regaló una barra de labios de mi tono, con brillo.
Así
empecé a maquillarme casi todos los días. Me colocaba delante del espejo y sin
darme cuenta, ni necesidad de ahuyentar al monstruo o exorcizarle perdí mi
miedo al espejo. Al terminar sonreía al rostro complacido de Ela, que cada vez
se me antojaba más desdibujado y brumoso.
Una
noche soñé con ella. Tuve la sensación de que se sentaba en la cama, a mi lado;
pude notar su olor, el leve roce de su mano acariciándome la cara, metiendo sus
dedos entre mi pelo, como solía hacer. No hablaba, no necesitábamos decirnos
nada.
A
la mañana siguiente, antes de salir de casa, el chal apareció tirado en el suelo,
como tantas otras veces, decidí que lo guardaría en un cajón, ya no tenía
sentido seguir colocándole allí, al mirar el espejo solo vi la mano de mi
abuela despidiéndose de mí antes de que el cristal se tiñera entero de un blanco
puro.


